En 1899, el futuro primer ministro británico recorrió 500 kilómetros en seis días sin agua ni comida, saltando de trenes en marcha, tras fugarse de un campo de prisioneros en Sudáfrica

La salvaje fuga del joven Churchill que no cuenta la película de Gary Oldman

Ahora que la magnifica interpretación de Gary Oldman —ganador del Globo de Oro al mejor actor dramático— ha vuelto a poner en boca de todos la figura de Winston Churchill, es probable que los críticos e historiadores pasen por alto uno de los hechos más impresionantes y desconocidos de su vida. Sucedió en 1899, mucho antes de que el mundo conociera al enérgico primer ministro que manejó los hilos de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial, en cuyos inicios está ambientado el filme dirigido por Joe Wright.

Hay que  retroceder medio siglo, hasta sus años mozos, cuando protagonizó una de las aventuras más memorables de la Guerra de los Bóersque, a finales del siglo XX, enfrentó en Sudáfrica a los ingleses con los colonos holandeses. Hablamos de la épica huida de Churchill de un campo de prisioneros en Pretoria, cuando era corresponsal del diario «The Morning Post», y su periplo a lo largo de 500 kilómetros hasta Durban, sorteando todo tipo de peligros durante varios días sin agua ni comida.

El futuro primer ministro tenía 25 años cuando vivió esta particular «odisea», según la calificaron algunos periódicos de la época, que le ayudó posteriormente a lanzar su carrera política. Él mismo envió el relato que fue reproducido en España por el «El Imparcial», en el que no faltaban peripecias propias de los héroes de guerra: escaladas por la valla de la prisión, saltos encima de trenes en marcha, caminatas interminables sin un trozo de pan que llevarse a la boca, peligrosos acantilados, policías, buitres... Todo digno de las mejoras novelas.
«Las balas llovían como granizo»

Todo comenzó el 15 de noviembre de 1899, cuando Churchill se dirigía en un tren blindado, junto a la expedición de Aylmer Haldane, a reforzar el avance británico hacia la ciudad de Estcourt. En ese momento, su locomotora fue atacada por los bóers hasta que descarriló. Aquello no amilanó al joven periodista, que, a pesar de ser el hijo de un ilustre diputado de la Cámara de los Comunes, ya había cubierto la Guerra de Cuba en 1895, la rebelión pastún de la India en 1897 y los conflictos en Sudán en 1898.


Churchill, en 1895, cuando fue enviado a la Guerra de Cuba

Según contó «La Ilustración Artística» un par de semanas después, el futuro primer ministro se llenó de valor y cogió el mando de un ejército amedrentado en medio del fuego cruzado. «Una vez volcados los primeros vagones, llamó al capitán Wylee para pedirle voluntarios con el objetivo de sacar los coches fuera de la vía. Las balas llovían sobre el tren como si fueran granizo. Churchill, con el teniente Frankland, se abalanzó sobre la vía descubierta para dar ejemplo a los otros soldados de la expedición. Fue entonces cuando estos entraron en combate con el enemigo. Y cuando la locomotora estuvo libre, el maquinista, que estaba herido, quiso abandonar la máquina. Sin embargo, exhortado por Churchill, volvió a ocupar su puesto y ambos partieron hacia Frere», puede leerse en el periódico.

La suerte parecía estar del lado del joven corresponsal, que consiguió liberar la vía y los vagones en los cuales se transportaba a los heridos hasta que estuvieron en zona segura. Según contaba esta publicación, Churchill cogió después el fusil de uno de los soldados y se puso en marcha convencido de que debía regresar al lugar donde se había producido la escaramuza con los boers, en busca de los posibles supervivientes.
¿Disfrazado de mujer?

Esta vez Churchill no tuvo tanta fortuna y fue detenido. Los periódicos pronto se hicieron eco de que el joven corresponsal de «The Morning Post» había desaparecido. Acabó, junto a varios soldados y oficiales británicos, en un campo de prisioneros en Pretoria. Pasó allí varios días en condiciones infrahumanas, hasta no pudo soportarlo más e ideó una plan para huir con algunos de sus compañeros. Al ver que la fecha prevista era pospuesta varias veces, nuestro protagonista se creció y escapó solo.


Churchill, en 1941, durante la Segunda Guerra Mundial

El mismo Churchill contó en «La Época» que se había fugado disfrazado de mujer en los últimos días de 1899. El 2 de enero de 1900, otro diario español, «El Imparcial», sorprendía a sus lectores publicando un telegrama en el que el corresponsal inglés describía al detalle su épica huida, bajo el titular «La evasión de un prisionero inglés». Una decisión que tomó después de que los responsables del campo de prisioneros le comunicaran que había «muy pocas posibilidades» de que se le concedieran la libertad por su condición de periodista.

«La noche del 12, aprovechando un descuido de los centinelas, salté por la vallas de la prisión, atravesé algunas calles de Pretoria, donde me crucé con algunas personas que no se fijaron en mí atención, y me dirigí después a la estación de ferrocarril», podía leerse en el periódico, que continuaba después con todo tipo de detalles: «A las once de la noche salió un tren de mercancía y, cuando aún llevaba poca velocidad, salté a una de las plataformas y me escondí entre unos sacos de carbón».

«Chocolate crudo»

El valor se fue imponiendo poco a poco al miedo en el enjuto cuerpo de Churchill, que no tenía intención de mirara atrás, costase lo que costase. «Antes del amanecer —continuaba— salté del tren y pasé el día escondido en un bosque en compañía de un enorme buitre (...) muchas veces durante mi marcha nocturna tuve que superar todo tipo de arroyos y barrancos, salvándome sólo por la lentitud y precaución con que caminaba (...) Así continué cinco días, ocultándome al amanecer y volviendo a emprender mi peregrinación cerrada la noche. Mi alimento durante todo este tiempo fue solamente chocolate crudo».

En total fueron seis días con sus noches las que duró la fuga de Churchill hasta llegar a Lorenzo Marques, a casi 500 kilómetros de distancia. Durante su odisea tuvo que burlar varias veces a los gendarmes y la vigilancia de las estaciones, dando rodeos de kilómetros. Llegó a perder hasta 10 kilos. Todas estas experiencias le valieron para gozar de gran notoriedad durante una época y publicar, en 1930, «My Early Life», donde recoge estas y otras aventuras de su estancia en Sudáfrica.
 Israel viana

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