Así fue como comenzó el verano más largo (y el último) en la vida de James Garfield, un veterano de la Guerra de Secesión que había logrado ascender hasta la presidencia de los Estados Unidos


La muerte de Garfield
La absurda muerte del presidente olvidado de EE.UU. por culpa de unos médicos ineptos
El 2 de julio de 1881 James Garfield recibió un disparo mientras se disponía a coger un tren. Aunque hoy en día habría sobrevivido, falleció tras 80 jornadas de agonía debido a la falta de higiene de los cirujanos
La historia del político es una de las tantas que el escritor José Luis Hernández Garvi recoge en su último libro: «Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados de los Estados Unidos»

Corría un caluroso 2 de julio de 1881 cuando el carruaje de James Garfiel, vigésimo presidente de los Estados Unidos de América, se detuvo en la estación del ferrocarril Baltimore y Potomac de Washington. Como era habitual, poco antes de la nueve y media de la mañana atravesó el vestíbulo para subir puntual al tren. Su destino: un balneario de Nueva Jersey en el que su mujer enferma trataba de recuperarse de sus habituales dolores. Ningún escolta le acompañaba, aunque sí dos de sus colegas de congreso: James Blaine y Robert Todd Lincoln. Todo parecía normal hasta que un sujeto de aspecto extraño se acercó a él por detrás y le disparó en la espalda dos veces. Perplejo, el político solo pudo espetar un «¡Dios mío! ¿Qué es esto?» antes de caer al suelo.

Así fue como comenzó el verano más largo (y el último) en la vida de James Garfield, un veterano de la Guerra de Secesión que había logrado ascender hasta la presidencia de los Estados Unidos casi por casualidad. Ochenta días después de que el asesino disparara contra él casi a quemarropa, el 19 de septiembre de 1881, el militar y político dejó este mundo tras una cruel agonía en la que apenas pudo comer y fue alimentado de forma más que primitiva por sonda rectal. Sin embargo, y tal y como le sucedió al general carlista Tomás de Zumalacárregui unos años antes, podría haber salvado la vida si no hubiera sido por la torpeza de los cirujanos que le atendieron y los escasos avances médicos de la época.



«Si hubiera sido tratado por médicos con técnicas actuales habría sobrevivido, pero por aquel entonces falleció tras una atroz agonía de 80 días. Las descripciones de los tratamientos que recibió son dramáticas. Un ejemplo es que los médicos hurgaron en la herida sin ningún tipo de profilaxis. Al final murió de una septicemia (una infección) tras sufrir dolores horrorosos», explica a ABC José Luis Hernández Garvi. Escritor y versado investigador (ha publicado ya una decena de libros de divulgación histórica en los últimos años), este autor ha recogido la tragedia de Garfield en su última obra: «Magnicidio. Crónica negra de los presidentes asesinados de los Estados Unidos» (Luciérnaga, 2018).

La obra abarca desde los magnicidios más mediáticos (como la conspiración que acabó con la vida de Lincoln o el misterio del francotirador que asesinó a Kennedy) hasta algunos casos olvidados en España como el del propio Garfield. «En un doble sentido se puede afirmar que fue un segundón. Fue el segundo presidente asesinado de los Estados Unidos y su mandato fue el segundo más corto tras el de Henry Harrison», añade Hernández Garvi. Para su desgracia, no ser un pionero en alguno de estos campos hizo que el político cayera absolutamente en el olvido fuera de los Estados Unidos. Todo ello, a pesar que atesoraba grandes similitudes con Lincoln.
Militar y político

James Garfield, hombre honorable a la par que efímero, nació el 19 de noviembre de 1831 en las cercanías de Cleveland. En un principio se inició en el mundo laboral como aprendiz de carpintero y cochero de caballos debido a que no tenía dinero suficiente para pagarse su educación. Lo cierto es que no le fue mal, ya que a los 19 años cursó estudios de letras y, a continuación, de derecho. «Le pasó algo similar a Lincoln. Ambos fueron hombres hechos a sí mismos en base al ideal norteamericano. Niños pobres que acabaron convirtiéndose, gracias a su trabajo, en presidentes», destaca Hernández Garvi a ABC. Con todo, el autor también desvela que nuestro protagonista no era, ni mucho menos, tan brillante como su antecesor, aunque esa carencia la suplía con trabajo.

Apenas cinco años después entró en la política por la puerta grande y se ganó la confianza de sus compañeros dentro del Partido Republicano. Estos, asombrados por su capacidad de trabajo, le invitaron a presentarse a la Cámara de Representantes del Estado, donde consiguió un preciado escaño. Con todo, sus escarceos en este mundillo se detuvieron el 1861, año en que comenzó la Guerra de Secesión y el norte llamó a todo aquel que capaz de portar un arma a filas.
James Garfield

Garfield, que no había cargado un fusil en su vida, se ofreció voluntario y fue nombrado teniente coronel del 42 Regimiento de Voluntarios de Ohio después de que ayudara a reclutar a una buena parte de sus hombres. «Aunque no tenía experiencia, se dedicó por entero a convertirse en un oficial digno», destaca el autor.

Por desgracia, muchos otros militares recién ascendidos no pudieron presumir de lo mismo. «En el Ejército de la Unión hubo miles de oficiales porque la forma de hacer carrera militar era muy rápida. Te seleccionaban a dedo aunque no tuvieras experiencia previa para dirigir unidades», completa Hernández Garvi. En el campo de batalla mostró su capacidad estratégica durante contiendas como la de Chickamauga, una de las más sangrientas tras la de Gettysburg. Así fue como, al igual que se había ganado el respeto de sus votantes, logró también el de sus subordinados y superiores. «Era un hombre muy metódico. Lo demostró en todos los aspectos de su vida. Tenía muy claro que, si quería ascender en la vida, tenía que ser muy constante», destaca Hernández Garvi.
Hacia la Casa Blanca

La guerra no pudo ser mejor para Garfield, pues catapultó su carrera política una vez que se firmó la paz. «Fue perfecto ya que pudo afirmar que había sido un oficial de alta graduación durante la contienda a la hora de ascender», explica el escritor. Poco a poco, peldaño a peldaño, nuestro protagonista escaló puestos hasta que logró ser nombrado candidato del Partido Republicano a la presidencia en 1880.

Y todo ello, debido a que las diferencias internas en el grupo lograron que hubiera que presentar a un aspirante neutral que convenciera a los más extremistas y a los moderados. Así comenzó su tortuoso camino hasta la poltrona de los Estados Unidos. Un trayecto que se completó el 2 de noviembre de 1880, cuando el recuento de votos le nombró vencedor.
Jaems Garfield

En marzo tomó posesión del cargo y, en los apenas cuatro meses que ejerció como presidente, destacó por sus política en favor de los derechos sociales. «Fue un pionero. Intentó equiparar los derechos de los blancos y los negros. Por entonces a los políticos del norte se les llenaba la boca con el antiesclavismo pero, a la hora de la verdad, nunca tomaron grandes medidas hasta entonces. En la Guerra Civil, de hecho, los negros fueron una moneda de cambio», completa el autor. A su vez, emprendió un programa de modernización naval que, a la postre, sentenciaría a los barcos españoles en Cuba y atacó de raíz la corrupción latente que empezaba a alzarse en los Estados Unidos de América.
Triste asesinato

Apenas unos meses después de que el pueblo norteamericano le alzase hasta lo más alto del poder político, ocurrió la tragedia. El 2 de julio, en pleno verano, Garfield se encontraba en la estación de Washington dispuesto a subirse a un tren cuando un perturbado se le acercó por detrás y le descerrajó dos tiros en la espalda. El loco era un tal Charles J. Guiteau, un abogado que había sido miembro de una secta religiosa y que había pronunciado discursos en favor del presidente cuando este no era más que un mero candidato.

«No hubo conspiración. En este caso el asesino fue un lobo solitario que actuó por su cuenta. Un desequilibrado que estaba convencido de que Garfield había conseguido la presidencia gracias a que había hecho campaña por él durante las elecciones. Cuando Garfield salió elegido, Guiteau trató de presentarse ante el ya presidente para exigirle un puesto dentro de la administración a cambio de sus servicios. El político, por descontado, no le hizo ningún caso. Guiteau se sintió entonces perjudicado y decidió que, como venganza, tenía que matarle por ser un desagradecido», desvela el autor de «Magnicidio» .

Charles Julius Guiteau

El asesino, que no tardó en ser capturado, no se resistió a su detención. Por el contrario, se jactó de lo sucedido y se vanaglorió de haber sido él quien había acabado disparado contra el presidente. Así describió el magnicidio en un interrogatorio posterior: «Estaba aproximadamente a un metro de la puerta. Estaba de pie detrás de él, a más o menos un metro de distancia, en medio de la sala y, cuando se alejaba de mi, saqué el revólver y disparé. Se puso rígido y lanzó la cabeza hacia atrás en totalmente desconcertado. Parecía no saber qué le había ocurrido. Le miré, no se cayó en ese momento. Disparé de nuevo. Bajó la cabeza, pareció tambalearse y cayó». En los días posteriores también especificó que era un enviado del cielo y que «su eliminación fue un designio divino».
Cruel agonía

A partir de entonces comenzó la triste agonía de ochenta días de Garfield. Después de los disparos, el presidente fue subido a un colchón sacado del tren y trasladado inmediatamente a la Casa Blanca. Allí los médicos se propusieron explorar la herida y extraer la bala del segundo disparo, el verdaderamente grave (pues el primero no había causado más que un rasguño). El objetivo era confirmar que, como creían, el proyectil se alojaba en la undécima costilla. El procedimiento era impecable, pero el problema fue en cómo se llevó a cabo debido a los escasos avances médicos de la época. Así pues, nada menos que dieciséis doctores diferentes introdujeron sus manos desnudas en el agujero abierto en la carne.

Aquel día los guantes y la higiene brillaron por su ausencia. «Los métodos antisépticos que empezaban a utilizarse en Europa eran discutidos, cuando no directamente rechazados, por sus colegas americanos. Tampoco existían los antibióticos ni los aparatos de rayos X», desvela Hernández Garvi. Al final, los doctores llegaron a la conclusión de que no viviría mucho. Y vaya si acertaron, pero por su culpa.

Si el 2 de julio el propio Garfield afirmó que el mayor dolor lo tenía en los pies (en los que sentía como si un tigre le estuviese arañando), tres jornadas después sus defensas ya se encontraban destrozadas. En su momento, la culpabilidad de su empeoramiento fue achacada a que el proyectil no había podido ser extraído por ninguno de los cirujanos. Nada más lejos de la realidad.

La desesperación por hallar la bala llegó a ser tal que el mismísimo Alexander Graham Bell se personó en la Casa Blanca para tratar de encontrarla con un detector de metales. Con aquel aparato exploraron una y otra vez la espalda del presidente... sin éxito. ¿Cómo es posible? El autor ofrece en «Magnicidio» la llamativa respuesta: «La estructura metálica de la cama donde permanecía postrado impidió su localización, sin que a nadie se le ocurriese proponer su traslado a un lecho diferente que permitiera un examen sin errores».

Durante su extensa agonía, la glándula parótida de la cara se le inflamó, lo que a la postre le paralizó la mitad del rostro. También empezó a supurarle el conducto auditivo y tuvo serios problemas en la mandíbula que le impidieron probar bocado. En ese momento empezaron a administrarle varios enemas por vía rectal (entre ellos de whisky) y recurrieron a un curioso sistema para paliar el calor que hacía en su habitación. «La Marina le instaló un aparato de aire acondicionado en su habitación para tratar de que se encontrara mejor, pero no sirvió de nada. Al final, fue trasladado a Nueva Jersey con la esperanza de que el aire del Océano mejoraría su estado», desvela el escritor a este diario.
Asesinato de Garfield

Tampoco fue eficaz. A pesar de que en septiembre pareció mejorar, Garfield fue diagnosticado de una broncopulmonía acompañada de una expectoración purulenta. A partir del día 10 empezó a quejarse de un dolor agudo en el pecho y su respiración pasó a ser muy trabajosa. Estaba viviendo sus últimas horas.
«Aproximadamente a las diez y media del 19 de septiembre de 1881, el corazón de James Garfield, vigésimo presidente de los Estados Unidos, dejó de latir dos meses antes de cumplir los cincuenta años y tras ochenta días de larga agonía», completa Hernández Garvi. La incompetencia de los médicos fue tan conocida por toda la sociedad de la época que, cuando fue interrogado, el propio Guiteau hizo una chanza con ello: «Los médicos mataron a Garfield, yo solo le disparé».

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