El meteorólogo Alan Robock habla sobre las consecuencias de un enfrentamiento con armas nucleares.



Un ataque nuclear podría bajar la temperatura global hasta 2 °C.


En el supuesto escenario de una guerra entre países que tengan armas nucleares –como entre Corea del Norte y Estados Unidos, o entre Pakistán e India, que podrían ser probables–, ningún colombiano escucharía caer las bombas, nadie en este país vería una explosión con forma de hongo a la distancia desde su ventana. El conflicto sería y se sentiría lejano, una nota triste en los noticieros, pero nada que nos pueda afectar directamente... ¿o no?

La verdad es que Colombia, como el resto del mundo, tiene mucho que perder en caso de una guerra así.

La razón de esto es el invierno nuclear. En 1983, físicos de ambos lados de la Cortina de Hierro (algunos americanos, como Richard Turco y Carl Sagan; otros soviéticos) publicaron las primeras simulaciones climáticas de lo que pasaría en el caso de una guerra nuclear. Su conclusión fue que un enfrentamiento EE. UU.- URSS tendría efectos catastróficos en el clima, trayendo meses de oscuridad, bajando la temperatura y disminuyendo las lluvias en todo el mundo.

Hoy, el meteorólogo Alan Robock es, junto con sus colegas, una de las figuras más prominentes en el estudio de estos efectos ambientales y climáticos en un escenario actual. “Usar armas nucleares no es una herramienta de disuasión, es un suicidio global”.

Usar armas nucleares no es una herramienta de disuasión, es un suicidio global

Parece que nos acercamos cada vez más a ese suicidio: el ‘reloj del apocalipsis’, creado por el ‘Bulletin of the Atomic Scientists’ en 1947, es un símbolo que marca qué tan cerca o lejos está el mundo de su destrucción. Ahora, con situaciones como las pruebas nucleares de Corea del Norte, los nuevos ejercicios nucleares en los planes militares de Rusia y el compromiso con el desarrollo de armas nucleares por países como China, India y Pakistán, el panorama es tétrico.

“Llamar la situación nuclear del mundo aterradora es subestimar su peligro e inmediatez”, dijo la semana pasada la presidenta de la publicación, Rachel Bronson, antes de ajustar las manecillas del reloj a la hora de este año: dos minutos para la medianoche. Solo una vez en la historia del reloj la humanidad había estado tan cerca de su propia destrucción.

Así que, para poner en perspectiva lo que está en juego, contactamos al doctor Robock y le hicimos una pregunta muy sencilla: ¿cuál sería el costo que pagaría el planeta por una guerra nuclear?

Uno de los escenarios favoritos del grupo de investigación del profesor Robock, imaginario pero peligrosamente posible, es la guerra entre India y Pakistán. Es mucho más probable que una guerra entre EE. UU. y Rusia, para empezar. Además, las capacidades nucleares de estas dos naciones asiáticas son limitadas, por lo que el conflicto solo sería de carácter regional. Es el ejemplo perfecto de cómo un conflicto relativamente menor puede destrozar al mundo por completo. “De igual manera, todo tendría un efecto –dice Robock–: si usas la mitad de las bombas nucleares que usamos en nuestra simulación, igual tendrías la mitad del cambio climático”.

Dejando de lado el motivo, supongamos entonces que India y Pakistán entran en una guerra. Se lanzan 100 bombas nucleares apuntadas a sus ciudades, cada una con la misma capacidad destructiva que arrasó con Hiroshima (15 kilotones).

Pasada una hora tras estallar la guerra, la noticia ya estaría en todos los noticieros... y quizá en Facebook. Cuando cayeron las bombas, alrededor de 20 millones de indios y paquistaníes murieron al instante, pulverizados por la fuerza de la explosión o aplastados por los escombros. Los sobrevivientes están ahora a merced de la falta de medicamentos y comida, la radiación y los incendios.

Aunque los dos primeros factores se mantendrían contenidos a nivel local (la nube de radiación podría desplazarse grandes distancias, pero hay maneras de contenerla), es el último el que haría de este caso un problema global. Las ciudades arderían durante horas, si no durante días enteros, elevando toneladas de humo al aire.

“Podrían ser más de 5 millones de toneladas de humo las que suban a la estratósfera”, dice Robock. Ahí, sin lluvias que puedan devolver a tierra las partículas, estarían libres de propagarse por todo el globo.

A los nueve días, el humo que viajó hasta la estratósfera cubriría casi toda la Tierra. En 49 días ya se habrá asentado, y durante los siguientes años el planeta olvidará lo que son los días soleados: el Sol sería solo un punto anaranjado, moribundo, en un cielo negro. Como efecto directo de estos días nublados, la luz difusa evitaría el funcionamiento de paneles solares de carácter industrial.

“Por ejemplo, después de la erupción el volcán Pinatubo en 1991, el verano siguiente muchos sistemas de energía solar experimentaron bajones de energía”, dice Robock. Los incendios forestales y las erupciones volcánicas tienen un efecto muy similar en el clima al de las explosiones nucleares, por lo que los científicos las usan como referente para estas simulaciones.

Pasados unos meses, la temperatura global habría bajado considerablemente. En promedio, habría una variación de -1,25 °C y -2 °C. “Y eso es solo un promedio. El cambio de temperatura sobre la Tierra sería mayor. En lugares donde cultivamos, los cambios podrían ser tan vastos como para crear heladas, especialmente en el verano”. Ante un cambio tan drástico, Robock teme que una buena parte de la biodiversidad terrestre y marina se vería amenazada de manera inmediata.

Las lluvias también se habrán reducido en un 10 por ciento a nivel global. Menos precipitaciones significan que el flujo de los ríos disminuye. En un año, conseguir agua potable podría ser una preocupación para muchos. Y hay que tener en cuenta que, según el modelo de Robock, menos lluvias y la alteración de la temperatura van a llevar a los cultivos a sufrir a lo grande. Sus estudios dicen que, durante cinco años después del conflicto, cultivos como el trigo se verían reducidos en un 20 por ciento en EE. UU. y la producción de arroz, en un 50 por ciento en China. El físico Ira Helfand escribió un artículo sobre la “hambruna nuclear” en el cual sus cálculos muestran que cerca de 2.000 millones de personas en el mundo, sobre todo aquellas que ya presentan problemas de malnutrición, probablemente morirían de hambre durante un invierno nuclear.

Continuando con las malas noticias, 17 meses después de que hayan caído las bombas, el humo que rodea el planeta habrá absorbido suficiente luz solar para calentar la estratósfera, reduciendo la concentración de ozono. No importa que apenas se vea el sol, la radiación UV bombardearía al planeta de cualquier manera. Solo con salir al aire libre un día de junio la gente se expondría a quemaduras y aumentarían sus probabilidades de tener cáncer de piel. “También puede afectar los cultivos, los insectos, la vida marina, el fitoplancton. Puede afectar gravemente el ecosistema, aunque reconozco que nadie ha hecho el cálculo exacto”, admite Robock.

Pasará más de una década antes de que el clima vuelva a ser el de antes, mientras el humo se desvanezca y la temperatura vuelva a la normalidad. Habrá que esperar mucho mucho más antes de que la capa de ozono se recupere. Es probable que ni nuestros hijos escapen a las consecuencias de una guerra nuclear que sucedió años atrás, en un par de países que nunca conocieron.
La única buena noticia que sale de todo esto es que, gracias a los cambios en la atmósfera, existe la posibilidad de que los atardeceres se vean espectaculares.¿Qué se puede hacer?

“Tenemos que deshacernos de las armas nucleares” es lo que proponen Robock y sus colegas. “No existe siquiera una razón lógica para usarlas. Ni siquiera disuaden de ataques: Argentina atacó las Malvinas y las armas nucleares de los ingleses no los detuvieron; Israel fue atacada en la guerra de los Seis Días, pese a que tiene armas nucleares; no perdimos en Vietnam o ganamos en Afganistán por nuestras armas nucleares”.

RODRIGO RODRÍGUEZ

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