Caridad Mercader, madre del hombre que asesinó a Trotski


Caridad Mercader
Fue un aristócrata dentro del estalinismo, una mujer que comía el caviar a cucharadas y fumaba tres paquetes de tabaco de marca al día, según se desprende de una nueva biografía escrita por Gregorio

Caridad Mercader, madre del hombre que asesinó a Trotski con un piolet, utensilio de escalada convertido para siempre en epítome de la brutalidad. La historia de esta familia es el núcleo del último libro de Gregorio Luri, un ensayo sobre las motivaciones del comunismo titulado «El cielo prometido. Una mujer al servicio de Stalin» (Ariel).



El primer misterio que rodea a Caridad Mercader es su fecha de nacimiento. En una autobiografía que escribió dijo haber nacido en Cantabria en marzo de 1896, pero todos sus documentos oficiales aseguran que nació en Cuba cuatro años antes. Lo que sí está claro es que era una aristócrata: la niña bonita de una familia burguesa. De joven ingresó en un convento de monjas pero viró muy pronto hacia el comunismo. Los hábitos la estorbaban. Ella rompió con ese arquetipo según el cual hace falta ser pobre y desarrapado para ser de izquierdas.

«¿Qué hubiera sido del movimiento comunista internacional sin las familias burguesas?», se pregunta Gregorio Luri. «Uno por uno, ves que no es un movimiento que sale de cualquier lugar. Una de las cosas que he descubierto haciendo el libro es la presencia de una aristocracia comunista en todo el partido. Ella será muy revolucionaria, pero las medias de seda son las medias de seda y la ropa que lleva tiene que estar bien cortada. Cuando su hijo Ramón se enamora de Marina Ginestà, que es de una familia en la que su padre y su abuelo eran ya comunistas, ella le dice que no es suficiente para él, que necesita alguien de mayor categoría».

Caridad Mercader y su hijo Ramón-

El golpe del 18 de julio le pilló en Barcelona mientras organizaban la Olimpiada Popular de 1936, la alternativa «roja» a los Juegos de Berlín. Durante la guerra, madre e hijo resultaron heridos en Tardienta. Formaban parte de una columna cuando una avioneta voló sobre ellos a baja altura. El piloto les saludó y pensaron que se trataba de un avión republicano. Sin embargo, a los pocos minutos comenzó a bombardearlos sin piedad. Caridad salió herida en el intestino y desde entonces tuvo que vigilar mucho lo que comía. Por aquel percance le concedieron una medalla, un reconocimiento que en su momento le pareció absurdo: «¡Cuando pienso que me condecoraron por mi coraje!», le dijo años después a un amiga. «¡Yo sólo era una idiota! Cuando oí los aviones, creí que eran nuestros, así que salí y les hice grandes muestras de entusiasmo. Como se trataba de aviones enemigos, no fallaron en el blanco... ¡Los que me dieron una medalla por mi bravura eran como yo, imbéciles!».
Matar a Trotski

¿Instigó Caridad a su hijo para que acabase con Trotski? «No», responde Luri sin pensárselo. «Caridad tenía enemigos dentro del partido, personas que pensaban que era la mano que mecía la cuna, pero no». Su influencia iba por otro camino, e incluso se sintió un poco culpable por todo lo que le pasó después a su hijo. Como tantos otros, Caridad puso «la causa» comunista por delante de su familia: la literatura infantil y juvenil soviética «animaba a las nuevas generaciones a ser más hijos del comunismo que de sus padres, y a denunciar a estos si sospechaban que su conducta era antisoviética». Era una militancia salvaje.

A Ramón Mercader le cayeron 20 años de prisión. Hubo intentos más o menos organizados para sacarle de la cárcel, pero él estaba allí como un sultán. En el penal de Lecumberri le pusieron una celda con dos habitaciones para él solo. Tenía libros, radio, guardaespaldas, comida mejor que la de los demás, tabaco... Llegó a tener teléfono privado y hasta le preparaban dos citas femeninas por semana (Sara Montiel lo visitaba con frecuencia). Se decía que Ramón no quería salir de la cárcel porque sabía que en la URSS viviría muchísimo peor.

A la hora de la verdad, Caridad apenas tuvo trato con sus hijos, pero esto no le impedía ser una mujer autoritaria, casi dictatorial. Cuando Caridad vio a Ramón por primera vez tras dos décadas encerrado lo primero que hizo fue echarle la bronca: le dijo que se pusiera a régimen.

Caridad era más estalinista que Stalin pero conservaba las formas de una niña bien. Decía que el caviar había que comerlo a cucharadas para apreciar todas sus cualidades y le encantaban las ostras. Una vez, sus nietas fueron a visitarla a París y le recriminó a su hijo Luis que las niñas no supieran comerlas correctamente (en la URSS no había ese tipo de lujos). Caridad era una mujer de esas que parecen eternas. Fumaba tres cajetillas de tabaco Gauloises sin filtro al día, como si lo regalasen en el estanco. En otra ocasión la vieron fumando mientras nadaba en el mar, pues braceaba con la cabeza fuera del agua. Otro tic de auténtica señorona.

Trotski, en su lecho de muerte -
«Catalán tenías que ser»

La investigación y el relato de Gregorio Luri demuestra que el plan para asesinar a Trotski estaba cogido con alfileres. Hubo un primer intento a manos de David Alfaro Siqueiros, que fracasó contra todo pronóstico. Su grupo de asaltantes dispuso todo el tiempo del mundo para acabar con Trotski y lo único que consiguieron fue llenar la casa de agujeros de bala: «Fue una chapuza de unos señores que tuvieron, como alguien dijo en México, “más cojones que inteligencia”, y que antes del asalto se pusieron de tequila hasta las cejas», explica Luri.

«El plan B no era que lo matase Ramón, pero es Ramón el que dice: “Esto lo asumo yo”. Él llevaba un puñal, una pistola y un piolet. Lo que tiene previsto es que le va a clavar el piolet y va a morir en el acto, por lo cual dispondrá de un tiempo para salir de la casa. Y si luego tiene que usar la pistola pues la utilizará. Lo que pasa es que justo que cuando le está asestando el golpe, Trotski gira un poco la cabeza y eso hace que no muera en el acto y lo detengan».

Con Ramón inmovilizado, apareció de pronto el doctor Wenceslao Dutrem, amigo de los Trotski. Mercader lo conocía de vista y se dirigió al médico en catalán: «¡Doctor Dutrem, adjudi'm, si us plau!». El doctor también lo conocía de unos días antes, pero pensaba que era canadiense, o eso le habían dicho (cosas de espías). Al ver que el asesino además de mentiroso era de su misma región le respondió: «Fill de puta, havies de ser catalá».

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