El periodista español Diego Carcedo revive su intensa experiencia como informador en la Guerra de Vietnam

«Me sobresalto por las noches con mi huida de Saigón»

El principio del final de los quince años y tres millones largos de muertos que, medio siglo después, resumen la tragedia de Vietnam, la última guerra terrible de tantas como se sucedieron a la largo del siglo XX, lo viví en directo la noche del 27 para el 28 de abril de 1975 en la azotea del hotel Continental Plaza de Saigón, donde estaba alojado desde enero. Era imposible dormir ante el dantesco espectáculo que brindaban los bombardeos del aeropuerto, el último gran objetivo del Vietcong antes de emprender la conquista de los centros de poder, muchos ya abandonados.


De Vietnam a la Revolución de los Claveles

Curtido en mil coberturas, Diego Carcedo (Cangas de Onís, 1940) es consciente de que si por algo se le recuerda «es por mis crónicas de la guerra de Vietnam y un tanto también por mis emisiones desde Portugal durante la Revolución de los Claveles». Al infierno indochino viajó en tres ocasiones para dar testimonio de «una de las mayores carnicerías del siglo XX». Luego ocupó distintas corresponsalías de TVE. Hoy preside la Asociación de Periodistas Europeos.

Las columnas de humo y fuego, seguidas del estruendo de las explosiones, recordaban las escenas de una película. Pero en esta ocasión eran reales y, ante lo inevitable, me planteaba continuamente qué hacer. Interiormente deseaba quedarme y ver qué ocurría ante lo imprevisible de la situación, pero la sensatez aconsejaba abandonar.

Cuando bajé a la habitación me esperaba en los pasillos Juan Carlos Algañaraz, el corresponsal del periódico «Clarín» de Buenos Aires, y sin saludar casi me acercó un transistor a la oreja. «Escuchá», me dijo. En medio de cerca de cuarenta grados de calor y con fondo de explosiones, la canción «Navidades Blancas», cantada por Bing Crosby, resultaba estremecedora.

Era la contraseña que los últimos periodistas teníamos para la evacuación en rojo, in extremis, a la desesperada, que los marines norteamericanos tenían planificada desde hacia semanas. Teníamos que presentarnos de manera inmediata en las inmediaciones del Ministerio de Marina, donde nos recogería un helicóptero que nos trasladaría a un barco de la flota. No podíamos llevar equipaje, apenas lo imprescindible. Bajé raudo a la recepción y la primera sorpresa fue que no estaban las recepcionistas habituales, dos muchachas siempre sonrientes que con frecuencia nos aportaban rumores interesantes. En su lugar había dos tipos malencarados y cuando pedí a uno la cuenta me dijo: «Cuatrocientos dólares».
«Diego, no hagas locuras»

Era una barbaridad. Abrí el portafolios que llevaba con decenas de miles de piastras y comencé a depositar los mazos de billetes equivalentes. «En dólares», me advirtió secamente el individuo. Argumenté que aquello era Vietnam -aún tenían la bandera al fondo y la fotografía del dimitido presidente Van Thieu- y que la moneda oficial era la piastra. Mientras tanto, el otro sujeto que pululaba se acercó y me preguntó: «Entiende usted inglés, ¿verdad? Es que mi compañero le está diciendo que ¡en dólares! En U.S. dólares». Se acodó con el brazo izquierdo en el mostrador y con la mano derecha sacó una pistola y me apuntó a menos de un metro.

Fue el instante más dramático que todavía hoy me sigue sobresaltando algunas noches. Todo lo que pasó por mi cabeza en aquellos momentos, entre la indignación a punto de estallar y el miedo que me atenazaba, un impulsó suicida me tentó a coger un florero que tenía al alcance y arrojárselo contra la cara. Alaiz, uno de los cámaras del equipo de TVE junto a Reverte y García Llamas, que presenciaba la escena en silencio, intuyó mis intenciones y gritó: «Diego, no hagas locuras. Dale los dólares». Nos quedamos sin dinero. En la calle el caos era absoluto. El tráfico estaba congestionado y parado en medio de la anarquía. Bandas de delincuentes rompían escaparates y con barras abrían los maleteros de los coches. El estruendo era ensordecedor.

«Dos tipos mal encarados me pidieron 400 dólares y uno me apuntó a menos de un metro con una pistola»

Caminamos unos metros a la izquierda, en dirección al punto de evacuación, cuando me di cuenta de que había dejado el pasaporte en la habitación. Sin dudarlo, regresé en su búsqueda. Era un quinto piso y cuando llegué jadeante un grupo de cuatro o cinco personas se estaban repartiendo a gritos mis pertenencias. A la puerta me topé de espaldas con un tipo que sujetaba en el brazo derecho la sahariana verde en cuyos bolsillos tenía yo los documentos, mientras con la mano izquierda a gritos reclamaba más participación en el botín que se estaba repartiendo. No lo dudé, arrebaté de un tirón aquella vestimenta y eché a correr escaleras abajo perseguido por el ladrón y sus compinches.

Cuando en la calle me junté con el equipo, los marines que intentaban abrirnos paso nos advirtieron de que había estallado una bomba en la plaza donde teníamos que concentrarnos y por lo tanto deberíamos buscar otro lugar. Miles de personas que querían unirse al grupo de extranjeros nos imploraban ayuda e intentaban vencer las barreras de seguridad que la policía local intentaba defender.

En aquellos minutos de desconcierto, irrumpieron entre la multitud las dos recepcionistas del hotel con sus vestidos de libélula en una pequeña motocicleta roja. Querían unirse al grupo de extranjeros para escapar. Cuando se iban acercando, un guardia les disparó una ráfaga de subfusil y las dos cayeron aplastadas por la moto cuyas ruedas seguían girando en el vacío.

No terminaba nada, empezaba una odisea imposible de recordar sin temblores, que se prolongaría seis días.

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