Cruzar el cabo de Hornos es uno de los retos marítimos más peligrosos del mundo

La ruta del cabo de Hornos, entre la Antártida y el límite austral del continente, ha sido testigo mudo de cientos de naufragios en sus aguas circundantes.
L'Herminie, fragada de la Marina francesa, en Cabo de Hornos. Cuadro de Auguste Mayer
El buque escuela Juan Sebastián de Elcano (A-71) se propone celebrar su noventa aniversario cruzando, por primera vez en la historia de sus singladuras, uno de los enclaves marítimos más peligrosos del mundo: el cabo de Hornos, límite austral del continente suramericano, testigo mudo de cientos de naufragios (unos ochocientos) y miles de muertos (dicen que diez mil) en sus aguas circundantes, las más tormentosas del orbe. «El desafío no es baladí», advierte el capitán de navío Ignacio Paz, actual comandante de la nave, «ya que la travesía será realizada en el invierno austral, cuyas condiciones meteorológicas no suelen ser precisamente favorables, y no se trata de comprometer la seguridad del barco».

En el cabo de Hornos, en el lejano sur, el último pedazo de tierra antes de la Antártida, se citan los dos océanos más poderosos del planeta, el Pacífico y el Atlántico, y en días de tormenta las aguas embravecidas parecen una batidora cuyo contenido cambia de color, del añil al gris metálico, según la luz que le pegue; el viento despeina las crestas de las olas y la espuma pulverizada forma pequeños arcoiris. Albatros y petreles de gigantesca envergadura siguen la estela de los barcos sin esfuerzo aparente, planeando sobre montañas de agua.

Navegar en aguas del cabo de Hornos, en efecto, está considerado como uno de los mayores retos náuticos. Su extrema latitud austral (56ºS) y la geografía al sur del mismo -inexistencia casi absoluta de tierras- imponen excepcionales condiciones a la navegación. Libres de obstáculos, los vientos que soplan de oeste a este bajo los 40º S son tildados, en el argot de los marinos, de los cuarenta rugientes, seguidos por los cincuenta furiosos y los aún más violentos sesenta aulladores. Su fuerza resulta incrementada por el efecto embudo, esto es, su canalización por el pasaje de Drake entre los Andes y la Península Antártica.

Por otro lado, estos vientos variables del sur generan olas de gran tamaño, que en la zona oeste del cabo de Hornos superan los 30 metros, lo cual supone un factor de riesgo añadido. Finalmente, aunque la banquisa de los hielos antárticos está a considerable distancia del cabo, los icebergs representan un peligro nada despreciable. En febrero, durante el verano austral, se mantienen bajo los 50º S, pero en agosto pueden subir hasta los 40ºS

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Faro en el Cabo de Hornos - IGNACIO GIL

En el temible pasaje de Drake la Terra Australis Incognita sigue reservándose el derecho de admisión. Fue descubierto por el marino español Francisco de Hocesen 1525, cuando su barco fue arrastrado por un fuerte temporal. De hecho, algunos prefieren llamar al pasaje Mar de Hoces. Dicen que a todo marino que atraviese el Drake le será permitido lucir un aro de oro en la oreja izquierda y podrá orinar en contra del viento. El segundo privilegio suena arriesgado a pesar de todo.

El sur de la Patagonia no es sólo un paisaje. Es, sobre todo, un estado de ánimo, cuajado de historias terribles de supervivencia, descritas por el escritor chileno Francisco Coloane en sus cuentos y novelas, donde el protagonista último es la inclemente naturaleza austral que lleva a los hombres al límite. Precisamente uno de sus relatos más celebrados se llama «Cabo de Hornos». Las aguas de esos canales patagónicos fueron surcadas por exploradores que se jugaban la vida al doblar cada codo marítimo.

Aventuras como la de Willem Schouten, que llegó a esta isla barrida por las tempestades en 1616. Buscaba una ruta alternativa para sortear el monopolio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, que utilizaba las únicas vías conocidas para llegar a los destinos asiáticos: el Estrecho de Magallanes y el Cabo de Buena Esperanza. El navegante holandés seguía una pista: años antes, en 1578, Francis Drake, durante su circunnavegación del globo con patente de corso de Isabel I de Inglaterra para atacar a la flota española, cruzó el Estrecho de Magallanes en dirección al Océano Pacífico. Una tormenta lo arrastró hacia el sur y descubrió que Tierra del Fuego no era un nuevo continente como se creía, sino una isla. Es decir, había una alternativa a la ruta «tradicional». Schouten aprovechó una tregua entre el cielo y el mar y dobló el cabo, al que llamó Hoorn en honor al pueblo en que nació; luego, por esas cosas del lenguaje, pasó a denominarse Hornos.

Los años sembraron de pecios las profundidades de alrededor. Un monumento y un poema recuerdan a los marinos muertos, cuyas almas olvidadas vuelan en las alas del albatros «en la última grieta de los vientos antárticos». Una noche de hace varios años llamaron a la puerta del farero de Cabo de Hornos. Esto le puede ocurrir a cualquier persona en cualquier lugar, pero... ¿en el fin del mundo? Era un tipo que había llegado en canoa desde Punta Arenas. Da la impresión de que en estas latitudes la gente es capaz de hacer cualquier cosa, y que la locura es tan práctica como una carta de navegación.
M. A. BARROSO/ J. JAYME

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