La victoria española en la batalla de las Gravelinas, en 1558, sumada a la que había tenido lugar un año antes en San Quintín, forzaron al Rey Enrique II a sentarse a negociar

El demencial plan para salvar la vida al suegro de Felipe II matando a diez condenados a muerte

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Los festejos para celebrar la paz entre Francia y el Imperio español empezaron con la boda de la hija del Rey y derivaron en el entierro del propio Rey a consecuencia de un accidente durante una justa.

La victoria española en la batalla de las Gravelinas, en 1558, sumada a la que había tenido lugar un año antes en San Quintín, forzaron al Rey Enrique II a sentarse a negociar. El tratado resultante fue enormemente beneficioso para Felipe II, tal vez el más ventajoso en la historia de España. Cuando el Rey Prudenteacababa de empezar su reinado estaban a punto de cumplirse todos los objetivos señalados en el testamento político de su padre, Carlos V. En total, 198 enclaves y territorios pasaron a manos de España y de sus aliados con la paz de Cateau-Cambrésis, obligando a Francia renunciar a todos sus derechos y reclamaciones sobre Milán y Nápoles, así como a retirar sus fuerzas de Génova, Saboya, Florencia y otros viejos aliados ahora en el bando español.

La guinda a 65 años de guerra parpadeante resultó una boda. Para blindar el documento Enrique II de Francia ofreció la mano de su hija mayor, Isabel de Valois, al único hijo de Felipe II, Don Carlos. No obstante, dada la viudedad del Rey, que acababa de quedarse viudo por segunda vez, fue él quien se casó con la francesa, entonces de 12 años. Enrique aceptó encantado, si bien dejó caer al Rey que cualquier relación extramatrimonial debía llegar a su fin si pretendía cumplir con su fama de «buen marido». Lejos de la fama de hombre serio y austero, Felipe II contó a lo largo de su vida con un puñado de amantes. Aquella vida debía acabar, según exigían los franceses en una cláusula del tratado que, por razones obvias, trascendía de lo escrito.

La boda

En junio de 1559, el Gran Duque de Alba, uno de los grandes de España, acudió a París en representación de Felipe II en los desposorios con Isabel de Valois. Enrique II recibió con entusiasmo al séquito de españoles, entre los que se incluía también el Conde de Egmont y a Guillermo de Orange, futuros cabecillas de la inminente rebelión de Flandes.

A pesar de la cortesía, algunos nobles no pudieron disimular sus recelos durante la ceremonia hacia los que, hasta hace poco, habían sido sus rivales en los campos de batalla. La propia Reina, Catalina de Médici, era la más explícita representante de los hostiles a España. Procedente de la familia que prendió el Renacimiento en Florencia, la italiana vivió cómo su estirpe fue vapuleada por los barbari —españoles y franceses—, que estrangularon la independencia de las ciudades estado italianas, a excepción de Venecia, algunos pequeños estados y de la propia Roma. Las grandes familias italianas siguieron así turnándose al frente de la cabeza de la Iglesia y, gracias a la intervención de Clemente VII (Giulio de Médici), Catalina contrajo matrimonio con el infante Enrique, más tarde Rey de Francia.

Retrato de Isabel de Valois

Catalina llegaría a alcanzar gran influencia en aquel país durante los sucesivos reinados de sus tres hijos varones, pero en vida de su marido su papel en la Corte se limitaba a gesticular sus reservas. Pero por no gobernar ni siquiera lo hacía en el corazón de Enrique, cuyas amantes formaban una horda encabezada por Diana de Poitiers, considerada como la soberana en las sombras. Ambas, amante y reina, asistieron junto al Duque de Alba a las fiestas y solemnidades en honor a la boda entre Isabel y el ausente Felipe. El 30 de junio se celebró una justa en la que el monarca francés insistió en participar, pese a que Catalina trató de persuadir a su marido. Tal vez por influencia de su astrólogo de cabecera, el judío Nostradamus, la florentina aseguró haber tenido un mal presagio. En este sentido hay quien ha querido relacionar el accidente con una de las profecías más populares del astrólogo:

«El joven león vencerá al viejo

En un campo bélico por un solo duelo

Le pinchará los ojos en la jaula de oro

Dos heridas una, morirá de muerte cruel»

El rey desdeñó la advertencia, al igual que todo lo que procedía de su esposa, y le recordó que las lanzas estaban emboladas, es decir, sin punta que pudiera herir al oponente. También ignoró la premonición del Mariscal de Vieilleville, que le dijo al Monarca:

–Juro por Dios vivo, señor, que ha más de tres noches no hago sino soñar que os ha de alcanzar una desventura en el día de hoy, y que este último día de junio os será fatal: haréis de ello lo que os plazca.

Y el entierro

Tras vencer a los dos primeros jinetes, Enrique retó al conde Montgomery, quien años después se alzaría como el líder de los calvinistas. Sin mala intención, el choque de la lanza de Montgomeryen el escudo del rey hizo saltar una astilla hasta su ojo, llegándole hasta el cerebro. Catalina ordenó al momento que le fuera extraída la astilla y le lavaran y vendaran el ojo, pese a lo cual, el herido no mejoró. Aún albergaba algún trozo de madera en su cerebro. Rápidamente, Felipe mandó al famoso anatomista Andrés Vesalio(el mismo que años después atendería a su hijo), por si podía ser de utilidad. Pero nada sirvió para salvar a Enrique.

Representación del momento del accidente en la justa

El plan más demencial fue el propuesto por la Reina de clavar astillas similares a condenados a muerte, que se ofrecieron previamente como voluntarios a cambio de ser puestos en libertad si sobrevivían, para experimentar con ellos una posible intervención. Ninguno de los reos sobrevivió a la herida y al posterior intento de extraer las astillas, si bien los cirujanos anatomizaron cuatro cabezas de condenados a muerte, decapitados en la Conserjería del Palacio y en las prisiones del Grand Châtelet, para seguir investigando una manera de salvar al Rey.

Cuando parecía inevitable el fatal desenlace, Enrique reclamó agonizante al Duque de Alba que siguiera con la boda. Así se hizo. Un día antes de morir se formalizó el enlace por poderes entre Isabel de Valois y Felipe II, en el que Fernando Álvarez de Toledo ejerció de representante regio durante la ceremonia en la basílica de Notre Dame. Tras el banquete, el noble castellano debió participar en la tradición francesa según la cual se había de consumar el matrimonio ante testigos: el encamamiento. Lógicamente, aquello no era posible en este caso. No al menos si el Duque aspiraba a conservar su cabeza sobre el cuello, por lo que acompañó a Isabel a sus aposentos para, entre los aplausos y el jolgorio generalizado, interpretar un pequeño paripé en el lecho nupcial. Al año siguiente, Isabel se desplazó a España, donde Felipe la esperaba impaciente.

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