El sentimiento generalizado tanto al norte como al sur de Irlanda es de alivio al ver que no habrá una «frontera dura».

Vehículos cruzan la frontera entre las dos Irlandas junto a una valla en contra de una «frontera dura» -
La frontera entre las dos Irlandas que nadie quiere volver a levantar

Tras despachar un par de calcetines térmicos y unas botas de nieve a un hombre de avanzada edad que pretende resguardarse del frío que deja estos días la tormenta «Caroline», Sidean señala una pequeña granja a unos 200 metros. Intentado chapurrear un castellano arcaico, explica: «Allí vivo yo, justo al otro lado de la frontera». Esta norirlandesa de 55 años regenta una tienda de material deportivo para climas extremos, porque, como asegura, «aquí en Muff hace mucho frío».

Se refiere a una pequeña población de algo más de mil habitantes situada en la República de Irlanda, que lo único que tiene de especial a simple vista es este pequeño local llamado «Borderland», o lo que es lo mismo, «Zona fronteriza». Ella misma ironiza sobre el título: «Menudo momento has elegido para venir a este lugar y encontrarte con nosotros». En Muff finaliza –o comienza, según en qué dirección se ponga el mapa– la línea imaginaria de casi 500 kilómetros que separa las dos Irlandas.

Invisible, porque no hacen falta muchos kilómetros para darse cuenta de que las carreteras por las que transcurre esta división no tienen ni un simple cartel que informe de que se está pasando de un país al otro. En apenas 60 kilómetros se puede llegar a cruzar doce pasos fronterizos en los que una señal de límite de velocidad es el único aviso del cambio, de millas por hora (en suelo norirlandés) a kilómetros por hora (en Irlanda). Carreteras que en España serían comarcales y por las que, en muchos casos, ni dos coches pueden cruzar al mismo tiempo.

Ni siquiera al parar en alguno de los establecimientos de comida rápida o gasolineras en torno a estos pasos invisibles se da uno cuenta de en qué lado está, ya que en ambas se puede pagar tanto en euros como en libras. En ellas, policías y militares controlaban hace 20 años mediante barreras y puntos fronterizos el paso de personas y vehículos de una margen a otra. Ahora, como Sidean, más de 30.000 personas cruzan cada día estos pasos, ya sea por motivos laborales, familiares o comerciales, sin necesidad de parar ni mostrar documento de identidad.
Sin militares

Justo en el momento en que cuenta que «la gente está expectante para ver cómo resuelven este problema los políticos», aparece en escena su marido Ian, de 58 años, autodenominado como «escocés independentista». Tras dejar un par de cajas repletas de anoraks, explica el sentir de la mayoría de ciudadanos de por aquí: «Todos queremos un segundo referéndum del Brexit, creo que esta vez saldría el resultado contrario. Nadie quiere ver cómo perdemos poder adquisitivo y, lo más importante, ninguno está dispuesto a volver al clima de tensión de antes de que se firmasen los acuerdos de Viernes Santo».

Con el proceso de paz tan difícil de conseguir y que duró años, desaparecieron las instalaciones militares del Ejército británico instaladas en esta pequeña población y a lo largo de toda la frontera, objetivo prioritario de grupos terroristas como el IRA que dejó más de 3.000 fallecidos en la época más negra del conflicto irlandés.

Por eso tanto esta pareja como muchos de los ciudadanos que viven en los límites se toman con escepticismo el acuerdo conseguido por Theresa May con la UE. «Tengo que ver con mis propios ojos eso de que no habrá frontera dura. ¿Quién va a controlarme a mí, que vivo con mi mujer y mis hijos en Irlanda del Norte y tenemos nuestro negocio en Irlanda?», dice Ian, visiblemente enfadado y con un punto de resentimiento hacia los políticos.

Convocatoria de una reunión sobre el Brexit y el futuro de Irlanda
Convocatoria de una reunión sobre el Brexit y el futuro de Irlanda - I. Alonso

Miles de personas viven a diario lo mismo que este escocés y su familia. Un buen ejemplo son dos poblaciones separadas por apenas unos metros, en la que varias casas tienen su cocina en suelo irlandés y su baño en el norirlandés. Entre Bridge End (Irlanda) y Coshquin (Irlanda del Norte) se sitúa un pequeño bar tradicional británico, donde el «fish and chips» predomina en la carta, aunque el «Irish breakfast» manda en las mesas de sus clientes. En Coshquin, Charlie, de 20 años, deja claro que no quiere ver policías cerca, ni barreras físicas que le separen de sus amigos irlandeses. Él vive al otro lado de la frontera, delimitada esta vez por un paso un poco más ancho, donde se encuentra una caravana que vende productos de granja. Su dueño, un hombre de avanzada edad con semblante poco amistoso, señala: «Desde hace 20 años no había periodistas en esta zona».

El sentimiento generalizado tanto al norte como al sur es de alivio al ver que no habrá una «frontera dura». Todos evitan hablar del terrorismo y del resentimiento que entre las décadas de los 70 y los 90 hubo entre ambos países. «La gente acabó muy cansada y harta de la violencia y nadie quiere volver a ese tiempo, fueron años muy complicados y por eso todo tiene que quedarse como está», dice Liam, el dueño de una tienda de «souvenirs» en Lifford, una de las ciudades irlandesas sacudidas por el terrorismo del IRA. Desde esta ciudad, un puente separa las dos Irlandas.
«¿En libras o en euros?»

Al otro lado se encuentra la población de Strabane. Tres militantes del grupo terrorista abrieron fuego en 1971 contra el puesto fronterizo y en el tiroteo cruzado asesinaron a un trabajador de un hotel. «Me acuerdo como si fuera ayer –comenta Liam–, si volvemos a algo así ponemos de nuevo en riesgo la vida de millones de personas». A su juicio, «los acuerdos de Viernes Santo fueron lo mejor que ha ocurrido por aquí y nadie debe ponerlos en peligro» para terminar despachando un conocido proverbio irlandés: «An rud a nithear gu math, chithear a bhuil», es decir, «lo que está bien hecho se mostrará en su resultado».

Justo después, se vuelve a un cliente con la pregunta más repetida en la zona, que resume las dificultades para un acuerdo sobre la frontera: «¿Va a pagar en libras o en euros?»

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