"Lo sentimos, no aceptamos pagos en efectivo".


¿Está el dinero en efectivo en vías de extinción?

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A lo largo de la historia los humanos hemos canjeado mercancías o servicios por una gran variedad de objetos de valor económico, como ganado, sacos de grano de cereal, conchas, pieles de castores y de otros animales, sal y metales valiosos, entre otros muchos. Con la acuñación de las primeras monedas por lo griegos, aproximadamente entre los años 680 y 560 a.C. en Lidia (en la actual Turquía), los artículos de intercambio se volvieron más efímeros, dando lugar a la expansión monetaria por todo el mundo y, más adelante, al desarrollo del sistema fiduciario. Según los historiadores, los primeros billetes surgieron en Suecia en el siglo XVII, reemplazando poco a poco a la mayoría de las monedas. Tres siglos después, el 27 de junio de 1967, la sucursal londinense del Banco Barclays inauguró el primer cajero automático, que fue creado por Sheperd-Barron y comercializado por la firma británica De La Rue.

Desde entonces, el avance imparable de la tecnología ha impulsado el uso cada vez mayor de las tarjetas de crédito y de débito, que, junto con nuevas formas de realizar operaciones bancarias a través de Internet y la aparición de divisas virtuales y criptomonedas, están cuestionando la necesidad del uso del dinero en efectivo.

Países que van empujando el 'cash' a su fin

No hace mucho en los establecimientos públicos de muchos países podía leerse: "Aceptamos pagos con tarjeta", pero hoy en día algunos van más lejos: "Lo sentimos, no aceptamos pagos en efectivo".
En Suecia —uno de los países más avanzados en sistemas de pagos digitales— hay cada vez más restaurantes, museos y tiendas que no aceptan efectivo. De hecho, el 95% de las compras en Suecia son digitales.
En Noruega algunos bancos han dejado de dar efectivo a los clientes y se estima que solo un 6% de los noruegos usa efectivo en su día a día.
El 90% de los móviles de los daneses disponen de una aplicación llamada MobilePay que facilita el pago y las transferencias vía teléfono móvil. El Parlamento de Dinamarca ha establecido 2030 como fecha límite para "erradicar el dinero en efectivo".

En Bélgica el 93% de los pagos se realiza con tarjetas o a través de la banca en línea. En caso de pagar en efectivo una cantidad superior a 3.000 euros, los ciudadanos de este país europeo corren el riesgo de tener que pagar una multa de hasta 225.000 euros. En los países nórdicos y en Alemania no existen límites, mientras que el Gobierno español planea rebajar el límite legal de 2.500 euros a 1.000 euros, siguiendo los pasos de Francia. Entre los demás países donde la población opta por no utilizar el dinero en metálico destacan Reino Unido (con un 89%) y Canadá (90%), entre otros.

Sin embargo, a escala global la situación es muy diferente. Según un informe realizado por Mastercard y la consultora McKinsey, el 85% de las transacciones de todo el mundo siguen realizándose a través de pagos en metálico, mientras que solo un 9,1% se corresponde a pagos con tarjetas, el 4,6% a débitos directos y transferencias, y el 1,2% a cheques.

En Latinoamérica este porcentaje asciende al 91%, llegando en Perú al 99%. En Europa del Este los pagos que se realizan en efectivo representan un 93% de un total de las operaciones; en los países en vías de desarrollo de Asia y el Pacífico este índice asciende al 98%, mientras que en África llega al 99%.

¿En qué trampa bancaria estamos cayendo?

Las ventajas del uso de tarjetas de crédito y de operaciones que se pueden efectuar a través de la banca en línea son muchas. Ante todo, estamos hablando de una forma muy sencilla de tener dinero siempre a mano. Cada vez es más habitual que la gente compre por Internet, mientras que las largas colas en los bancos para sacar dinero en efectivo y la necesidad de utilizar las libretas han caído en el olvido.

Otro punto a favor es la protección en contra el robo. Si nos roban la cartera con dinero en metálico, la posibilidad de recuperarlo es nula. Por el contrario, en caso de que nos sustraigan la tarjeta bancaria, el coste sería mucho menor gracias al seguro de protección contra el fraude que ofrecen las entidades bancarias.

Los bancos ofrecen cada vez más ventajas por realizar compras con la tarjeta de crédito y no con dinero en efectivo. Así, por ejemplo, algunas entidades te devuelven un 3% de la compra realizada u ofrecen descuentos en gasolina o en la cesta de la compra mensual. Pero no debemos olvidar que el queso gratis solo se encuentra en la ratonera.

El uso no controlado de las tarjetas de crédito conlleva el riesgo de sobreendeudamiento, cuyo coste resulta mucho más elevado que los descuentos que nos ofrece la banca. Estaríamos hablando de un tipo de interés de entre el 18% y 25%.
¿Por qué a los Gobiernos les interesa una población sin efectivo?

Según expertos financieros, los gobiernos podrán detectar más fácilmente la evasión fiscal y el lavado de dinero si se deshacen del dinero contante y sonante, mientras que los empresarios, por su parte, podrán ahorrar en costes de transacción y, al mismo tiempo, beneficiarse del pago sin impedimentos. Hace un año el Banco Central Europeo (BCE) decidió dejar de imprimir el billete de 500 euros a finales de 2018 con el objetivo de frenar "las actividades ilícitas". "El billete de 500 euros es un instrumento para actividades ilegales", explicó la decisión el presidente del BCE Mario Draghi. Después de aquello, el ex director ejecutivo de Standard Chartered Bank, Peter Sands, sugirió prohibir en EE.UU. la circulación de billetes de 100 dólares con el objetivo de "combatir el terrorismo".

Aunque la banca asegura que la medida busca atajar la delincuencia financiera, algunos expertos advierten que este paso podría ser parte de la 'guerra' contra el efectivo que persigue el claro propósito de eliminar el dinero físico de la economía. De hecho, en una economía totalmente digital, los gobiernos y los bancos podrían tomar un control absoluto de nuestra vida financiera, lo que significa que, en un abrir y cerrar de ojos, podríamos quedarnos sin un céntimo.

Pese al significativo avance registrado en protección informática contra la ciberdelincuencia, los internautas seguimos siendo muy vulnerables ante posibles robos de datos bancarios. Páginas web falsas y comprometidas, e-mails infectados que van destinados al robo de dinero, programas maliciosos y 'keyloggers' (que registran cada tecla que se pulsa en una computadora sin el conocimiento del usuario) son algunos de los métodos que utilizan los criminales, dejando desprotegido nuestro dinero.

A finales de febrero el Consejo de Asesores Económicos de la Casa Blanca (CEA, por sus siglas en inglés) difundió un informe, en el que afirma que los ciberataques han costado a la economía estadounidense pérdidas de entre 57.000 millones de dólares (45.900 millones de euros) y 109.000 millones de dólares (87.800 millones de euros) en 2016. Otro ejemplo similar es el ciberataque dirigido hace dos años contra el Banco Central de Bangladesh, cuando piratas informáticos aprovecharon brechas de seguridad en el sistema SWIFT para hacer transferencias fraudulentas desde la cuenta que el Bangladesh Bank tenía en el Banco de la Reserva Federal de Nueva York a un banco filipino. Los atacantes lograron hacerse con un botín de 81 millones de dólares.

Hay muchos ejemplos similares de ciberataques. Está claro que en el caso de un 'apagón' a nivel global, los mercados financieros se desplomarán. Pero no hace falta ir tan lejos, ya que podemos quedarnos sin dinero incluso sin sufrir un ciberataque. ¿Qué pasa si viajamos a un país y, de repente, nos damos cuenta de que ahí no hay WiFi y no llevamos dinero en efectivo? ¿Y si, sencillamente, perdemos el móvil que hoy en día nos permite acceder a nuestra banca en línea? En estos casos (que se dan con frecuencia) las operaciones financieras digitales no solo dejan de ser una manera súper sencilla de realizar los pagos, sino que se convierten en una verdadera pesadilla.

Sin tomar en consideración las complicadas estrategias financieras de la banca respecto al uso o no uso del 'cash', queda claro que a la hora de realizar nuestras operaciones monetarias con tarjetas nos encontramos ante un dilema: en un platillo de la balanza tenemos la comodidad y la transparencia y en el otro la vulnerabilidad digital y la pérdida de privacidad. Y, lamentablemente, no siempre se consigue mantener el equilibrio.

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