«Memorias de un francotirador en Stalingrado».

El duelo más épico entre un francotirador nazi y uno soviético

El 23 de marzo de 1915 nació Vasili Záitsev, uno de los soldados rusos más condecorados por su puntería y su valor en Stalingrado.
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Vasili Záitsev

En la Segunda Guerra Mundial lograron destacarse desde los determinantes carros de combate alemanes, hasta los militares soviéticos que combatieron valerosamente en la primera línea del frente. Sin embargo, esta contienda también dejó escritos para la posteridad nombres como el de Vasili Záitsev, un soldado que –armado únicamente con un fusil de precisión- logró sembrar el caos entre los nazis a pesar de luchar desde retaguardia. Su misión: acabar con los oficiales enemigos generando así el desconcierto en el enemigo que trataba de conquistar Stalingrado. Tantos quebraderos de cabeza causaron sus bajas en el oponente, que el propio Hitler envió a un tirador de élite a acabar con su vida, lo que generó uno de los duelos entre francotiradores más épicos jamás recordados.

La estepa rusa vio nacer a Vasili Grigórievich Záitsev, uno de los francotiradores más destacados de la U.R.S.S., el 23 de marzo de 1915. La región en la que vino al mundo fue el pueblo de Yeléninskoye, en los montes Urales, una zona situada al sur este del país cuyo frío extremo curtió a este soviético desde su infancia. Último eslabón de una larga familia de cazadores, no tuvieron que pasar muchos inviernos hasta que nuestro protagonista empezó a ser instruido en el arte del disparo y del camuflaje por su abuelo, Andréi Alexéievich. Con todo, la edad a la que realizó su primer disparo es una total incógnita, pues no informa de ello en sus memorias. En ellas se limita a señalar que su infancia terminó cuando le pusieron un arco en las manos. «Dispara apuntando con firmeza y mira a los ojos a tu presa, ya no eres un chiquillo», le dijo por entonces su mentor.

Desde ese momento, ya fuera mediante flechas o cartuchos de escopeta, el pequeño «Vasia» empezó a entrenarse en el arte de «hacerse invisible» (como él mismo afirmaba) para acechar y acabar con sus presas. Su pequeña estatura y su escasa envergadura le ayudaban a tal fin y pronto se hizo un verdadero maestro de la caza. «Pongamos que queremos echarle un vistazo a una cabra, para ello, hay que camuflarse de tal modo que el animal que nos mire como si fuéramos un arbusto o una brizna de heno. Hay que permanecer inmóviles, sin respirar ni pestañear. Si lo que queremos es acercarnos a la madriguera de un conejo, tendremos que reptar en la dirección del viento, para bajo nuestro peso no cruja ni una sola hebra de hierba», explica el propio Záitsev en su obra «Memorias de un francotirador en Stalingrado».

En los años siguientes, Vasili aprendió las reglas de todo buen cazador, trucos que, posteriormente, puso en práctica cuando se hizo francotirador. Aunque, en esos casos, matando fascistas en lugar de ciervos. Con apenas diez años, adquirió la capacidad de interpretar las huellas de los animales como aquel que lee un libro y consiguió construir escondrijos tan bien camuflados que pasaban desapercibidos hasta para su abuelo. Aprendió tan rápido que, cuando tan sólo tenía doce años, Andréi le regaló su primera escopeta de caza. «Me puse firmes y me la colgó al hombro. Yo era tan bajito que la culata de la escopeta tocaba el suelo, pero por lo menos ya no era un niño», añade Záitsev. Ese también fue el día en que su padre le dio un consejo que jamás olvidaría en Stalingrado: «Usa cada bala a conciencia, Vasili. Aprende a disparar y no yerres nunca».

Además de aprender a disparar como un auténtico experto, Vasili se fue curtiendo poco a poco en los montes Urales hasta tal punto que, con 13 y 14 años, solía pasar varias noches fuera de su casa acechando a una presa. En una ocasión, por ejemplo, durmió dos noches a la intemperie para acabar con un lobo que, tras caer en una de sus trampas, había huido. Todo ello, con la única ayuda de su escopeta, sus perros y una fogata que impidió que las fieras acabaran con él tras la llegada de la oscuridad. Cuando regresó a casa con el cadáver de su víctima a hombros, sus familiares no solo no le felicitaron por la captura, sino que no giraron ni siquiera la cabeza. Para ellos, aquello era algo totalmente normal.
El niño se hace soldado

Las estaciones fueron pasando y, a los 22 años, Vasili fue llamado a filas tras haber cursado estudios superiores en contabilidad. A pesar de su corta estatura, fue aceptado como marinero y pudo ponerse la codiciada telniashka, la camisa propia de los militares destacados en el mar. «Durante cinco años lucí la telniashka con orgullo. Me prepararon para combatir en mar abierto… aunque finalmente me destinaron a luchar en tierra firme», añade Záitsev. Por entonces no le quedó más remedio que cambiar el ancla por el fusil, pues Adolf Hitler acababa de romper el pacto de no agresión firmado con la U.R.S.S. tras la conquista de Polonia y había invadido las tierras de Stalin en el marco de la «Operación Barbarroja». Hacían falta, por lo tanto, cuántos más soldados mejor para hacer frente a los miles de alemanes que atravesaban Rusia a pasos agigantados.

«La guerra había estallado un año antes. Después de mucho solicitar que me enviaran al frente, me incluyeron por fin en una lista de marineros que iban a ser transferidos a infantería», determina nuestro protagonista. «Vasia» fue entonces subido a un tren con rumbo a Stalingrado, donde se libraba una cruenta batalla entre los soviéticos (dispuestos a defender la ciudad que llevaba el nombre de su «camarada supremo» a costa de cuantas bajas hicieran falta) y los nazis (empeñados en tomar el enclave para infringir un tremendo golpe moral a sus enemigos). «Al frente. ¡Por fin! Durante el viaje, largo y tedioso, las ruedas no dejaron de tabletear. Yo no veía la hora de llegar a mi destino, y la lentitud del tren me exasperaba. Nuestro país estaba en peligro ¡a toda máquina!», completa el soldado.

Pero, para desesperación de Záitsev, aún les quedaba una última parada por realizar en las afueras de Stalingrado antes de entrar en plena refriega. En ella, todos los soldados aprendieron unas técnicas poco ortodoxas de combate cuerpo a cuerpo mediante «armas» como las palas de combate (ideadas para cavar zanjas), las clásicas bayonetas del fusil Mosin-Nagant e, incluso, sus propias manos. A su vez, la unidad de marineros de la que formaba parte Vasili aprendió a lanzar granadas a una posición enemiga. La máxima de los comisarios políticos soviéticos era que en la ciudad se acometía al enemigo metro a metro, y no serían pocas las ocasiones en las que tendrían que hacer uso de esas nuevas formas de matar. No andaban nada desencaminados.

La llegada a Stalingrado

El 22 de septiembre de 1942, la 284 División de Fusileros(en la que se encuadraba Záitsev) llegó hasta el río Volga. En la orilla contraria se hallaba su objetivo: la ciudad de Stalingrado. Por entonces, el enclave no guardaba nada de su antiguo esplendor, pues los múltiples edificios habían sido derribados por las más de 1.000 toneladas de bombas lanzadas por la fuerza aérea alemana (la «Luftwaffe»). Los soviéticos, por su parte, luchaban calle por calle contra las tropas de Hitler, ansiosas de conquistar cada uno de los edificios. Casi se podía decir que no había frente de batalla, sino pequeños reductos diseminados de resistencia soviética que debían ser reforzados constantemente con grupos como el de Vasili para poder seguir dando guerra a los nazis. «La ciudad parecía un infierno de llamas y azufre, los edificios quemados brillaban como tizones y los incendios consumían a los hombres», añade nuestro protagonista.

Aquella noche, Vasili cruzó como un soldado más el Volga junto a sus compañeros. Sin embargo, este trayecto fue bastante diferente a la que narra la película «Enemigo a las puertas»(la producción hollywoodense que cuenta sus vivencias). Y es que, mientras que en el largometraje se explica que el barco en el que viajaba recibió un fuego incisivo de la «Luftwaffe», la realidad es que fue un camino tranquilo sólo interrumpido por el temor de que la susodicha barcaza se fuera a pique debido a su ingente cantidad de agujeros. Tampoco es exacta la película al mostrarnos su primer día en la ciudad, pues tuvo que esperar toda una jornada para entrar en combate.
Su primer combate

El primer disparo que realizó Záitsev en Stalingradose sucedió en la mañana del 23 de agosto. Fue entonces cuando su unidad recibió la orden de tomar una fábrica (cuya localización no se detalla en sus memorias) ubicada cerca de varios depósitos de carburante. Toda la zona estaba defendida por un grupo de nazis cuyos miembros contaban con artillería ligera y varias ametralladoras MG-42. El ataque soviético estuvo precedido por varias andanadas de misiles enviados por los lanzacohetes katiusha. «Pudimos ver como los katiushas pulverizaron las baterías de morteros de los “boches” [nazis] y como los alemanes salían despedidos con cada cohete que tocaba el suelo. Era impresionante ver las llamas amarillas de las explosiones y a los hombres saltando en pedazos en todas direcciones», explica Vasili.

Tras la andanada de cohetes, nuestro protagonista se preparó para combatir. «El teniente se levantó, alzó la pistola y gritando “¡En nombre de la patria!” corrió hacia los depósitos de gasolina dónde se habían apostado las ametralladoras alemanas», añade Záitsev. Acto seguido, y como respuesta al asalto de la infantería soviética, las MG-42 empezaron a tabletear con el clásico «Tac-tac.-tac» que indicaba el inicio de los disparos. En medio del ataque masivo, y entre la lluvia de balas, Vasili recibió un difícil encargo: «El teniente me ordenó que corriera hacia unos edificios medio derruidos y que atacara los nidos de ametralladoras con granadas».

Sin pensar en que recibir el impacto de uno de aquellos cartuchos significaría la muerte, Záitsev se dirigió a través de las balas y cayó, según explica en sus memorias, una posición enemiga ubicada en uno de los flancos de los alemanes (cerca de los depósitos de combustible). El acto permitió a sus compañeros avanzar, pero lo peor estaba por llegar. Y es que, al ver que la unidad de marineros empezaba a romper las defensas que habían establecido, los «boches» ordenaron disparar a los morteros que habían logrado sobrevivir a los katiushas.

«Las bombas incendiarias de los alemanes provocaron un gran fuego y los tanques de gasolina comenzaron a estallar», explica el cazador de los Urales. El fuego se empezó a propagar entre su ropa impregnada de combustible, por lo que los soviéticos no tuvieron más remedio que quedarse en cueros y asaltar al enemigo… ¡Desnudos! Sea como fuere, terminaron logrando su objetivo a pesar de sufrir múltiples bajas. Así acabó el primer combate del futuro francotirador más famoso de Stalingrado. «Nos parapetamos entre las pequeñas casas que flanqueaban la calle. Alguien me lanzó una lona para que me cubriera. Nos quedamos así, desnudos hasta que nos trajeron nuevos uniforme. Aquel grupo de soldados rusos desnudos acababa de superar su bautismo de fuego», completa Záitsev.

Tras aquel extraño combate, Vasili vivió como cualquier otro soldado anónimo en Stalingrado. Eso implicaba sufrir la privación de la comida (escasa en aquella orilla del Volga) y del sueño (pues el enemigo no se tomaba descansos). A su vez, pudo entender de primera mano lo que era defender aquella ciudad maldita en la que se luchaba no ya por cada calle, sino por cada habitación de un edificio. De hecho, no era raro que –por ejemplo- nazis y soviéticos pasaran la noche en la misma fábrica debido a que cada bando había logrado conquistar una parte. «Algunas veces podíamos escuchar las ventosidades del enemigo al otro lado de la pared», explica Záitsev en sus memorias.
De soldado anónimo, a francotirador

Los meses siguieron pasando y Záitsev continuó combatiendo sin ser conocido por nadie más que sus compañeros. Esto no tardaría en cambiar cuando, casi por azar, demostró su puntería. Según explica Vasili, corría una mañana de octubre cuando su unidad se hallaba descansando cerca de las ruinas de un edificio. En ese momento, y totalmente de improviso, una ametralladora pesada enemiga ubicada a unos 600 metros empezó a escupir ráfagas contra ellos. Era necesario acabar con los alemanes que la manejaban si no querían morir bajo sus balas, por lo que el cazador de los Urales decidió poner a prueba su puntería a costa de arriesgar su vida. «Empuñé el fusil y, casi sin apuntar, disparé. El tirador cayó. A los pocos segundos aparecieron otros dos, pero logré abatirlos rápidamente de un único disparo», añade nuestro protagonista.

Esta increíble muestra de habilidad dejó impresionado al coronel Batiuk (uno de sus oficiales) quien ordenó que Vasili fuera ascendido a francotirador y que le fuera entregado un fusil Mosin-Nagant equipado con una mira telescópica. «-Camarada Záitsev- me dijo –ya lleva usted tres. Siga la cuenta a partir de aquí-. Aunque las circunstancias no me permitieron incrementar la lista ese mismo día. En primer lugar, porque las bajas provocadas por los francotiradores deben verificarse mediante la cumplimentación de unos formularios en los que había que describir la situación y estampar la firma tanto del tirador como de un testigo, y yo todavía no estaba familiarizado con el proceso», completa el soldado en sus memorias. Fuera como fueses, ese fue el comienzo de uno de los tiradores de élite más famosos de toda la historia.

Ya como francotirador, Záitsev no tardó en sembrar el pánico entre sus enemigos haciendo uso de todo lo que había aprendido de su abuelo. Su especialidad era acabar con los soldados enemigos con una sola bala, y hacerlo en el fragor de la batalla y bajo el ruido de los disparos para evitar ser descubierto. Pronto se hizo famoso por camuflarse de una manera tan perfecta que, incluso, lograba engañar a los ojos más entrenados. En una ocasión, de hecho, uno de sus compañeros pasó varias veces cerca de él sin encontrarle. Los soldados tampoco tardaron en entender lo importante que era tener cerca a un tirador experto que, llegado el momento, pudiera acabar con los servidores de ametralladoras pesadas (algo que les facilitaba sumamente el avance sobre una posición enemiga).

Vasili era tan efectivo –y los francotiradores soviéticos tan escasos- que los mandos le solicitaron que entrenara a un grupo de tiradores de élite con los que sembrar el desconcierto entre los enemigos. Como los recursos no eran especialmente abundantes en lo que se refiere a hombres, los oficiales limitaron su «reclutamiento» a militares que hubieran sido heridos en combate. Así se unieron a sus filas combatientes como Mijaíl Ubozhenco, Nikolái Kúlikov o el gigantesco Alexánder Griázev (quien, en lugar de portar el clásico Mosin-Nagant para francotiradores, solía acudir a la batalla con un fusil anti-carro de unos 20 kilogramos de peso). Todos ellos, y otros tantos, se convirtieron poco a poco en el terror de los nazis, quienes sabían que asomar el casco por encima de la trinchera podía acabar en una muerte segura.

A sus nuevos pupilos, Vasili les intentó enseñar todo aquello que él había aprendido siendo un niño. Tampoco faltaron los consejos sobre cómo acabar con los nazis de la forma más eficiente. En una de las primeras clases que Záitsev dio a Ubozhenco, por ejemplo, le explicó cómo dejar fuera de combate a dos enemigos teniendo únicamente un poco de cuidado a la hora de apretar el gatillo. «Disparar sobre un soldado que está construyendo una trinchera es como jugar al billar. Siempre tienes que pensar cuál será la jugada siguiente. Si disparas ahora, mientras te da la espalda, él y la pala caerán al foso. Pero si esperas y le das cuando está de cara, la pala se quedará arriba, a este lado del terraplén. Así, cuando su compañero vaya a recogerla, podrás abatirle a él también», explicó el tirador a su alumno.

A su vez, les explicó que, a pesar de que un francotirador necesita apenas dos segundos para disparar y segar una vida, los preparativos hasta llegar a ese punto llevan horas. Y es que, previamente era necesario dedicar varias horas a reconocer el terreno, hacer un croquis en su libreta con las defensas nazis y la distancia a la que se hallaban, construir una posición para pasar desapercibidos y, finalmente, tener la paciencia necesaria para acabar únicamente con el blanco al que se va a buscar (usualmente, un oficial o un servidor de ametralladora). Tampoco olvidó decirles que un militar con su misión debía estar bien descansado para «trabajar» de la manera más eficiente, aunque esa era una premisa que no solían cumplir. En una ocasión, tanto Vasili como sus alumnos estuvieron varias noches sin dormir debido a los cruentos combates que tuvieron que soportar en la colina Mamáyev (una posición sobre la que se dominaba casi toda Stalingrado y que, por lo tanto, estaba constantemente bajo ataques de uno y otro bando).
Primeros duelos

Además de acabar con la vida de decenas de soldados enemigos (los números oficiales dicen que entre 220 y 245 objetivos) Vasili se hizo pronto famoso por dar buena cuenta de los francotiradores enemigos. Una tarea nada sencilla, pues requería de una dedicación completa. Y es que, además de reconocer el terreno -como hacía siempre para abatir a un enemigo-, Záitsev tenía que realizar todo tipo de indagaciones para descubrir dónde se encontraba su objetivo. Para empezar, debía hablar durante horas con múltiples heridos para saber si los agujeros que tenían en el cuerpo habían sido hechos o no por tiradores de élite.

Viendo sus heridas y averiguando posteriormente la región en la que habían sido disparados, podía discernir el lugar exacto en el que se hallaba su oponente. Detectar a su contrincante sabiendo su emplazamiento tampoco era sencillo, y Záitsev solía hacerlo valiéndose de señales tan minúsculas como el reflejo de la óptica de su fusil, la llama de su mechero o, si el nazi era muy torpe, el humo del cigarrillo que se encendía para calmar los nervios.

Si el cazador de los Urales no encontraba a su enemigo de esta guisa, solía poner señuelos para que su contrario disparase y desvelase su posición. Entre ellos, el que más utilizaba era ubicar en una posición determinada un maniquí ataviado con ropa soviética para que pareciese un francotirador. Todo ello, a sabiendas de que la forma de actuar de los alemanes era bien diferente a la de los soviéticos «Por lo general, los francotiradores nazis tomaban posiciones dentro de sus propias líneas defensivas, mientras que los nuestros se apostaban en el límite de la línea del frente. Además, los “boches” dejaban muchos señuelos, lo que hacía aún más difícil encontrar el objetivo correcto. Con la experiencia aprendí dos cosas esenciales: observar atentamente y tener templanza», señala Záitsev.

«Vasia» tuvo uno de sus primeros duelos contra un francotirador nazi en la colina Mamáyev. Su oponente fue un soldado que había acabado días antes con uno de sus compañeros. Tras investigar la zona, el ruso se percató de que, muy probablemente, el «boche» había hecho fuego desde el interior de una caja de munición ubicada entre varios arcones similares. La posición se hallaba tras una gran planicie y algunos metros detrás de las trincheras alemanas. Conociendo el lugar, ya sólo quedaba esperar en su pozo de tirador a que el enemigo hiciera un movimiento en falso. Sin embargo, harto de esperar, tendió una trampa a su presa junto con su compañero.

«Kúlikov retrocedió y con un palo levantó un casco unos centímetros por encima del terraplén en el que estábamos. El alemán disparó un tiro que atravesó el casco. Me sorprendió que hubiera picado el cebo. […] Observé por la mira como el tirador alemán acercaba la mano a la recámara y recogía el casquillo vacío. Recoger los cartuchos vacíos era el procedimiento habitual cuando se daba en el blanco. Al hacerlo, levantó la cabeza ligeramente de la mira. Eso dejaba a la vista los pocos centímetros de cuero cabelludo que yo necesitaba para apuntar… y en ese instante sonó mi disparo. La bala le dio en el nacimiento del pelo, el casco le cayó sobre la frente y el rifle quedó inmóvil, con el cañón en el interior de la caja», destaca en sus memorias Záitsev.

No menos impactante fue el combate que mantuvo con un francotirador alemán en la fábrica Octubre Rojo (en el centro de la ciudad). Aquel día, Záitsev fue requerido para acabar con un enemigo que había herido a tres soldados y a un teniente. En palabras de nuestro protagonista, el alemán era astuto, pues actuaba detrás de sus compañeros y camuflaba el sonido de sus disparos con el de las ráfagas de las ametralladoras. Era imposible saber dónde se hallaba, por lo que Vasili y su compañero (un novato apellidado Gorozháev) tendrían que emplearse a fondo. Para ello, se ubicaron tras uno de los muros del edificio y esperaron a que el enemigo disparase primero para poder descubrirle.

Záitsev decidió solicitar la ayuda de un capitán que sabía alemán para lograr desesperar a su oponente. Así pues, dijo a su superior que gritara insultos en germano con un altavoz. El plan funcionó a medias, porque un bombardeo interrumpió al oficial y éste, debido al sobresalto, tuvo que soltar su megáfono. Con todo, parece que sí logró hartar al enemigo, pues cuando el agitador trató de recuperarlo, el francotirador disparó desvelando su posición. No obstante, éste no se limitó a lanzar tan sólo un cartucho. «Sonó otro disparo, la bala pasó volando junto a mi oreja. En efecto, se había apostado frente a nosotros y buscaba la confrontación. Dos disparos más, uno tras otro. El nazi disparaba con rapidez y decisión. Me tenía acorralado tras los ladrillos, bastaba moverme un poco para que una bala explosiva pasara silbando junto a mi cabeza», destaca Vasili.

Al verse arrinconado, «Vasia» decidió dejar pasar unas horas y, finalmente, puso en práctica un curioso plan: ordenó a su compañero que buscase un espejo y dirigiese la luz del sol hacia los ojos de su enemigo. Cuando todo estuvo preparado, Gorozháev cumplió su cometido y, mediante esa distracción, dio a Záitsev un espacio de unos segundos para poder escapar del punto en el que estaba acorralo. A su vez, remató el plan ubicando un maniquí en su lugar y poniéndose a cubierto. La trampa estaba lista. Tras eludir el molesto reflejo, el alemán disparo contra el muñeco, desveló su posición de nuevo y el binomio soviético acabó con su vida. Otra muesca más en la culata del Mosin del cazador de los Urales.
El reto definitivo

A pesar de haber acabado con decenas de enemigos expertos, a Záitsev todavía le quedaba un último reto al que enfrentarse: un «superfrancotirador» (así le conocieron los mandos soviéticos) que había sido enviado por la plana mayor alemana para darle caza. «Al interrogar a un prisionero, supimos que los mandos de la “Wehrmacht” estaban seriamente preocupados por los daños infligidos por nuestros francotiradores, y que un tal mayor Konings, director de la Escuela de Francotiradores de la “Wehrmacht”, en las afueras de Berlín, había sido enviado a Stalingrado con el propósito de liquidar al, en palabras del prisionero, “gran conejo ruso”», explica Vasili. La noticia no pareció preocupar demasiado a los oficiales rojos. «Un mayor es pan comido para nuestros chicos. Tendrían que haber enviado al Führer en persona», dijo un coronel al saber la noticia.

A pesar de la calma mostrada por sus superiores, la noticia no gustó demasiado a Záitsev. Y más le inquietó cuando, tras unos breves combates en los días posteriores, Konings logró herir a dos de los francotiradores más experimentados de la unidad soviética. «El maestro», como comenzaban a conocer al alemán, sería un blanco difícil de abatir. Como primera medida, Vasili se dirigió junto con Kúlikov a la zona en la que el nazi había vencido a sus dos compañeros. Allí, su enemigo les dio la bienvenida a su modo. «El día estaba terminando. De repente, apareció un casco que se movía despacio por la trinchera. ¿Debíamos disparar? No, era una trampa: la inclinación del casco era muy poco natural. Lo movía el ayudante del francotirador, mientras este esperaba a que yo me delatase. De modo que permanecimos inmóviles hasta la noche», completa nuestro protagonista. La caza había comenzado, y solo la paciencia determinaría quien sería el vencedor.

En los siguientes días, el binomio soviético escudriñó con suma cautela las trincheras enemigas buscando al «maestro», pero fue en balde. Por su parte, Konings no mostró los dientes hasta la tercera jornada. Su aparición la hizo cuando un comisario político llamado Danilov llegó a la trinchera para saludar a Záitsev y afirmó que había descubierto desde una posición de retaguardia donde se hallaba el enemigo. Al levantarse para señalar el lugar, el alemán le disparó un tiro perfecto que hirió al oficial. «Sólo un francotirador de élite era capaz de hacer un disparo como ese, sólo un especialista podía haber disparado con semejante rapidez y precisión. Sin duda, el alemán era un experto en el arte del camuflaje», afirma «Vasia».

Ese disparo permitió a Záitsev determinar la zona aproximada desde la que operaba su enemigo y, con base a ello, establecer una serie de lugares en los que probablemente se escondería. Así pues, intuyó que la más probable sería un escondrijo que había detrás de unos cuantos ladrillos apilados y una chapa metálica. Hasta ese momento, el lugar había pasado desapercibido, por lo que era sin duda un nido de francotirador perfecto. Para corroborar su presentimiento, Vasili ordenó a su compañero que alzara un guante militar atado a un palo por encima de la trinchera y… ¡premio, Konings disparó! 
«Ahí tenemos a nuestra serpiente», afirmó por su parte Kúlikov.

El binomio sabía dónde estaba su oponente, pero la caza debería esperar, pues cayó la noche y, con ella, los bombardeos de la «Luftwaffe». La pareja decidió que la mañana siguiente tampoco sería apropiada, pues la inclinación del sol podría haber hecho que las miras de sus fusiles resplandecieran al sol, lo que habría delatado su posición.

La trampa llegó después de la hora de comer. «Kúlikov se quitó el casco y lo levantó despacio, tentando una finta que solo un tirador experto era capaz de ejecutar. El enemigo disparó. Kúlikov se puso en pie, gritó y fingió desplomarse», completa Vasili. Konings cayó en la trampa y, a continuación, alzó la cabeza por encima de la plancha de hierro para corroborar si había dado a su presa. Záitsev, por su parte, estaba preparado. «Apreté el gatillo y la cabeza del nazi desapareció», finaliza el cazador de los Urales.

Caída la noche, Záitsev y Kúlikov acudieron a la posición enemiga para recoger el cadáver de Konings y, finalmente, entregaron su documentación a sus mandos como prueba. El resto, como se suele decir, es historia. Tras la liberación de Stalingrado, Vasili fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética y recibió dos órdenes de Lenin y dos órdenes de la Bandera Roja (entre otras tantas).

Finalmente, este héroe de la U.R.S.S. falleció en 1991, con una lista de entre 220 y 245 objetivos abatidos a sus espaldas. Curiosamente, sus palabras más recordadas fueron «Yo sólo sirvo a la Unión Soviética». Esta fue la frase de un soldado cuyas hazañas, a día de hoy, son criticadas por no pocos historiadores que afirman que sus vivencias fueron exageradas por los mandos de Stalin para lograr crear un héroe artificial.
Manuel p. villatoro

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