El Líder Supremo, el ayatolá Jamenei, culpa a «los enemigos de Irán», Arabia Saudí, Estados Unidos e Israel, de estar detrás de las protestas.

La revuelta iraní agrava la guerra larvada entre Teherán y Riad
Resultado de imagen para La revuelta iraní agrava la guerra larvada entre Teherán y Riad

La ola de protestas que sacude Irándesde hace seis días ha entrado en una fase de violencia y caos, con al menos una veintena de muertos en enfrentamientos, un número indeterminado de policías heridos y la detención de más de 1.000 personas.

De acuerdo con la televisión estatal, las protestas del lunes se saldaron con 9 muertos. Seis individuos fueron abatidos durante el ataque a una comisaría de policía en la ciudad de Qahdarijan cuando intentaban robar armas. Un niño de 11 años y un adulto murieron en la ciudad de Khomeinishahr, mientras que un miembro de la Guardia Revolucionaria fue asesinado en la localidad de Najafabad. En los tres ataques se utilizaron rifles de caza según la versión oficial. Las tres ciudades mencionadas se encuentran en la provincia de Isfahan, a unos 350 km al sur de Teherán. Además se han mostrado imágenes de bancos saqueados, ventanas rotas, coches volcados y mobiliario urbano incendiado. La agencia de noticias ILNA cita a un vicegobernador de la provincia de Teherán que asegura que 200 personas fueron arrestadas el sábado, 150 el domingo y alrededor de 100 el lunes.

El líder supremo iraní, Alí Jamenei, quien hasta el momento había permanecido en silencio, culpó ayer a los enemigos de Irán, Estados Unidos, Israel y Arabia Saudí, de estar detrás de las protestas antigubernamentales que vive el país desde el pasado jueves. «En los últimos días, los enemigos de Irán se han aliado y usado los medios que poseen, incluido dinero, armas, política y servicios de Inteligencia, para generar problemas en la República Islámica», denunció el clérigo. El presidente estadounidense, Donald Trump, reaccionó furibundo señalando vía Twitter que todo el dinero dado por Obama a los iraníes, en referencia a la eliminación de las sanciones económicas al país tras el acuerdo nuclear, ha ido a parar al terrorismo y a los bolsillos de los dirigentes políticos. El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha ridiculizado, por su parte, las acusaciones de interferencia de su país.

Las nuevas protestas, las más graves desde las que tuvieron lugar en 2009 a raíz de la reelección del presidente Mahmud Ahmadineyad, plantean a los observadores numerosas preguntas en torno a cómo se iniciaron los disturbios, por qué se han extendido tan rápidamente y lo que pueden significar para el futuro de Irán. La primera de las manifestaciones tuvo lugar el 28 de diciembre en la ciudad de Mashhad, la segunda del país, y una de las bases de los opositores al presidente moderado Hasan Rohani. De acuerdo con informaciones de distintas agencias, cobra fuerza la versión que indica que los altercados iniciales habrían sido organizados por un clérigo de la línea más dura, Ibrahim Raisi, rival de Rohani.

En cuestión de un día la agitación callejera se multiplicó a otras ciudades incluida la capital, Teherán. Mohammad Taghi Karroubi, hijo de uno de los principales líderes opositores iraníes bajo arresto, ha declarado que en lugar de culpar a potencias extranjeras, el gobierno debería reconocer que existen razones para las protestas dentro del país. Los analistas inciden en que todavía es demasiado pronto para comprender qué está pasando realmente, si bien las actuales revueltas parecen canalizar el descontento de la clase trabajadora, la más afectada por la difícil situación económica. Pero no se descarta que pueda haber otros intereses espurios sobre la mesa como rivalidades internas entre diferentes facciones, ahora que la carrera por la sucesión de Jamenei, de 78 años, se otea en el horizonte.

Las quejas por el malestar económico tampoco pueden ocultar el hecho de que un gran número de personas se sienten ahora más nacionalistas que nunca tras la elección de Trump y su tozudo empeño en boicotear el acuerdo nuclear con Irán, y ante la hostilidad demostrada por los estados del Golfo en estos meses. El presidente Trump y los saudíes han logrado sin quererlo lo que años de represión no habían conseguido: la visión generalizada de que Irán es ahora un estado fuerte capaz de plantar cara a sus enemigos, y la creencia de que ni Estados Unidos ni Riad son dignos de confianza.

La rivalidad entre la chií Irán y la suní Arabia Saudí por dominar la región constituye, sin lugar a dudas, el factor más importante a la hora de analizar el delicado equilibrio de poder en Oriente Próximo. En su búsqueda de la supremacía, ambos países se han involucrado en distintos conflictos a través del apoyo a sus respectivos aliados locales. Ha sido Irán quien hasta el momento se ha impuesto en Siria, Irak, Yemen y el Líbano mientras los saudíes fracasan en su intento por contrarrestar la influencia de Teherán en la zona.

Desde el comienzo de la guerra siria, Irán ha brindado ayuda militar al presidente Bashar al Assad, alinéandose en el terreno con el leal grupo chií libanés Hizbolá, quien a su vez maneja los hilos de la política del Líbano y es, hoy en día, el grupo armado más poderoso de Oriente Próximo. Es Irán quien mantiene el equilibrio de fuerzas en el Líbano y el que apenas se ha tambaleado tras la bochornosa desaparición y regreso del primer ministro libanés Hariri, controlado por los saudíes con el fin de desequilibrar a Hizbolá.

Bagdad, históricamente capital del califato islámico suní, se halla ahora bajo el control efectivo de Irán, en un proyecto de expansión que incluye igualmente a Yemen, dónde los persas estarían enviando presuntamente armas y asesores militares al movimiento hutí, una escisión del chiísmo, así como a los rebeldes en Afganistán. La alargada mano de Irán también se ha hecho sentir en Bahréin,respaldando a varios grupos opositores, y en Palestina, posicionándose con Hamas y con los movimientos de resistencia contra Israel.

Resulta improbable que Irán se muestre dispuesta a renunciar a sus ambiciones regionales frente a Arabia Saudí, por mucho que la financiación de sus políticas en el exterior requiera de un inmenso presupuesto. Pero el régimen, de acuerdo con los analistas, necesita poner su economía en marcha, generando inversión extranjera e interna en diferentes sectores si quiere evitar la disidencia y las revueltas. Es la sostenibilidad a largo plazo de la propia república islámica la que está en juego en estas protestas.
MARÍA IVERSKI

Entradas populares

Kambó