La visita del vampiro

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LA VISITA DEL VAMPIRO
     
    La fusión temprana de las emociones, la indecisión y la desesperación, al ir a la cama, tenía mucho que ver con la dificultad para conciliar el sueño. Sumado todo a una extraña sucesión de sonidos filtrándose por la ventana abierta en esa noche calurosa: los cantos de las aves nocturnas, el ladrar lejano de un perro terminado en un prolongado aullido dirigido a la luna llena y el chirriar estridente de las chicharras.
    Le invadió una sensación de comodidad, pues el lecho era muy blando. Vino acompañada de un sentimiento de peligro, el cual le hizo emitir una gran dosis de adrenalina espantando cualquier viso de sueño.
    Miró hacia la ventana abierta y a sus ojos llegaron imágenes insólitas: las sombras de los brazos de los árboles penetraban amenazantes dentro de la habitación con la intención de atraparlo.
    A la media noche una impresión desconocida lo sacó del pasmo. Contuvo la respiración: alguien había irrumpido en su habitación.
     Al borde del pánico, temor intenso como la oscuridad de la noche, espeso como la niebla, en medio de chillidos y lamentos, no podía creer que todo lo ocurrido en esa noche infernal fuera cierto. En medio del delirio, en la soledad de su estupor, le esperaba un cruel destino.
     Sintió un agitar intenso, proviniendo de la ventana abierta, pensó en el viento, pero la noche estaba demasiado serena para cobijar cualquier movimiento.
Le asaltó la tentación de taparse la cabeza con la sabana, comportamiento desechado de inmediato, por considerarlo indigno en un hombre de treinta años. Quiso mirar alrededor, pero continuó enhiesto y tendido sobre la cama. Aguzó el oído y a manera de radar escudriñó el ambiente. La cabeza se le congestionaba, se le enfriaban las manos y se le ponían los pelos de punta, concluyó eran los síntomas del miedo, como el de los niños al imaginarse al monstruo durmiendo bajo sus camas. Pero también era posible se hubiera dormido de nuevo y se trataba de una pesadilla, de aquellas donde las vivencias se funden con la realidad, y muchas veces le hacen daño al soñador, un daño físico, como las heridas inexplicables descubiertas al despertar.
    A pesar de la falta de visibilidad, pudo observar, en la ventana, a una mujer fulgurada, la más bella vista en su vida. La cara fresca, la sonrisa desplegada al aire mostraba unos dientes relucientes como perlas nacaradas. Pero algo en esa perfecta dentadura le produjo una azorada percepción: los colmillos le sobresalían, al menos un centímetro respecto a los incisivos y molares. Pero ese detalle quedó opacado, por la tranquilidad y gracia incomparables de la bella aparición. No pudo resistirse al llamado telepático y abrió los brazos para recibirla sin ningún temor, es más, enternecido y agradecido por la especial deferencia para con él.
     Qué bien olía su pelo abundante y sedoso. Sintió la piel cálida y suave de sus mejillas sobre el cuello. Al devolverle la caricia, sintió un ligero cosquilleo a un lado del cuello, en un principio pensó en la picadura de algún insecto, pero eran demasiado fieras las heridas para ser causadas por algo distinto a un punzón o unos colmillos. El ligero comezón fue reemplazado por una sensación de entumecimiento en el área, como si le hubieran inyectado un anestésico.
      Minutos después, sin permitirle reaccionar, un destello de luz en su cerebro, similar a un relámpago, le creó un máximo clímax de placer.
     Al parecer la dama succionaba la sangre de sus venas, cerró los ojos ante el amor helado, y al abrirlos, observó todavía la bella cabeza de bucles dorados sobre su garganta.
     Como una herida con cuchillo caliente, esta idea le vino a su cabeza: Un dominio absoluto de la bella dama sobre su pobre alma.
     En la noche profunda, de forma inesperada, la visión se le aparecía como la sombra de un sueño. La mujer asida a su garganta, signaba su existencia a seguir amándola por toda la eternidad.
     Despertó bañado en sudor y sintió un ardor en el cuello; con la mano derecha se palpó el adolorido cuello, estaba bastante inflamado, entonces lo ocurrido no había sido una pesadilla. Se miró al espejo y observó dos pequeños orificios, casi cicatrizados sobre la yugular. Horror sin límites, como una primera impresión, pero las sensaciones nuevas se lo fueron disipando, hasta llevarlo a la aceptación de la nueva condición a descubrir al pasar las horas.
    Notó con sorpresa que su sentido de la percepción auditiva y visual se había acrecentado: podía oír el rumor de la corriente del arroyo lejano, el aleteo de una mariposa cruzando la campiña y el respirar de los animales del bosque. Su vista caló la oscuridad de la estancia, viendo nítido todo el entorno como dotado con lentes de visión nocturna.
      La calma regresó a la habitación. Sobre la almohada la nostalgia, el silencio, su alma en ella, el pensamiento activo, vivía sus recuerdos y las horas pasaban. Miraba por la ventana, a pesar de lo tenue de la luz de la luna, esta encandilaba sus ojos. La noche dio paso a la luminosidad alegre del día, difuminando el miedo.
    Pero para él se exhibía el mundo sembrado de nostalgia, con un tono subido a negro, color del velo de una noche interminable.
    Un rayo de luz irrumpió en la habitación y pegó de lleno sobre uno de sus brazos apoyado sobre el alfeizar de la ventana. Una sensación de calor extremo le hizo pensar en algo grave. Algo le sucedía al exponerse a la luz del astro rey. Un grito de dolor se escuchó por toda la habitación. Los vellos de su brazo comenzaron a arder, el olor penetrante del pelo quemado se extendió por todo el ambiente, la piel se le tornó roja, dando paso a continuación a unas grandes ampollas y unas erosiones profundas. Parecía como una figura de cera bajo el efecto de una flama.
      De inmediato, como un acto reflejo jaló la cuerda enrolladora de la pesada cortina. Aisló de su humanidad la luz abrasadora, la combustión de su cuerpo cesó como por arte de magia. En la oscuridad, su cuerpo se recuperó a ojos vistos en cuestión de segundos, volviendo a la total normalidad, como si las quemaduras hubieran sido solo una ilusión.
    Concluyó con desasosiego, después de esa dolorosa y aterradora experiencia, que no tendría más contacto con el día, pues los rayos del sol, lo escaldarían hasta convertirlo en cenizas.
Fernando Tejada 

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