Fernando de Leyba salvó el Misisipi con su heroica vitoria en San Luis el 26 de mayo de 1780 y permitió seguir ayudando a los americanos en la Guerra de la Independencia.

Nativos aliados de Gran Bretaña atacan los campos en torno a San Luis el 26 de mayo de 1780 - Cortesía THGC PublishingLA DEFENSA DE SAN LUIS

La olvidada batalla en que España defendió Misuri con 300 hombres del cruel ataque británico

La esforzada victoria española fue clave para mantener el suministro de armas, municiones y otros bienes a los rebeldes a través del gran río y para que los sublevados reafirmaran su control sobre el patio trasero de las colonias.

Este sábado se cumplen 238 años de aquel episodio, rescatado del olvido en «The battle of St. Louis, the attack on Cahokia, and the American Revolution in the West» (THGC Publishing, 2017), libro editado y escrito por un descendiente de uno de los defensores de San Luis, Stephen L. Kling, con Kristine L. Sjostrom y Marysia T. López como coautoras. Además, en España se acaba de publicar la novela «La llave olvidada» (Alhulia), de Cristóbal Tejón, basada en esos mismos hechos. La batalla de San Luis es otro de los grandes capítulos que escribieron los españoles a lo largo de sus más de tres siglos de presencia en lo que hoy son los Estados Unidos de América.

La Guerra de la Independencia no solo se libró en las trece colonias inglesas de la costa atlántica. El apetito de nuevas tierras por los americanos hizo que milicianos de Virginia liderados por George Rogers Clark se hicieran en 1778 con la región al este del Misisipi conocida como Illinois, que hoy comprende no solo el estado con ese nombre, sino también los de Indiana y Kentucky.

En la orilla opuesta, hacia el oeste, se abrían los vastos territorios de la Luisiana, que abarcaban desde Canadá al golfo de México y que tras la Guerra de los Siete Años (1756-1763) pasaron de Francia a España. La capital era Nueva Orleáns, mientras que, cerca de 2.000 kilómetros aguas arriba del Misisipi, San Luis era el principal enclave de la alta Luisiana. Conocida entonces como San Luis de Ilinueses, había sido fundada por franceses al calor del lucrativo negocio del comercio de pieles en 1764, antes de que los españoles tomaran el control efectivo de la zona. Fernando de Leyba fue allí vicegobernador desde 1778.Milicianos durante la defensa de San Luis, en la alta Luisiana - Cortesía THGC Publishing

Nacido en Ceuta en 1734, Leyba pertenecía a una familia noble de Antequera, hoy provincia de Málaga. Empezó su carrera militar como cadete a los 16 años y participó en 1762 en la infructuosa defensa de La Habana frente a los británicos, que lo hicieron prisionero. Una humillación que seguro no olvidaría. Ya como capitán, en 1769 pisó por primera vez Luisiana, donde la población era aún mayoritariamente francesa, y se curtió en el inhóspito fuerte de Arkansas antes de ser destinado a San Luis.

En su nuevo puesto, Leyba forjó una estrecha amistad con Clark, el líder rebelde en Ilinois, que incluso llevó a una relación amorosa del americano con una joven de la familia del militar español, Teresa Leyba, aunque no está claro cuál era su parentesco.

España, que venía prestando ayuda encubierta a los insurgentes americanos, entró en guerra con Gran Bretaña en 1779. Como respuesta, el ministro británico para las colonias, Lord Germain, ideó una doble ofensiva para hacerse con el valle del Misisipi. Desde el sur, el general John Campbell debía apoderarse de Nueva Orleáns desde Pensacola, en la Florida Occidental. Mientras, una serie de acciones lanzadas desde los fuertes de Michilimackinac y Detroit, en la región de los Grandes Lagos, barrerían las plazas españolas y americanas desde el norte, empleando sobre todo combatientes nativos. Esta parte de la estrategia pasaba necesariamente por arrebatar San Luis a los españoles, punto clave para controlar el río. Ambos frentes debían encontrarse posteriormente en Natchez, unos 300 kilómetros aguas arriba de Nueva Orleáns, cerrando así el cerco sobre Norteamérica como una tenaza.

Sin embargo, estos planes empezaron a torcerse para los británicos en el sur. El gobernador de la Luisiana española, Bernardo de Gálvez, decidió adelantarse a los casacas rojas y lanzarse a la ofensiva en 1779, consiguiendo no solo conquistar los fuertes de Manchac, Baton Rouge y Natchez, en el Misisipi, sino también Mobila, en el golfo de México. Más tarde, en 1781, se haría también con la propia Pensacola.

En la alta Luisiana, ante las noticias obtenidas de un inminente ataque británico, Fernando de Leyba comenzó en abril de 1780 los preparativos para defender San Luis. Hizo traer cinco cañones de un viejo fuerte en la desembocadura del Misuri y recabó refuerzos de la población de Sainte Geneviève, aguas abajo del Misisipi, y entre los cazadores de la región. En total, contaba con 29 soldados regulares y 281 «paisanos», es decir, milicianos.

Entre tanto, comenzó a levantar al oeste de la ciudad una torre cilíndrica de unos diez o doce metros, en lo alto de la cual emplazaría los cinco cañones. El vicegobernador pretendía construir cuatro, una en cada esquina, pero los mil pesos que logró reunir (600 de los vecinos y 400 suyos) no alcanzaban para más. La construcción de lo que se conocería como fuerte San Carlos, en honor al rey Carlos III, empezó el 17 de abril. Treinta y nueve días después estaba terminada, a falta únicamente de los parapetos. Pero ya no daría tiempo a completarlos: a la una de la tarde del viernes 26 de mayo de 1780 se presentaron a las afueras de San Luis entre 700 y 750 siux, winnebago, menomini, sauk y fox en pie de guerra y dispuestos a arrasar el poblado.

Avanzaron por unos terrenos comunales donde los campesinos que encontraron se convirtieron en las primeras víctimas. «¡A las armas, a las armas!», gritó un hombre a la carrera por las calles. Desde la nueva torre, un cañonazo llamó a la alarma general. Al instante, unos 275 hombres se apostaron en los atrincheramientos y Fernando de Leyba, que se encontraba enfermo, fue llevado apresuradamente al fuerte en una silla de manos.

Mientras, más de 300 mujeres y niños se refugiaron en la residencia del vicegobernador custodiados por una veintena de soldados. Se cuenta, no obstante, que Marie Josepha Pinconneau di Rigauche, viuda de un soldado de infantería, se enfundó la casaca militar de su marido, cogió una pistola y un cuchillo, y corrió a unirse a los atrincherados.
El salvaje ataque a San Luis

Los invasores se lanzaron al asalto enloquecidos de furia, profiriendo terribles alaridos y disparando a quien se ponía por delante. Los españoles respondieron con fuego de mosquetes en tierra y la artillería desde la atalaya, lo que cogió por sorpresa a los atacantes, que esperaban un simple paseo militar. «Así la tropa como el paisanaje mostraron el más bizarro espíritu», relataría posteriormente la Gaceta de Madrid.

Tras frenar la primera acometida, se entabló un terrible combate envuelto en una nube de humo. Los indígenas se despachaban con una saña espeluznante. La crónica de la Gaceta de Madrid no ahorra detalles: «Desengañados por fin los enemigos de la inutilidad de sus redoblados esfuerzos, se esparcieron por la campaña donde saciaron su crueldad y furor en la sangre de 22 labradores que con sus esclavos se ocupaban en el trabajo».

En un macabro truco para tratar de hacer salir a los defensores de sus escondites, mutilaban sin piedad a los capturados entre estremecedores gritos de dolor. El propio Leyba daría testimonio de cuerpos cortados en pedazos y entrañas arrancadas. Piernas, brazos y cabezas quedaron esparcidos por las tierras de labor. Pero el vicegobernador no cayó en la trampa y mantuvo a cada uno en su puesto. Finalmente, al no obtener la victoria relámpago que esperaban, se retiraron. San Luis se había salvado.

Los británicos elevan a 68 el número de fallecidos entre los defensores. La disparidad con las fuentes españolas puede responder tanto a motivos propagandísticos como a que muchos prisioneros fueran luego ejecutados.«¡A las armas!», gritó un hombre ante el feroz ataque a San Luis - Cortesía THGC Publishing

Carlos III premiaría la hazaña de Leyba ascendiéndole a teniente coronel al año siguiente. Sin embargo, el reconocimiento llegó tarde. A las cuatro de la mañana del 28 de junio de 1780, solo semanas después de su gesta, la enfermedad le había arrebatado lo que no pudieron sus enemigos: murió a los 45 años de edad. Fue enterrado en la iglesia parroquial de San Luis junto a su esposa, fallecida un año antes, dejando dos hijas huérfanas.

Stephen L. King

Pero los logros españoles en la alta Luisiana no se quedaron ahí. Meses después, ya en 1781 y en pleno invierno, una expedición se aventuró desde San Luis cientos de kilómetros al noreste y llegó a tomar y plantar por breve tiempo la bandera española en el lejano fuerte británico en Saint Joseph, nada menos que a orillas del lago Michigan.

Si el plan de los británicos en el Oeste hubiese funcionado, sostiene Stephen L. Kling Jr., «San Luis y el oeste podrían haber tenido una historia muy diferente», concluye. En una introducción a su libro, la presidenta del Consejo de Artes Hispánicas de San Luis, Virginia Braxs, escribe: «Cuando piensas en San Luis, la primera cosa que te viene a la mente es su rica historia francesa (…). Apenas conocidas son, sin embargo, las raíces españolas de San Luis y el hecho de que San Luis fue una ciudad española gobernada por España durante casi cuarenta años».
«Si hubiese triunfado el ataque a San Luis, Estados Unidos sería hoy muy diferente»

Si hubiese triunfado el plan británico en el valle del Misisipi, «los Estados Unidos podrían ser muy diferentes hoy», asegura Stephen L. Kling, el autor del «La batalla de San Luis». En esencia, explica, «tendríamos otro Canadá a lo largo del río Misisipi y nunca se habría producido la compra de Luisiana». «Bernardo de Gálvez ha obtenido cierto reconocimiento, aunque no todo el que él o los españoles en general merecen. Pero las campañas más al norte son apenas conocidas, incluso en el Medio Oeste, al menos hasta hace poco», continúa.

«El Medio Oeste de Estados Unidos ha sufrido de amnesia colectiva» con respecto a aquellos hechos, lamenta. En parte el problema es que «las tres grandes fuentes de la historia no estuvieron generalmente disponibles hasta tiempos más modernos»: los documentos de los responsables británicos Haldimand y Lord Germain, los del Archivo de Indias de Sevilla y los papeles de George Rogers Clark recopilados por Lyman Draper. Según Kling, «todavía ahora es difícil acceder a ellos y no están organizados», y es necesario leer todos ellos «para formarse una imagen completa de la enormidad de la campaña y cómo todas las piezas encajan». Se refiere a lo que él denomina el «Gran Plan» para barrer a españoles y americanos del valle del Misisipi, una operación en la que San Luis era la clave.

Kling reconoce  que esta historia tiene un «lugar especial» en su corazón, ya que tuve uno de sus antepasados fue miembro de la milicia que defendió la ciudad en 1780. Incluso, al rastrear en su genealogía, ha descubierto que por sus venas corre algo de sangre española.

Según dice, el «interés por este tema se ha disparado». «He tenido 22 conferencias desde que se publicó el libro el pasado mayo, con una docena más previstas para este año», asegura. En la que ofreció en la última conmemoración anual de la batalla en el Museo de Historia de Misuri se registró una asistencia récord, completándose los 330 asientos del auditorio, cuando otras veces no se ocupaban más de cien.

«Suelo preguntar en mis charlas cuánta gente ha oído alguna vez acerca de esta historia y normalmente es un 10%», comenta. No obstante, asegura que es sorprendente cuánta gente ha conocido en el último año que «desciende de alguien que estuvo en la batalla», apoyándose en las listas existentes en los registros españoles.

Steve Kling está ahora organizando para 2019, junto con una de las coautoras, Kristine L. Sjostrom, una exposición en un museo de Ste. Geneviève, localidad de Misuri que aportó soldados y milicianos a la defensa de San Luis. Los planes incluyen una gran maqueta del fuerte San Carlos, maniquíes uniformados y detalles sobre algunos personajes en la batalla, además de ilustraciones y mapas. Según afirma, todavía «hay mucho por contar».

Manuel Trillo

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