A los 94 años, Henry Kissinger se mantiene como una referencia casi inevitable para la política exterior de Estados Unidos

El prolongado invierno de Súper-K

Su última aparición pública, en octubre pasado con Donald Trump

En el otoño de 1972, Nixon aspiraba a un segundo mandato en la Casa Blanca. Quitándole importancia a ese «robo de tercera» en el edificio Watergate, el presidente alardeaba de haber logrado cambiar la inercia de la Guerra Fría. Mérito al que Henry Kissinger, su gurú internacional, se empeñó en añadir una tentativa solución para la guerra de Vietnam antes de la cita electoral de noviembre.

El 8 de octubre de 1972, un soleado domingo de otoño en París, Kissinger y el comunista Le Duc Tho volvieron a negociar. Para romper el hielo, se pusieron a hablar del hipódromo de Auteuil, situado en el Bois de Boulogne y con parte de su trazado cubierto por árboles. Según comentó Kissinger para ganarse a su interlocutor, en ese tramo oculto a la vista del público es «donde los jinetes deciden quién ganará».

Descrito por sus admiradores como un león en su prolongado invierno, Kissinger sigue buscando cuatro décadas después toda la complicidad posible para racionalizar sus aportaciones como intelectual y practicante de la diplomacia americana. Además de mantenerse como una referencia casi inevitable para la política exterior de Estados Unidos, incluidas tutorías privadas para Donald Trump, su más reciente alumno.

Con un exquisito sentido de la oportunidad ante una inquietante coyuntura global, Súper-K publicó hace tres años el que pasa por ser su último libro: «Orden Mundial». Magistrales reflexiones sobre el carácter de las naciones, el curso de la historia y su creencia en la Realpolitik que empezó a fraguar en Harvard con su tesis doctoral de 1957 sobre la restauración de la paz tras las guerras napoleónicas.

En estas reflexiones de salida, no hay ni choque entre civilizaciones a lo Huntington ni un triunfante final de la historia al estilo Fukuyama. Se trata más bien de su gran obsesión: la búsqueda de un equilibrado orden mundial desde el realismo. Sin duda, una visión escéptica de las relaciones internacionales que evita como algo bastante peligroso mezclar política exterior con valores morales.
Kissinger, con Margaret Thatcher en 1974

El modelo de orden mundial que Kissinger considera como arquetipo no es otro que la Paz de Westfalia, negociada en Europa al final de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). A su juicio, las condiciones en el Viejo Continente en mitad del siglo XVII se asemejan llamativamente a las del mundo actual: «Una multiplicidad de unidades políticas, ninguna lo suficientemente poderosa como para derrotar a todas las demás, muchas pegadas a filosofías contradictorias y prácticas internas, en búsqueda de normas neutrales para regular su conducta y mitigar conflictos».

Completamente agotados y endurecidos por la batalla, la Paz de Westfalia abandonó sigilosamente viejas formas jerárquicas al uso. Hasta el punto de que, según recuerda Kissinger, en esta escenificación de igualdad absoluta se pusieron de acuerdo para acceder a la sede de negociación a través cada uno de su propia puerta, obligando a la construcción de múltiples entradas.
Consagración de los Estados

En aquel primer congreso diplomático moderno se adoptaron una serie de principios claros. De todos ellos, el más relevante sería consagrar al Estado -no los imperios, dinastías o religiones- como «bloque constructor del orden europeo». Una base estatal completada con autonomía soberana. El resultado sería «un sistema de Estados independientes que evitan interferir en los asuntos domésticos de otros y que controlan sus ambiciones a través de un equilibrio general de poder».

Para Kissinger no hay duda de que el sistema de Westfalia fue un preludio de modernidad. Tanto por su énfasis en «lo práctico y ecuménico» como por establecer un orden basado en «la multiplicidad y la moderación». Y para mediados del siglo XX, la gran prueba de su triunfo es que «ese sistema internacional estaba en vigor en todos los continentes».

Como encarnación del paradigma realista, Kissinger ha sido fiel a su pesimismo. Y motivos no parecen faltarle en la actualidad. Ante la brutalidad desatada por el autodenominado Estado Islámico en Irak y Siria, el autor destaca la carencia de «reglas comunes salvo la ley de la fuerza superior». A su juicio, tampoco parece existir alivio en la proliferación de armas de destrucción masiva y las atrocidades genocidas. Una larga lista de amenazas a la que se suman cuestiones como la peligrosa anarquía del ciberespacio, que en su opinión ha «revolucionado las vulnerabilidades» de un mundo cada vez más online y digital.

Con un panorama internacional que oscila entre lo problemático y lo catastrófico, Kissinger argumenta que todo el mundo «de forma insistente, a veces casi desesperadamente, busca un concepto de orden mundial» y, sobre todo, equilibrio. Especialmente en un momento de nuestra historia cuando «el caos amenaza por todas partes con una interdependencia sin precedentes».

Súper-K despide su libro con un alarde de recato intelectual: «Hace mucho tiempo, en mi juventud, fui lo suficientemente orgulloso como para considerarme capaz de discernir el significado de la historia. Ahora sé que el significado de la historia es una cuestión que debe ser descubierta, no declarada».
PEDRO RODRÍGUEZ

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