Un libro que promueve el uso de cristales para curar enfermedades como el cáncer ha sido promovido en el último mes. Sus argumentos no tienen ningún sustento científico y son un buen ejemplo de pseudociencia.

Cristales para sanar, pura charlatanería


Las terapias con cristales no tienen, como la homeopatía, ningún soporte científico. / iStock


Luis Núñez es profesor de la Universidad Industrial de Santander (UIS). Es físico, doctor en ciencias y ha participado en varios proyectos de cooperación internacional relacionados con computación científica. Hace unos días, el profesor Núñez publicó en su Twitter la foto de un artículo del periódico ADN que se titulaba “Aprenda a sanarse a través de los cristales”. La imagen estaba acompañada de su molestia: “Cada frase de esta publicación es mentira. Los medios deben ayudar a construir cultura no fomentar la pseudociencia y poner en riesgo la salud de la población”, escribía. A lo que se refería era a una entrevista hecha a Andrea Cuéllar, una comunicadora social que hace un mes lanzó al mercado un libro con un título seductor: “Sanación con cristales. Las claves para iniciar el viaje hacia la transformación personal”, publicado por Grijalbo, del grupo editorial Penguin Random House.

La molestia del profesor, y de varios científicos que replicaron su tuit, tenía argumentos de fondo. Las declaraciones de la autora eran el mejor ejemplo de cómo una serie de afirmaciones falsas se disfrazan de ciencia para convencer a los lectores. En otras palabras, es un buen ejemplo de pseudociencia. Charlatanería, le llaman otros. Es decir, “utilizar un lenguaje científico para ‘respaldar’ afirmaciones que no pueden ser verificadas”, explica Núñez en un correo electrónico.

Algunas respuestas de Cuéllar lo evidencian: “La decisión no es creer en los cristales, sino que a través de lo que he experimentado se convirtió en una certeza (...). Veo mucha diferencia al hacer una terapia con cristales que una sin ellos, porque éstos permiten llegar más rápido a niveles inconscientes”. “El cuarzo rosado me ayudó a abrir la energía intuitiva y el citrino a mejorar los problemas con mi estómago”.

Aunque posiblemente esas frases sólo escondan unas palabras bien acomodadas, hay afirmaciones que sí resultan problemáticas porque pueden confundir a algunos pacientes. Menciono dos publicadas en el El Espectador: “Tenía endometriosis. Decidí no seguir el camino de la medicina convencional y acudir a un ginecólogo homeópata que me ayudó a trabajar con los cristales para comprender qué había guardado con esa enfermedad y sanarla”. “He conocido varios casos de tratamientos de enfermedades físicas como el cáncer, que con el trabajo de los cristales han podido reducir los tumores y mejorar la salud”.

Al doctor Fernando Ruiz, exviceministro de Salud y líder médico científico del Centro Para el Tratamiento y la Investigación Sobre el Cáncer (CTIC), tampoco le hacen mucha gracia esas frases. Ruiz reconoce que hay técnicas de medicina integrativa que pueden ser útiles a la hora de tratar el dolor, pero advierte que es muy peligroso considerar cualquier terapia que no tenga evidencia. “Enfermedades tan severas como el cáncer deben ser manejadas con base en una abrumadora y extensa evidencia en estudios científicos”, dice. Y la sanación con cristales, como reconoce Cuéllar, no tiene ninguna.

En su defensa, ella responde que su intención no fue sugerir que los pacientes tomen un camino distinto a la medicina convencional ni afirmar que los cristales sirven para tratar el cáncer, sino que “son un complemento porque no sólo somos seres físicos, sino energéticos y emocionales”. Su libro, sin embargo, sí lo dice con desparpajo: “El cuarzo ahumado... es ideal para tratar los calambres, los dolores de espalda y de los huesos, fortalecer el sistema nervioso, tener una energía física más estable y tratar tumores o cánceres”.

Edzard Ernst es un médico alemán, quien por varias décadas ha estudiado esas terapias alternativas. Desde la Universidad de Exeter, en Reino Unido, ha hecho varios intentos por demostrar que frases como las de Cuéllar, que intentan darles sustento a las terapias alternativas no son ciertas. La razón es simple: “No tiene sentido científico”. Incluso, decía al diario The Telegrap, “pueden llegar a ser peligrosas, porque puede evitar que los pacientes busquen atención médica”. En el mejor de los casos, actuarán como un efecto placebo, es decir, una suerte de autocuración del cuerpo cuando está bajo alguna sugestión.

Cuéllar, sin embargo, usa frases y términos que pueden hacer dudar a un lector. Dos ejemplos: 1. “Todo nuestro sistema de energía vibra o se mueve a determinada frecuencia, y al entrar en contacto con un cristal, su vibración elevada y estable interactúa con la de nuestra energía (...). Esto se produce a partir de una ley de la física conocida como la resonancia”. 2. “La información que transmiten los cristales también fue estudiada y puesta en práctica por científicos, matemáticos y filósofos como Platón, Pitágoras, Aristóteles, Nikola Tesla, Marcel Vogel y James Clerk Maxwell”.

¿Tienen algo de cierto? La última la resuelve el profesor Núñez: “Los modelos de vibración de los cristales es una de las aplicaciones de la mecánica cuántica. Ninguno de esos personajes conoció de esta teoría, sencillamente porque fue desarrollada a mediados del siglo XX”. Respecto a la primera, su respuesta es contundente: “No hay forma de que la vibración con escalas atómicas pueda interactuar con las células de nuestra piel y mucho menos los átomos que forman el recóndito ADN. Para interactuar, los átomos tendrían que estar ligados por enlaces y eso no ocurre cuando colocamos esas piedras en nuestro pecho, cerca del corazón”

Para que quede claro que es apenas un lenguaje que quiere ser científico, pero que es falso, el astrofísico Juan Diego Soler lo derrumba con otro par de buenos ejemplos: “La mayoría de los sólidos (el azúcar, la escarcha en el congelador, las monedas) tienen estructura cristalina. Es la cristalización de la manteca de cacao la que le da el carácter al buen chocolate. Estas estructuras cristalinas almacenan energía y producen vibraciones, como la del cristal de cuarzo alimentado por un circuito electrónico que marca los pulsos para medir el tiempo en algunos relojes. Pero así como el cuarzo de su reloj de pulso no produce un efecto en los tejidos vivos con su sola presencia, tampoco lo hace el contacto con una amatista”.
Sergio Silva Numa / SergioSilva03

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