La ciencia-espectáculo está al alza y no hay leyes para frenarla


Médicos que juegan a ser Dios

Hace dos años, el italiano Sergio Canavero se aseguró un lugar en la wikipedia al anunciar su gran proyecto: realizar el primer trasplante de cabeza del mundo. La comunidad científica no se tomó en serio su propuesta. Pero él lo tenía claro: «Con un equipo de 150 personas, 36 horas de quirófano y diez millones de euros se podría trasplantar una cabeza a un nuevo cuerpo de un donante. Quienes dicen que es imposible, se equivocan».

Durante meses entretuvo a los medios de comunicación, consiguió voluntarios dispuestos a ponerse en sus manos y donaciones para intentarlo en China antes de que terminara 2017. Y lo ha hecho. Ha anunciado el éxito del primer trasplante de cabeza en el mundo, aunque en realidad solo ha sido un cambio de cabeza entre dos cadáveres. La cirugía no se ha documentado en una publicación científica o un congreso, donde se anuncian los grandes avances científicos. Solo el diario británico «Telegraph» asegura tener un documento en el que se confirma la realización del primer trasplante de cabeza entre dos hombres que donaron sus cuerpos a la ciencia.

Según ha relatado Canavero, la intervención duró 18 horas. En ese tiempo se conectaron la médula espinal, los nervios y vasos sanguíneos de dos cadáveres. En el polémico trasplante participó un equipo médico de la universidad china de Harbin, con la que colabora el neurocirujano italiano. «Todos decían que era imposible, pero la intervención fue un éxito», dijo ayer, e insistió en que la intervención con un paciente vivo «podría ser inminente». El equipo tiene previsto aplicar estimulación eléctrica para fomentar la formación de nuevas terminaciones nerviosas y recurrir a simulaciones de realidad virtual para ayudar al paciente a acostumbrarse a su nuevo cuerpo. Sergio Canavero dijo que adoptarían las medidas adecuadas para asegurarse de que los nervios de la laringe no se cortarán e incluso que el paciente pueda recuperar su voz al despertar.

En ningún país occidental se ha considerado seriamente el proyecto de Sergio Canavero desde el punto de vista médico, por no hablar del debate ético que suscita. El cirujano estableció contactos con China, «por motivos económicos». Allí el trasplante supondría 15 millones de dólares, mientras que en Europa o Estados Unidos el coste sería de 100 millones de dólares. Lo que no dice es que también China es un país con menos remilgos bioéticos.

En el gigante asiático también ha puesto sus esperanzas otro médico polémico. Himanshu Bansal, un cirujano del Hospital de Anupam en la India quiere poner en marcha un controvertido experimento para devolver la vida a muertos por accidente cerebral. Pese a lo disparatado de la propuesta. Bansal no está loco ni se considera una suerte de Dr. Frankenstein. Detrás de sus intenciones está una empresa norteamericana llamada «ReANima» que quiere explorar la neuroregeneración y la reanimación del ser humano.

Despertar a los muertos

En el Hospital de Anupam todo estaba listo para «resetear» el cerebro de veinte personas con un diagnóstico de muerte cerebral. Según ReANima el ensayo abre la puerta a tratamientos capaces de regenerar los daños cerebrales de personas en coma o tratar enfermedades neurodegenerativas tan devastadoras como el alzhéimer. Pero el Consejo de Investigación Médica de la India decidió en el último momento paralizar el experimento. Ahora ReAnima busca un país con menos recelos éticos. Un país candidato podría ser China, un gigante tecnológico y económico con hambre de éxitos científicos, en el que la bioética no parece por ahora la principal preocupación. No es raro que haya sido también el primer país en probar en enfermos humanos las técnicas de edición genómica que cambian el ADN. Lo hizo mientras otros gobiernos perfilaban sus ensayos clínicos para garantizar la máxima seguridad de sus pacientes.

Tampoco esperaron el aval legislativo los médicos que decidieron probar el último alarde de la reproducción asistida: el nacimiento de un bebé con ADN de tres padres. Médicos estadounidenses decidieronsaltarse las trabas ético-legales de su país y realizaron el tratamiento en una clínica de reproducción asistida de México, donde este tipo de intervenciones no están reguladas.

«Las legislaciones y los límites nacionales ya no sirven. La ciencia es global. Si alguien está dispuesto a realizar una investigación la hará en un país con mayor flexibilidad ética, menos regulación legislativa y, sobre todo, con una población más vulnerable que se preste al experimento y no entienda bien las consecuencias que puede tener», plantea Federico Montalvo, miembro del Comité Internacional de Bioética de la Unesco. Este organismo internacional cuenta con un equipo de 36 expertos internacionales independientes que vigilan de cerca el progreso las aplicaciones de la ciencia para garantizar el respeto por la dignidad humana y la libertad.

Su objetivo no es frenar el avance científico sino poner líneas rojas «porque por encima del progreso siempre debe estar la dignidad humana», apunta Montalvo. A este organismo internacional le preocupa ahora la manipulación genética fácil y barata que permite la edición genética con CRISPR, una poderosa herramienta con la que se cortan y pegar genes de una forma tan sencilla que da miedo.

Promulgar leyes internacionales que protejan la dignidad humana de los desvaríos científicos sería lo óptimo, aunque no es sencillo, reconoce Rogelio Altisent, profesor de Bioética de la Universidad de Zaragoza. «En mi opinión, se debería promover una senda intermedia, la de la deontología científica, es decir unas normas de autorregulación a las que se adhieren los científicos por las que se comprometen a solicitar un informe favorable de un comité de ética reconocido, de manera que la comunidad científica repudiaría a quien va por su cuenta, movido por el afán de notoriedad o el lucro. También se debe señalar a los países que sirven de refugio a científicos con una visión utilitarista. Es un objetivo lento, pero a ningún país le gusta ser marcado como pirata», propone.

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