Joel Elliott: La sed de sangre llevó a este oficial a caer en una terrible trampa el 27 de noviembre de 1868.

Joel Elliott: el error que llevó al oficial más sádico del 7º de Caballería a ser mutilado por los indios cheyene

Mayor Joel H. Elliott-NPS.GOV

El 27 de noviembre de 1868, este oficial decidió perseguir a las mujeres y a los niños que huían de un campamento nativo aniquilado por el famoso regimiento estadounidense
Su sed de sangre llevó a este oficial a caer en una terrible trampa. Aislado, fue atacado por varias tribus cercanas. Su cuerpo fue hallado jornadas después congelado y mutilado.

«Dos agujeros de bala en la cabeza, uno en la mejilla izquierda, la mano derecha cortada, el pie izquierdo casi cortado […], una profunda herida en la ingle derecha, profundos cortes en las pantorrillas de ambas piernas, el dedo meñique de la mano izquierda cortado y la garganta cortada». La crudeza del forense a la hora de enumerar las barbaridades perpetradas por los indios contra el mayor Joel Haworth Elliott es sólo comparable al sadismo que este alto oficial del Séptimo Regimiento de Caballería destiló, de la mano del teniente coronel George Armstrong Custer (más conocido como «Cabellos largos» por las tribus locales), contra los nativos americanos a partir de 1867.

Y es que, aunque es cierto que Elliott no fue la cabeza visible de la estrategia del gobierno norteamericano para expulsar a los nativos de sus tierras a base de espada (ese triste honor correspondió a personajes como el presidente Andrew Johnson y el mismo Custer), sí atacó por orden de «Cabellos largos» varios campamentos de nativos como el ubicado en las cercanías del río Washita (en Oklahoma). De hecho, este oficial fue asesinado por los indios mientras perseguía a un grupo de mujeres y niños desarmados que huían del temible Séptimo de Caballería.

¿Justicia? ¿Barbarie? Bajo la perspectiva actual es difícil saberlo. Sin embargo, la realidad es que su trágica muerte conmocionó a la sociedad y justificó la estrategia del terror utilizada por el Ejército de los Estados Unidos contra los legítimos pobladores de Norteamérica.

Con todo, en Europa la historia de Elliott ha sido ensombrecida por la del propio Custer, cuyas decisiones llevaron a la virtual aniquilación del Séptimo de Caballería en la popular batalla de Little Bighorn (acaecida a finales de junio de 1876). La temeridad y las ansias de gloria de «Cabellos largos», quién buscaba el favor de sus superiores para auparse hasta la poltrona de la Casa Blanca, lograron que las peripecias de este oficial -un versado veterano de la Guerra Civil norteamericana- pasasen a un segundo plano.
Pacifista

Según afirma el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos en su dossier «Washita Battlefield. Mayor Joel H. Elliott», nuestro protagonista vino al mundo el 27 de octubre de 1840 en Indiana en el seno de una familia cuáquera. Así lo corrobora también Dan L. Thrapp en su obra «Encyclopedia of Frontier Biography», donde especifica que «nació en Centerville, cerca de Richmond» y vivió en la granja familiar hasta «el 28 de agosto de 1861», día en que se alistó en la Compañía C del Segundo Regimiento de Caballería de Indiana. Así pues, accedió a la unidad (fiel al ejército de la Unión) como soldado raso apenas cuatro meses después de que comenzara la Guerra Civil norteamericana. Y todo, a pesar de que su familia le inculcó siempre unos valores pacifistas.

Elliott - HAWORTH ASSOCIATION

A partir de entonces, Joel Elliott combatió en varias de las batallas más famosas de la Guerra Civil. Entre ellas destacaron la de Shiloh en abril de 1862 (la cual se saldó con 23.000 bajas después de que los confederados atacasen por sorpresa a los unionistas cerca de Tennesse); la de Perryville en octubre de ese mismo año (con más de 7.000 bajas) o la de Stones River en diciembre (donde se produjeron unas 24.000 bajas). Durante este período sufrió dos heridas menores y una que a punto estuvo de costarle la vida. «En la batalla de Brice's Cross Road, el 10 de junio de 1864, una bala le impactó en el pulmón izquierdo en Guntown», explica la Haworth Association en su artículo «Joel Haworth Elliot».

Poco antes (en abril de 1863, atendiendo a la «Encyclopedia of Frontier Biography») nuestro protagonista había sido nombrado capitán del Primer Regimiento de Caballería de Indiana. Un cargo que le duró poco y que le catapultó poco después hasta el Séptimo Regimiento de Caballería de Indiana (diferente al futuro y popular Séptimo de Caballería de Custer). A esta unidad llegó como segundo teniente, pero fue ascendido rápidamente por su arrojo. «En la batalla de Verona, Mississippi, capturó 4.000 armas y destruyó mucho material. Todo eso le permitió acabar la guerra como capitán», se determina en la obra mencionada.
Contra los indios

Tras la Guerra Civil (1865), el destino de Elliott se vio ligado a la política del presidente Andrew Johnson. El mismo político que -tras conquistar o anexionarse territorios como Texas, México y Oregón- estableció que la expansión de los Estados Unidos se veía drásticamente frenada por los nativos americanos. Un pueblo que se asentaba en el centro del continente y que impedía la conexión por tierra de los dos extremos del país.

Decidido a unificar el territorio, el presidente ordenó al ejercito expulsar a los indios hasta reservas apartadas en las que no entorpeciesen los intereses de la nueva nación. Algo que, por descontado, no gustó ni una pizca a los hombres del penacho de plumas, que se armaron para resistir por las bravas el empuje de los hombres de las barras y las estrellas.

En el marco de esa tensa situación se creó el mítico Séptimo Regimiento de Caballería de los Estados Unidos. Una unidad cuya misión (entre otras tantas) era la de asegurar las fronteras y evitar que los nativos acabasen con los buscadores de oro y las caravanas que se adentraban en sus tierras. «Constituido el 28 de julio de 1866, el 7º Regimiento de Caballería se organizó formalmente el 21 de septiembre en […] Kansas», explican los autores de «The Encyclopedia of North American Indian Wars, 1607–1890. A Political, Social, and Military History». En la misma obra se señala que, desde sus inicios, la unidad fue conocida como «Garryowen» por adoptar esta marcha irlandesa como himno.

El mando del Séptimo de Caballería se le otorgó al mediocre Custer, ilustre a pesar de ser el último de su promoción y de haberse hecho tristemente famoso en la Guerra Civil por usar con demasiada ligereza a sus hombres para acabar con el enemigo a toda costa. No en vano, Ed Rayner y Ron Stapley le definen en su libro «El rescate de la historia» como un oficial «enérgico y nada escrupuloso […] que despreciaba a los indios y esperaba alcanzar una victoria espectacular sobre ellos para dar mayor impulso a su carrera».

«Cabellos largos», por su parte, llamó a filas a Elliott por considerarlo «un soldado curtido por una amplia experiencia en el campo del servicio».

No le faltaba razón a Custer, aunque los historiadores coinciden en que, bajo el liderazgo de «Cabellos largos», Elliott dejó salir de su interior toda la barbarie que atesoraba contra los nativos americanos. «En las llanuras demostró ser un oficial celoso y despreciable bajo las órdenes de Custer», explican los autores de «Encyclopedia of Frontier Biography».

«En las llanuras demostró ser un oficial celoso y despreciable bajo las órdenes de Custer»

Ejemplo de ello es que nuestro protagonista persiguió ferozmente, el 7 de julio de 1867, a un grupo de desertores hasta dar buena cuenta de ellos. «Siguió la pista de seis huidos a pie, uno murió, dos fueron heridos y el resto arrestados. Él informó de que el fallecido iba a disparar contra él, pero el resto afirmaron que el hombre estaba de rodillas pidiendo clemencia por su vida cuando fue asesinado por el segundo teniente William W. Cooke», añaden los autores de la mencionada obra.

Con todo, su experiencia permitió a Elliott hacerse con el mando del Séptimo de Caballería cuando Custer fue procesado y suspendido del mando (labor que comenzó entre agosto y octubre de 1867, atendiendo a las diferentes fuentes de información utilizadas).
Invierno sangriento

La campaña de presión del Ejército de los Estados Unidos, no obstante, se vio retrasada debido a dos factores principales que explica pormenorizadamente el historiador y periodista Jesús Hernández(autor del blog «¡Es la guerra!») en su obra «Las 50 grandes masacres de la historia»: «Por entonces, los indios contaban con dos claras ventajas sobre el Ejército. Una era su táctica de guerrilla, favorecida por su gran conocimiento del terreno y su facilidad para vivir sobre él. La otra era su mayor movilidad; al ser capaces de trasladar sus campamentos con cierta agilidad, resultaba difícil 
capturarlos o perseguirlos»

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Olla Negra

Por entonces el odio hacia los nativos americanos no conocía ya límites. Así lo demuestran afirmaciones como las del general William T. Sherman («Hay que actuar con fervor vengativo contra los sioux, incluso hasta la exterminación de todos sus hombres, mujeres y niños») o la más popular «El único indio bueno es el indio muerto» (atribuida a multitud de personajes).

De esta guisa, el general Philip Sheridan (gran valedor de Custer) se decidió a dar un golpe decisivo a los nativos que les obligara a retirarse a las reservas. «El general Sheridan creyó haber encontrado el Talón de Aquiles de su enemigo; al llegar el invierno, las tribus solían replegarse a unos campamentos fijos, ofreciendo así un blanco estable que el Ejército podría atacar de manera planificada. La “Estrategia invernal”; como se le denominó al plan de Sheridan, consistía en que los regimientos saliesen a buscar esos campamentos de invierno para destruirlos», explica Hernández en su libro


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Custer, el odiado y amado líder del Séptimo de Caballería

En su obra «Breve historia de los indios norteamericanos», Gregorio Doval corrobora esta afirmación: «El plan de Sheridan encaraba los dos mayores problemas del ejército. Primero, la dificultad de contrarrestar las tácticas de guerrilla de los indios […]. Segundo, su superior movilidad».

Para dirigir esta búsqueda y destrucción de los campamentos, Sheridan escogió a su preferido: Custer. Oficial al que le devolvió el mando del Séptimo Regimiento de Caballería. «Los ecos de las proezas de Custer durante la Guerra Civil aún resonaban, por lo que esa decisión fue considerada acertada. Aunque durante el conflicto logró ascender a general con tan solo veinticinco años, tras la guerra su graduación fue reducida a la de teniente coronel», completa Hernández.

Bajo la promesa de un ascenso rápido, «Cabellos largos» se dispuso a perpetrar la sangrienta «Estrategia de invierno» para ganarse el favor de Norteamérica. «Quería emprender cuanto antes su carrera política hacia la Casa Blanca y necesitaba con urgencia victorias militares que le avalasen», destaca Doval. Y todo ello, de la mano del mayor Elliott.
Batalla

A mediados de noviembre de 1868, con el frío sacudiendo sus casacas, Custer y Elliot partieron hacia las llanuras con su cruel objetivo en mente. Su «enemigo» (si es que puede llamarse así) no tardó en aparecer en forma de una pequeña tribu itinerante de indios cheyenes que se había instalado a orillas del río Washita. El poblado, dirigido por Cazo Negro (nombre traducido también como Caldera Negra u Olla Negra), estaba formado principalmente por mujeres y niños y no era hostil.

«Cazo Negro advirtió a los suyos de que no debían ser pillados por sorpresa […]. En lugar de esperar a que vinieran los soldados a por ellos, él acudiría a su encuentro al frente de una delegación para hacerles ver que el poblado cheyene era pacífico. La nieve era abundante y caía ininterrumpidamente, pero tan pronto como las nubes abandonaran el cielo, se pondría en marcha», explica Dee Brown en su documentada obra «Enterrad mi corazón en Wounded Knee».

Batalla de Washita-STEVEN LANG

Para su desgracia, desconocía la misión del Séptimo de Caballería. El 26 de noviembre, Custer y Elliott arribaron a las cercanías del campamento y prepararon el ataque. «La columna se dividiría en cuatro unidades, que atacarían desde cuatro ángulos distintos, convergiendo en el centro del poblado», añade Hernández. El asalto comenzó una hora antes del amanecer, y al son de «Garryowen» (pues Custer había hecho acudir a los músicos de la unidad para que la interpretaran mientras cargaban).

De nada valieron las banderas blancas y las señales de paz. En pocos minutos, y tras acabar con los pocos conatos de defensa con los que se toparon, el poblado quedó reducido a cenizas. «De los 103 indios que murieron en el ataque, tan solo 11 de ellos eran guerreros», completa el historiador español en su obra. Brown reduce este número a 10.
Error fatal

La crueldad del Séptimo de Caballería no se detuvo en la aniquilación del campamento cheyene. Ávido de sangre, Elliott dirigió a una veintena de sus hombres (las cifras varían entre 16 y 18 dependiendo de los historiadores) contra los hombres, mujeres y niños que habían logrado escapar de aquel desastre. Las fuentes también difieren a la hora de señalar si lo hizo o no con el consentimiento de Custer, aunque la teoría más extendida es la que recoge el Servicio de Parques Nacionales de los Estados Unidos. Según desvela este organismo en su dossier sobre nuestro protagonista, «pidió voluntarios para perseguir río abajo a los indios que escapan de la aldea» sin contar con su superior.

Aquel fue un error que acabó con su vida. Tras una breve persecución, los pocos soldados de Elliott se toparon con decenas de guerreros de varios campamentos cercanos. «Custer cometió un error de tal calibre que sus consecuencias le persiguieron el resto de su vida. Como no se había molestado en hacer un reconocimiento de los alrededores del poblado, no se dio cuenta de que aquel solo era uno más de una serie de campamentos cheyenes. Cuando el mayor Joel Elliott salió a perseguir a los supervivienets con una pequeña partida de soldados, los guerreros de uno de estos campamentos le tendieron una emboscada», desvela Doval.

Custer y el Séptimo de Caballería en Little Bighorn

Usando una estrategia habitual, Elliott ordenó a sus hombres que descabalgasen y atasen sus caballos entre ellos. A continuación, los escasos soldados del Séptimo de Caballería formaron un semicírculo y se defendieron de sus innumerables enemigos.

¿Qué hizo Custer cuándo se percató de la contienda? Al parecer, nada. «El intercambio de disparos entre el grupo de Elliott y los indios fue escuchado en la lejanía por Custer, quien fue apremiado por sus hombres para que diese la orden de acudir en su auxilio. Pero Custer, que aún estaba paladeando la victoria, no quiso arriesgarse a entablar un choque con los indios de incierto desenlace», determina Hernández.

La mayoría de autores (entre ellos Doval, Brown o el organismo oficial estadounidense) corroboran que «Cabellos largos» prefirió recoger a los prisioneros que había hecho y olvidarse de su subordinado para no empañar su «gran victoria». Así pues, los arapajos (tribu a la que pertenecían los asaltantes, según se afirma en «Enterrad mi corazón en Wounded Knee») y los cheyenes dieron buena cuenta de los norteamericanos.
Venganza y controversia

Dos semanas después de aquella masacre, Sheridan y Custer hallaron los restos de Elliott y sus hombres dos millas corriente abajo. Todos ellos estaban terriblemente mutilados.

«El mayor tenía dos orificios de bala en el cráneo y otro en la mejilla; además le habían cortado los genitales, una mano, y el dedo meñique de la otra, y presentaba cortes de cuchillo en todo el cuerpo», señala Hernández. Los autores de «Encyclopedia of Frontier Biography» desvelan, por su parte, que uno de los torsos de los fallecidos soldados del Séptimo de Caballería jamás fue encontrado.

El Séptimo de Caballería se defiende en círculo de los nativos-The Encyclopedia of North American Indian Wars

Aquel descubrimiento prendió la mecha de la controversia en la sociedad estadounidense y dentro del propio Séptimo de Caballería. La unidad se dividió en dos: los que apoyaban la decisión de su superior, y los que le criticaban por haber abandonado a sus hombres.

«Cabellos largos», por su parte, se defendió ante sus compatriotas afirmando que había enviado a una partida a las órdenes del mayor Myers en busca del grupo, pero que regresó sin noticias. La puntilla a este incendio la puso el capitán Benteen, amigo de Elliott y enemigo del teniente coronel, al culpar a Custer de lo sucedido.

Más allá de esta controversia (que quedaría lapidada tras la derrota y muerte de Custer en Little Bighorn), el mayor fue inhumado irónicamente en la misma zona que odiaba. «Elliott fue enterrado en Fuerte Arbuckle, en territorio indio», añade el autor de «Encyclopedia of Frontier Biography». A día de hoy, su cruel gesta y su muerte son narrada en Oklahoma, donde se puede visitar el campo de batalla de Wishita.

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