Bonnie y Clyde lograron ganarse el corazón de la sociedad a pesar de ser unos asesinos.


Los cadáveres de Bonnie y Clyde, tras el tiroteo que acabó con su muerte

La verdad tras la ejecución de Bonnie y Clyde a manos de un sanguinario Ranger de Texas
Estos rateros lograron ganarse el corazón de la sociedad a pesar de ser unos asesinos. Su muerte (el coche en el que viajaban fue acribillado por sorpresa por las autoridades el 23 de mayo de 1934) conmocionó a la sociedad

Canciones como la «Balada de Bonnie and Clyde» (Los Mustang, 1968) o el afamado largometraje de Arthur Penn (1967) han logrado convertir a dos criminales como Bonnie Parker y Clyde Barrow en unos héroes de película. Una pareja de amantes incomprendidos que vivieron y murieron juntos combatiendo las barbaridades del estado opresor. La realidad no tiene nada que ver. Estos criminales dejaron tras de sí un río de robos y asesinatos (se les atribuyen un mínimo de doce) que solo pudo acabar cuando el antiguo Ranger de Texas Frank Hamer les dio caza en una carretera de Luisiana.

Su final fue tan cruel como su vida. El agente tendió una trampa junto a cinco compañeros a estos veinteañeros y les acribilló de una forma sumamente sanguinaria. Clyde murió primero de un disparo en la cabeza, y el mismo Hamer se encargó de dar buena cuenta de una Bonnie que (sentada en el asiento del copiloto) no paraba de gritar. «Odio reventar la cabeza a una mujer, especialmente cuando está sentada, pero si no hubiese sido ella, habríamos sido nosotros», explicó posteriormente en Ranger.

Hasta ahora, la cruel muerte de Bonnie y Clyde había sido pasada por alto gracias a la bondad de la memoria. Sin embargo, ahora vuelve a estar alumbrada por los focos de la actualidad gracias a una exposición inaugurada por la galería de Texas «Photographs Do Not Bend». La muestra, concretamente, exhibe una serie de imágenes en las que se puede ver desde su vehículo acribillado a balazos, hasta el traslado de sus cuerpos sin vida. A su vez, se incluye una curiosa instantánea en la que ambos aparecen besándose o una copia de la ficha criminal del joven ratero en en la que se puede leer que «este hombre es muy peligroso y se debe tener extremo cuidado al arrestarlo».

Los cadáveres de Bonnie y Clyde, tras el tiroteo. Esta es una de las imágenes que se pueden apreciar en la exposición
Amantes del peligro

Según afirma Miguel Ángel Linares en su completa obra «Mala gente», lo de esta cruel pareja fue un auténtico flechazo. Ambos se conocieron en 1929 y, automáticamente, quedaron prendados el uno del otro. Bonnie Parker (nacida en Texas en 1910 y, por entonces, una camarera en paro) encontró en Clyde Barrow (1909, Texas) su válvula de escape en plena Gran Depresión norteamericana. Y el joven, un ratero de poca monta, halló en la chica el apoyo que necesitaba para -en palabras del experto- «hacer lo que le diese la gana».

Con todo, su carrera criminal tuvo que esperar hasta 1932, cuando Clyde fue liberado de prisión. «Al salir, recogió a Bonnie y dieron comienzo a dos años de atracos, huidas y asesinatos», añade el autor en su libro.

Si hubieran querido, podrían haber sido estrellas de cine, pues su físico así se lo permitía. No en vano (y según afirma E. R. Milner en «The Lives and Times of Bonnie & Clyde») Bonnie era una belleza de pelo «rubio rojizo», facciones suaves y pequeñas pecas a la que solo le faltaba un poco de altura para tener la planta perfecta para la gran pantalla (pues medía 1,52 metros de altura). A Clyde le sucedía algo parecido. El experto le describe en su libro como un sujeto atractivo de pelo castaño, ojos marrones y ataviado habitualmente con «un traje gris de raya ancha». Sin embargo, prefirieron dedicarse a robar y asesinar. Con todo, su aspecto hizo que la sociedad les tuviese cierto cariño una vez que los medios comenzaron a hacerse eco de sus barbaridades.

Imagen de archivo de Clyde Barrow

Después de que Bonnie fuese también detenida y saliese de prisión, ambos -ayudados por compinches esporádicos- provocaron el caos en Norteamérica. Al volante de su Ford V8 robado (un vehículo sumamente rápido e ideal para las persecuciones) y armados con varios fusiles automáticos Browning (armamento pesado robado a los militares) se ganaron la animadversión de unas autoridades a las que les resultaba imposible detenerles.

Las cifras varían atendiendo a las fuentes, pero se les atribuyen un mínimo de doce asesinatos. «La banda estuvo muy activa en los meses siguientes [a abril de 1932], con varios atracos y homicidios a sus espaldas», añade Linares. Entre sus logros más extravagantes se encuentra el de liberar a cinco reos de la prisión de Eastham (Texas).

Tan imposible resultaba atraparles que, en 1934, las autoridades solicitaron a Frank Hamer que les capturara. No podían haber elegido a nadie mejor. Este cincuentón de 1,82 metros de altura se había ganado fama de duro tras su paso por los Rangers de Texas, cuerpo en el que permaneció más de dos décadas (1911-1931) y que le gratificó con una paga vitalicia cuando se retiró en gratitud por sus servicios. El agente, así pues, se lanzó a la carretera para cazar a unos fugitivos a los que no les molestaba recorrer miles de kilómetros en un solo día si así lograban eludir a la justicia. Criminales que vivían en su coche y que (aunque no disfrutaban matando) no dudaban ni un segundo en apretar el gatillo si eso les granjeaba la libertad.
Gran traición

Semanas después Hamer, harto de que aquellos dos criminales se le escurrieran de entre los dedos gracias a su veloz Ford V8, tejió una intrincada tela de araña para cazar como ratas a los «enemigos públicos número uno». Su primer paso fue conseguir el apoyo de una de las personas más cercanas a la pareja, y el afortunado fue Henry Methvin, un veinteañero que con un historial de crímenes más largo que la afamada Ruta 66 norteamericana. Nuestro cazarrecompensas, según parece, prometió al padre del ratero perdonarle sus crímenes en Texas a cambio de que le llevara hasta Bonnie y Clyde.

Frank Hamer, en una imagen de archivo del Texas Ranger Hall of Fame

Con el trato cerrado, la familia informó a las autoridades de que la banda había llegado al acuerdo de reunirse en la granja de los Methvin (ubicada en Luisiana) si se separaban. Así que Hamer solo debía esperar a que eso sucediera.

La suerte le llegó en el verano de 1934, después de estudiar la zona y averiguar que Bonnie y Clyde solían visitar aquella casa y hacer multitud de viajes entre ella y Texas. Algunos, por cierto, acompañados de Henry Methvin. Así pues, en el momento en el que estuvo seguro de que el grupo se había dividido, el Ranger juntó a un temible grupo de agentes para acabar -de una vez por todas- con aquellos molestos malhechores que tanto encandilaban a la sociedad.
La carretera de la muerte

La tumba de los Romeo y Julieta del crimen (como eran conocidos por la prensa de la época) empezó a cavarse en la cálida arena de una carretera ubicada en Bienville Parish, al norte Luisiana.

Para desgracia de esta desquiciada pareja, el último lugar que vieron sus ojos antes de marcharse de cabeza al infierno fue un camino alejado de la gran civilización. Una vía con más tierra que pavimento flanqueada por arbustos y árboles. El sitio idóneo para una emboscada, en definitiva. O así lo pensó Frank Hamer, la leyenda jubilada de los Ranger de Texas. Para él, sin duda, ese era el emplazamiento perfecto para acribillar a aquellos desdichados al más puro estilo de la mafia italiana (la cual, años después, dejaría como un colador el vehículo del general Chiesa en Palermo).

La llegada a la mencionada carretera a mediados de mayo de 1934 fue la culminación de un plan que Hamer llevaba perpetrando semanas. El fin de meses y meses de persecuciones poco fructíferas y desesperantes.

Con todo, y aún contando con la ayuda del traicionero Methvin, el veterano agente sabía que no iba a ser fácil enviar a los forajidos de una patada al más allá. Y por ello, se llevó consigo a otros cinco representantes de la ley. El más destacado de los seleccionados fue Manny Gault, un patrullero retirado de Texas. Sin embargo, también se unieron a él Ted Hinton y Bob Alcorn (ayudantes del Sheriff de Dallas) y Henderson Jordan y Prentiss Oakley (Sheriff y ayudante del Sheriff de la parroquia de Bienville, Luisiana).

Frank Hamer, junto a su equipo

El 21 de mayo el grupo arribó a la carretera, tomó posiciones, y comenzó la larga espera que siempre acompaña a la caza. Poco se sabe de aquellos momentos, aunque en el documental «Bonnie & Clyde» (dirigido por Leo Singer) se especifica que hubo varias discusiones entre dos facciones: la de Texas y la de Luisiana. Al parecer, Jordan y Oakley consideraban que había que dar la oportunidad de rendirse a los forajidos, mientras que Hamer y su colega eran partidarios de la solución violenta: descerrajar contra ellos una marea de cartuchos.

También se cree que el grupo se planteó dejar con vida a Bonnie por ser mujer. Sin embargo, al final primó la visión de Hamer. No habría piedad para ellos. No se volverían a escapar.

Dos jornadas tras la llegada a la zona comenzó el baile. El 23 de mayo, poco después del amanecer, el grupo de Hamer vio como se paraba frente a ellos la camioneta del padre de Methvin. Según se especifica en el reportaje «La verdad sobre Bonnie y Clayde» (BBC), Alcorn le ordenó que le cediese los mandos del vehículo y lo ubicó en «dirección sur». Sabía que había que actuar rápido, pues solo era cuestión de tiempo que los forajidos pasaran por la carretera.
Bonnie en brazos de Clyde, delante de su Ford, como cualquier pareja de enamorados

El plan que la pareja se detuviera al ver al familiar de su compinche en problemas. Ese sería el momento de disparar sobre ellos. Según se especifica en «Bonnie & Clyde», también sacaron la rueda de repuesto para que diera la impresión de que había pinchado. Sin embargo, este dato varía atendiendo a las fuentes.

Fuera como fuese, la trampa estaba tendida. Después de dar vida a aquel triste teatrillo, los agentes se escondieron y prepararon sus armas. Aquella vez, por fin, sí andaban sobrados de artillería. Y es que, además de escopetas y pistolas, sumaban a su arsenal el temible fusil automático Browning de Ted Hinton. El mismo modelo que habían robado Bonnie y Clyde y que traía de cabeza a unas fuerzas del orden que -durante los años 30- debían adquirir generalmente de su propio bolsillo los pertrechos que necesitaban para defenderse de los forajidos.
La trampa funciona

Poco después de las nueve de la mañana de esa misma jornada, el Ford V8 de la pareja se dejó ver. La imagen que presentaban sus ocupantes poco tenía que ver con la de unos letales asesinos. Todo lo contrario. Tal y cómo se explica en el diario «Daily Mail», Bonnie (siempre con el pelo perfectamente peinado) viajaba en el asiento del copiloto comiéndose un sándwich, mientras que Clyde (de 25 años) conducía sin zapatos.

En todo cosa, cuando se encontraron cerca del vehículo del padre de Methvin, se detuvieron. Barrow, tan cordial con los suyos como sanguinario con el resto, se dispuso a aparcar para ayudar en lo que pudiera. Todo parecía normal. De hecho, lo más extraño (si es que puede llamarse así) es que un camión cargado con madera obligó al gánster a variar levemente su trayecto inicial.

Bonnie y Clyde podrían parecer unos amables vecinos, pero la realidad era muy diferente. Y así lo demuestra la ingente carga de armas que portaban en el maletero de su V8 de color gris. Un arsenal formado (según los expertos entrevistados por la BBC) por tres fusiles automáticos Browning de uso militar, una pistola cargada, una escopeta recortada y una caja que incluía entre diez y doce armas diferentes. Se podría decir que el vehículo era una armería móvil.
Comienza la masacre

La orgía de cartuchos no tardó en empezar. Cuando Clyde detuvo el coche en una posición que el grupo consideró aceptable para no errar sus disparos (algo que habría provocado la huida de los fugitivos) el antiguo Ranger de Texas se dispuso a dar la orden para acabar con sus vidas.

Pero alguien se le adelantó. «Hammer debía dar la señal, pero Oakley tomó rápidamente cartas en el asunto. Tal vez vio algo que le hizo suponer que Clyde empuñaba un arma. No se sabe por qué, pero sin contar con nadie se levantó y vació su rifle contra la ventana de Clyde. Pilló a todo el mundo por sorpresa», explica James R. Knight (autor de «Bonnie y Clyde: una actualización del siglo XXI») en declaraciones a la BBC.

Tal y como se había acordado, no hubo advertencias y la pareja no tuvo oportunidad alguna para rendirse. Con más sed de venganza que justicia, el séquito de agentes inició entonces un carrusel de disparos que tornó el hermoso y veloz V8 en un colador sumamente caro.

Así quedó el vehículo después de que Hamer y sus agentes lo acribillaran

El primero en caer bajo esa lluvia de plomo fue Clyde, quien recibió un disparo en la cabeza que acabó con su vida al instante. Se podría decir que tuvo la suerte de morir rápido. Como el gánster tenía puesta la primera marcha, cuando su pie se separó del embrague el vehículo se puso en marcha. Una mala noticia para la asustada Bonnie... Y es que, cuando se percataron de que el coche avanzaba, los policías intensificaron los disparos pensando que la pareja se disponía a escapar.

Quién lo diría pero, a pesar de la ingente cantidad de tiros, para entonces Bonnie únicamente había recibido una herida grave. Al menos en lo que a nivel físico se refiere. Psicológicamente estaba tan afectada que no pudo evitar gritar. Sus alaridos fueron tan terribles que Hamer decidió cortarlos por lo sano (o lo insano, vaya).

El viejo Ranger, tras acercarse al vehículo, disparó hasta dos veces a la indefensa chica de 23 años a una distancia irrisoria. Posteriormente explicaría por qué: «Odio reventar la cabeza a una mujer, especialmente cuando está sentada, pero si no hubiese sido ella, habríamos sido nosotros». Ni la muerte de ambos detuvo a los agentes, que tirotearon el vehículo con algunas ráfagas más.

A las nueve y cuarto de la mañana todo había acabado: la huida perpetua de los forajidos, sus continuos crímenes... Algunos expertos afirman que la situación apenas duró 16 segundos (otros, que dos minutos) y que, en ella, los agentes abrieron 187 agujeros en el vehículo. Con todo, esta última es una cifra discutida ya que, atendiendo a las fuentes, podrían ser 107, 126 o 130.

Una multitud congregada alrededor del Ford de los famosos fugitivos Bonnie y Clyde,, después de la emboscada que acabó con sus vidas
Lo que sí está claro es que los cuerpos de los fugitivos quedaron absolutamente acribillados, pues el cadáver de Bonnie sumaba (como bien se explica en «La verdad sobre Bonnie y Clyde») 57 impactos de bala; mientras que el de Clyde atesoraba 51. Estos números fueron posteriormente discutidos con base a las declaraciones del doctor J.L. Wade (el forense local), quien informó de 17 heridas para él, y 26 para ella.

La dantesca situación no terminó con el tiroteo. Así lo demuestran las palabras de Hinton quien, cuando abrió la puerta del pasajero, vio en primera persona la masacre que acababa de sucederse. «La veo [a Bonnie] caerse por la puerta abierta, una joven hermosa y pequeña que es suave y cálida, con el pelo cuidadosamente arreglado, y huelo un ligero perfume que contrasta con el olor a pólvora quemada y el olor dulce e irreal de la sangre», explicó en declaraciones posteriores.

Con el trabajo hecho, la escena del crimen se tornó en un macabro circo. Tres de los agentes acudieron al pueblo para solicitar los servicios del forense local. Sin embargo, antes de que este llegara muchos curiosos ya se habían acercado al vehículo para cazar su particular recuerdo de los fallecidos. Instantes después, un camión se llevó el V8 -junto con los cuerpos- hasta una ciudad cercana, donde se preparó su entierro.

Bonnie y Clyde tuvieron unos funerales de estrellas de cine y se marcharon al otro mundo arropados por cientos de personas. El broche de oro para una vida que, como afirmaron los medios de comunicación, terminó igual que empezó, por las armas: «No hay nada más que decir, se acabó, la justicia y el orden han hecho su trabajo», afirmaron los diarios.

Entradas populares