José María Jarabo Pérez-Morris, de familia adinerada, aficionado al lujo, las juergas nocturnas, las mujeres, la bebida y las drogas, asesinó a sangre fría a cuatro personas en un día y medio


Jarabo: un asesino de la alta sociedad


José María Jarabo Pérez-Morris, el último condenado a pena de muerte al garrote vil asesinó a cuatro personas y su caso batió el récord de venta de la prensa en España.

José María Jarabo Pérez-Morris, de familia adinerada, aficionado al lujo, las juergas nocturnas, las mujeres, la bebida y las drogas, asesinó a sangre fría a cuatro personas en un día y medio. Y todo por un anillo de brillantes de una amante inglesa, que había empeñado en Jusfer, por el que le pidieron una cifra desorbitada al ir a recuperarlo para que el marido no los descubriera. El Caso batió el récord de venta de la prensa española hasta entonces. Jarabo fue el último condenado a pena de muerte al garrote vil en España. Y hasta ese último día de su vida se mostró impasible, frío y orgulloso de sentirse un genuino caballero español. Pero era también un cruel asesino. Tenía treinta y seis años y con su muerte se fue un personaje de película convencido de haber matado por caballerosidad.

Jarabo saludó con cordialidad cediéndole el paso a la señora que abandonaba la tintorería al mismo tiempo que él entraba con un maletín en la mano.

-Don José María, ¿qué le ha pasado?-preguntó atónito el dependiente al ver el estado del traje ensangrentado que Jarabo le entregaba para su limpieza.

-Los americanos de Torrejón, ya sabe lo camorristas que son. Ayer tuve que poner en su sitio a más de uno.

Quedó en recoger la ropa y el maletín al día siguiente, y salió del local tranquilo, con el aplomo de que nadie podía sospechar que durante las últimas cuarenta y ocho horas ese hombre, nacido en el seno de una de las familias más adineradas de la capital, que fue alumno del colegio Nuestra Señora del Pilar del que salieron relevantes personalidades de la vida pública, derrochó su vida con la muerte de otros.
Palabra de caballero

Beryl Martin, su última amante, era una joven rubia y preciosa, casada con un acaudalado francés que vivía fuera de España. Durante meses pasearon su adulterio por Madrid, aunque lo más llamativo fue la habilidad de Jarabo para conseguir que Beryl le entregara un valioso anillo de brillantes regalado por el marido y que él empeñó para poder seguir llevando su elevado tren de vida. Había regresado de Estados Unidos, adonde su familia se trasladó años atrás, arrastrando varias condenas por drogas y pornografía que provocaron su expulsión del país. Muy pronto, demasiado, el dinero que le dieron sus padres se agotó.

Cuando llegó el día de la partida de Beryl a Inglaterra, la joven le suplicó que recuperara la joya antes de que el esposo la echara en falta e indagara lo ocurrido a sus espaldas. Jarabo la tranquilizó:

-Te prometo que la recuperaré, mi amor. Y un caballero jamás falta a su palabra.

Con esa promesa selló el adiós y también certificó por anticipado su condena a muerte. Conseguiría la joya como fuera. Estaba en juego su honor. No contaba con que a veces honor y negocio no casan bien. Cuando volvió a ver a los prestamistas, los socios Emilio Fernández y Félix López, éstos empezaron dándole largas, después le pidieron una carta de autorización de la dueña de la joya y acabaron exigiéndole la desorbitada cantidad de cincuenta mil pesetas, quedándose mientras tanto con la carta para asegurarse de que regresara, ya que la misiva resultaba muy comprometedora. Y Beryl lo acuciaba. Había que actuar, «eso es lo que hace un hombre», se dijo a sí mismo al tomar la peor decisión de su vida.

Acordaron una cita para el sábado 19 de julio. Pero como Jarabo era incapaz de resistirse a una nueva conquista se le fue la tarde coqueteando con una bella joven a la que acababa de conocer. Cuando quiso darse cuenta del reloj, se le había echado el tiempo encima. Se despidió a toda prisa para ir a Jusfer, la tienda de empeños, pero la encontró cerrada. No dispuesto a rendirse, puso rumbo al domicilio particular de uno de los dueños, Emilio.
Sorprendente sangre fría

«Se me acabó la paciencia. Deme el anillo y la carta», le dijo nada más entrar en el salón. Cuando el prestamista quiso coger la pistola, que guardaba siempre bajo los cojines del sofá, Jarabo, más rápido que él, le disparó con la suya y lo dejó clavado en el sitio. Lo arrastró hasta el baño, en cuya puerta se dio de bruces con la sirvienta, que había acudido a ver qué pasaba. Portaba un cuchillo en la mano, estaba cocinando. El agresor la golpeó y se lo clavó hasta la misma empuñadura. La joven Paulina, de veintiséis años, fue resbalando agarrada al cuchillo hundido en sus entrañas y terminó tendida en un charco de sangre.

EL juicio despertó gran expectación en España-EFE

Jarabo se lavó escrupulosamente las manos y comenzó a revolver la casa en busca de la joya y la carta. Contratiempo: escuchó un ruido, la puerta de la calle se estaba abriendo. Fue al pasillo y se encontró de frente con Amparo, la mujer del prestamista, a la que le empezó a contar una historia absurda a la que ella no atendía porque ya caminaba a paso rápido hacia el baño siguiendo el reguero de sangre y sin imaginar que era de su Emilio. Al verlo lanzó un grito de pánico y huyó al dormitorio agarrándose el abdomen como si quisiera proteger del mal al ser que gestaba. Aunque de nada sirvió. Jarabo, con una frialdad que asustaba, le descerrajó un tiro en la nuca.

Pasó la noche en el piso. A la mañana siguiente se cambió de ropa, vistiéndose con un traje del muerto, y se marchó. Como era domingo esperó a las ocho de la mañana del lunes para ir a la tienda con la llave encontrada en el piso de Emilio. El socio llegó puntual y se desencadenó una tragedia similar a la del sábado. Ante su negativa a entregarle lo que había empeñado, y tras una fuerte pelea en la trastienda, dos tiros acabaron con Félix. Dejó tirada su ropa ensangrentada y volvió a coger otro traje para abandonar la tienda estrenando su nueva vida de asesino camino de la tintorería.
Y la vida sigue

Demasiados sucesos para poco más de un día y medio, que le pasaron por delante a la velocidad del vértigo que no sentía. Al caer la noche salió de la pensión hecho un pincel. Traje oscuro impecablemente planchado, pañuelo asomando en pico en el bolsillo alto de la chaqueta y zapatos brillantes como la nieve de enero. Recorrió varios de sus locales favoritos, en los que hombres y mujeres de la alta sociedad madrileña no reparaban en gastos a la hora de abonar sus pequeños vicios, para acabar recalando en uno de los sitios de moda: Chicote. En el bar de la Gran Vía la juerga solía prolongarse hasta la madrugada. Aquella noche bebió champán como si la vida se le fuera a acabar. Arrimaba sus labios insinuantes al borde de la copa Pompadour dedicándole cada nuevo sorbo a las dos esplendorosas mujeres cuya atención consiguió captar para que lo acompañaran en la mesa. Una rubia y otra morena, pero ambas con unos cuerpos en los que la lujuria se desharía pulverizada. Se agarró a sus caderas a la salida medio borracho del local y cuando quiso hundir la nariz en el abismo del escote de la morena, la rubia le susurró al oído: “mejor en un lugar más discreto, ¿no te parece?”, y remató con un mordisco en la oreja, breve e intenso como un parpadeo eléctrico. Su deseada Beryl y los cadáveres ensangrentados de sus cuatro víctimas fueron cayendo en el olvido difuminados en la nebulosa del alcohol y el desenfreno.

Dieron tumbos por hoteles y pensiones en busca de una habitación donde culminar el sexo furtivo a tres, pero no lo consiguieron, así que continuaron su recorrido en taxi por los locales que aún permanecían abiertos. Hasta que con el frío sol matinal tomaron café y a media mañana acompañaron a Jarabo a la tintorería a recoger el traje y el maletín.

Al llegar al establecimiento, en la calle Orense, advirtieron la presencia de varios coches de policía. En lugar de huir besó en la boca a sus dos acompañantes y se apeó con un aire chulesco y un tanto épico que recordaba al protagonista de un folletín. Jarabo no opuso resistencia al ser detenido. Se giró a las jóvenes que lo observaban atónitas desde el interior del taxi y les guiñó un ojo cómplice que, en realidad, era ya la mirada de un perdedor. ¿Acaso pensó que el sobrino del presidente del Tribunal Supremo jamás iba a ser cazado?
No renunciar al lujo

Trasladado a la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, decidió que otro tipo de juerga debía continuar y, como condición para confesar, pidió para todos una botella del mejor coñac francés ycomida nada menos que del Lhardy, uno de los más lujosos y elegantes salones de Madrid, al que solía acudir con frecuencia, siempre invitado por la acompañante femenina de turno. Y morfina, la necesitaba, era adicto y además no había dormido en toda la noche.

Al disponerse a ser pinchado, Jarabo detectó una mancha en el traje que debió de haberse causado durante el trasiego de la detención. Frunció el ceño y se pasó la mano varias veces sacudiéndola. Porque no importaba que se le atribuyera la mancha de cuatro crímenes; lo que un caballero como él no podía permitirse era una mancha en su atuendo, porque nunca, jamás, hay que perder la elegancia… ni en la vida ni en el patíbulo. Pero esto último qué más daba… el garrote vil sería para Jarabo la última ordinariez de la vida.

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