El fenómeno de la globalización económica atraviesa por un punto de inflexión.





Globalización: ¿Relanzamiento o declive?

El fenómeno de la globalización económica atraviesa por un punto de inflexión. Poderosas fuerzas contrapuestas apuntan simultáneamente a su relanzamiento y a su declive. Por un lado el viento sopla a sus espaldas impulsándola hacia delante. Por otro sopla a su frente, dificultando su movimiento. Todavía es temprano para determinar cuál de estas fuerzas terminará prevaleciendo, sin embargo, es factible visualizar la correlación entre éstas.

A favor de la globalización juega la convicción de que ésta tiene aún un papel determinante que jugar. Esta convicción se asocia esencialmente con las economías del Este de Asia, con las naciones que más se han beneficiado de ella y con los procesos, bienes y servicios que entrañan el transporte de productos a largas distancias. Entre estos últimos, encontramos a las llamadas cadenas de suministro, a los transportes marítimos de contendores, a los súper tanqueros, a las materias primas, a las mercancías de mano de obra intensiva, a las infraestructuras que posibilitan y facilitan las comunicaciones, etc. En síntesis, a quienes siguen creyendo en la distribución internacional del trabajo y se muestran dispuestos a impulsarla con nuevos proyectos e inversiones.

En contra de la globalización juega no sólo la creencia de que ésta ha generado el desplazamiento económico de ingentes cantidades de seres humanos, sino también los avances tecnológicos que apuntan a la obsolescencia del desplazamiento de productos a grandes distancias. Estos últimos apuntan a la generación cerca del punto de consumo no sólo de mercancías, sino también de energía limpia, alimentos y sustitutos a las materias primas. Aquí convergen, por tanto, los movimientos que rechazan los costos sociales de la globalización, básicamente en Europa y Estados Unidos, con el desarrollo exponencial de la alta tecnología. El que esta última no resuelva los problemas sociales causados por la globalización, sino que los agrave aún más, no obsta para que desde ambas vertientes se genere un impulso anti globalizador.

Con China en el vértice de la pirámide de apoyo a la globalización, en ésta encontramos también a aquellos países de Asia, África y América Latina que se benefician de la exportación de materias primas o de mercancías de mano de obra intensiva. Allí aparecen también Canadá, Australia y Japón. Los dos primeros de manera natural en tanto exportadores mayores de productos primarios. Japón, en cambio, como una anomalía.

Tres grandes proyectos dan forma a este apoyo, de los cuales dos de ellos son impulsados por China. De un lado la iniciativa china de Un Cinturón y un Camino, que busca integrar a través de una vasta red de infraestructuras comunicacionales a 65 países que representan el 70% de la población del planeta y a casi 30% del PIB mundial. Del otro, la Asociación Económica Regional Integral, compuesta por dieciséis de las economías asiáticas. Finalmente, y aquí China se encuentra ausente, la Asociación Tras Pacífica. Esta última incluye a 11 países de ambas riberas del Pacífico que representan un 40% del PIB global. El denominador común de dichos proyectos es su convicción en los beneficios de seguir propulsando el intercambio de mercancías y materias primas a través de vastas distancias.

El rechazo a la globalización se identifica con Trump, el Brexit y los poderosos movimientos que desde la izquierda y la extrema derecha del espectro político europeo y estadounidense se oponen a sus costos sociales. Ello ha conducido al fortalecimiento de los extremos, al declive de los partidos tradicionales, a la incapacidad creciente para obtener mayorías electorales y a la necesidad de formar alianzas disímiles que dificultan la gobernabilidad. A mediano plazo este tsunami pareciera indetenible, a juzgar por la difícil situación en la que se encuentra Ángela Merkel, el mayor sostén a la globalización en Europa.

Desde el punto de vista tecnológico, el avance exponencial de la tecnología digital y la robótica, de la impresión 3D, de la nanotecnología, de la tecnología del genoma y la bioingeniería y de las nuevas tecnologías energéticas, por solo citar algunas, apuntan a romper con la dependencia existente en relación al mundo en desarrollo. Ello conduciría a un desacoplamiento entre países desarrollados y en desarrollo y a la autarquía económica de estos últimos.

Bajo el modelo económico al que conducirán los avances tecnológicos, la manufactura de mercancías se realizará más cerca de los que las consumen, lo que implica una mayor diseminación y descentralización de los procesos productivos. Más aún, muchas de las materias primas que son hoy importadas podrán ser sustituidas por nuevos materiales derivados de la nanotecnología, por energía limpia o por alimentos resultantes de la bioingeniería. En definitiva la distribución internacional del trabajo, esencia de la globalización, perderá toda razón de ser. El tiempo dirá cuál de las dos tendencias se impone.
ALFREDO TORO HARDY

Entradas populares

Kambó