León Arsenal publica su última novela histórica: «Bandera Negra»

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Felipe Calderó: la desconocida historia del 'deforme' pirata carlista sediento de venganza contra la Reina de España

«Fuerte, muy feo y con un parche en el ojo». Así es como define el escritor español León Arsenal en su última obra («Bandera Negra», Edaf) al pirata catalán Felipe Calderó. Un marino al que las crónicas de la época llegan a tildar de «deforme» pero al que, como es lógico, su aspecto físico no le impidió poner en jaque a los buques de la reina Isabel en las costas de la Península durante la Primera Guerra Carlista. Todo lo que rodea a este personaje permanece a día de hoy oculto bajo el velo de la húmeda brisa marina que le vio navegar (pues escasearon plumas que entintaran sus hazañas). Sin embargo, su historia habla de heroicas batallas navales en el Ebro y de venganza contra la reina que había acabado con María Griñó, su adorada esposa.

Las aventuras de Calderó, así como las de otros tantos marinos españoles olvidados, son la columna vertebral sobre la que se sustenta «Bandera Negra». Una novela (muy) histórica que dibuja un episodio desconocido hasta ahora: el de la guerra entre piratas carlistas y corsarios («milicianos» más bien, como puntualiza Arsenal en declaraciones a ABC) liberales. Y un libro, en definitiva, que desempolva un episodio maltratado por la memoria de nuestro país usando como hilo conductor la historia del capitán Juan Miralles, un marino que combate a los partidarios de Carlos María Isidro en las aguas con su navío, el «Bien Parecida». «Los capítulos están organizados de una forma muy corta, emulando la estructura de una serie de televisión», señala a este diario el autor.
«¡Religión, rey y fueros!»

Entender la importancia de Calderó en la historia española requiere retrasar el calendario hasta 1830. Aquel fue un año de dicha para algunos, y tristeza para otros. En el primer grupo entrarían por la puerta grande Fernando VII («deseado» por los españoles durante la Guerra de la Independencia a pesar de que solicitó ser hijo adoptivo de Napoleón) y su cuarta esposa, María Cristina de Borbón. Y es que, esta feliz pareja vio nacer entonces, y tras mucha espera, a su primera hija. Una niña (Isabel) que, gracias a que su «papi» eliminó la Ley Sálica, podría reinar en España a pesar de ser mujer.

Por el contrario, entre los desafortunados podríamos enmarcar al hermano del monarca (el infante Carlos María Isidro). Un desgraciado que vio como se cerraba de un portazo la puerta que le daba acceso al trono con la llegada de la pequeña y bienamada Isabel.

Aquel año la disputa no provocó demasiados líos más allá de que Carlos se marchó (con un enfado monumental, todo hay que decirlo) a Portugal. Pero todo cambió allá por 1833, cuando Fernando VII dejó este mundo y el trono pasó a la pequeña Isabel (reina bajo la regencia de su madre).

Fue entonces cuando el infante rechazó el derecho de su sobrina a sentar sus reales en la poltrona y llamó a la lucha armada contra ella. Así comenzó una guerra civil -posteriormente llamada Primera Guerra Carlista- entre las regiones partidarias de los fueros, la monarquía absoluta y la religión (los carlistas) y las zonas que apoyaban a la pequeña (los isabelinos). Un bando, este último, que terminó siendo más moderado en lo que a política se refiere. Por Carlos María de Isidro se alzaron entonces, principalmente, las regiones rurales del norte (entre ellas, el País Vasco, Navarra y parte de Cataluña y Valencia).

«La insurrección carlista cogió a España muy tocada. El país se convirtió en campo de batalla de bandos enfrentados auxiliados por las potencias internacionales. A los carlistas les ayudaron Prusia o Austria. A los liberales, Francia, Inglaterra y Portugal, que veían aterradas cómo las ideas carlistas podían contagiarse a sus países. Todos ellos mandaron armamento, dinero y voluntarios. Aunque también lucharon mercenarios», explica el autor de «Bandera Negra» a ABC. Aquella contienda trajo consigo un desastre para nuestro país al llevar a la muerte a más de 100.000 españoles (no pocos de ellos, civiles represaliados por hallarse a uno u otro lado o por ser familiares de este o aquel oficial).
También en los mares

El asedio de Bilbao, la batalla de Luchana... A día de hoy, si por algo se conoce la Primera Guerra Carlista es por sus enfrentamientos a mosquete en tierras españolas.

Sin embargo, los contendientes también libraron un duro enfrentamiento en los mares. Una lucha heroica, pero olvidada por la historia. «La flota liberal, muy mermada, prefirió abandonar el delta del Ebro y bloquear los puertos del cantábrico. De aquella forma buscaban evitar que llegaran suministros internacionales al norte de España, la zona de principal influencia carlista», añade Arsenal. En palabras del autor, aquel hueco en los mares fue aprovechado por los seguidores de Carlos María Isidro, que no tardaron en empezar a hostigar a sus contrarios para robar todo aquello que pudieran.
De marino, a pirata

Felipe Calderó Arrienbanda nació en Tortosa (Cataluña) y -tal y se como explica en la crónica «Vida Y Hechos de Los Principales Cabecillas Facciosos de Las Provincias de Aragón Y Valencia»- fue hijo de Jaime Calderó y de N. Nicolau. «Su padre fue patrón de la matrícula de dicha ciudad», afirma el texto. Nuestro protagonista se crió como marino hasta el comienzo de la guerra. Para entonces arrastraba tras de sí ya una cincuentena de primaveras a sus espaldas y una gran experiencia sobre las aguas españolas.

Físicamente, Arsenal le define en aquellos años como un hombre «fuerte, cincuentón, muy feo y con un parche en el ojo». Y lo cierto es que no le falta razón. Así lo demuestran los escritos de la época, donde se le describe como «un hombre rudísimo e ignorante a lo sumo» que contaba con «unas facciones feas y deformes». Calderó sufría, además, de la falta de un ojo.

Durante su vida como marino, y antes de comenzar sus andanzas como militar en defensa del infante don Carlos, Calderó se casó con María Griñó. De esta guisa se convirtió también en el padrastro de Ramón Cabrera (posteriormente, uno de los oficiales más destacados del bando revolucionario).

El marino tuvo una existencia feliz hasta el comienzo de la Primera Guerra Carlista. Y es que, tras el alzamiento tuvo que ver como su hijastro se marchaba de casa para combatir en favor de la monarquía absolutista. Escasamente tres años después, en 1836, tuvo que superar el brutal varapalo de perder a su querida esposa, la cual fue fusilada por los isabelinos bajo el único cargo de ser la madre del, ya entonces, popular general Cabrera.

«La pobre anciana María Griñó, habitante de Tortosa, fue condenada a muerte por un general de la reina sin ningún respeto a sus canas, sin ninguna consideración a años. Ese hecho tan atroz como desagradable escandalizó a toda la Europa», explica el cronista Luis Bordás en «Hechos históricos y memorables acaecidos en España». Aquel hecho destrozó la vida de Calderó y avivó su sed de venganza contra el bando isabelino. Probablemente por ello respondió de forma afirmativa a su hijastro cuando (allá por 1837) este le solicitó crear una flota de buques que pudiera enfrentarse a los partidarios de la reina por mar. «Después del fusilamiento de esta infeliz, marchó a la facción, y como marinero quiso seguir en ella su anterior profesión,dando a los carlistas acceso al único marino que hayan tenido en el reino de Valencia», añade el texto sobre los principales líderes sublevados.

«Muestro a Calderó cuando, no contentos con fusilar a su mujer, le desterraron a San Carlos de la Rápita. Desde allí, empezó a trabajar en la sombra para los carlistas hasta que Cabrera, ya convertido en jefe supremo del contingente de don Carlos, le encargó hacer una armada. Él recurrió a viejos compañeros de la marina mercante y empezó a buscar barcos por todos los medios. De hecho, llegaron a construirlos», explica Arsenal a ABC.
Primeros ataques

Lo primero que hizo Calderó tras reclutar a sus combatientes fue construir una gigantesca lancha cerca de La Sénia (al sur de Tarragona). Según explica Antonio Caridad Salvador en «El ejército y las partidas carlistas en Valencia y Aragón (1833-1840)», el marino trató de ubicar sobre ella un cañón «de a cuatro». Una pieza de artillería demasiado grande, según parece, pues «al ser disparada dividió la embarcación en dos y por poco lo mató». Aquello podría haberle desanimado, pero nada más lejos de la realidad. Decidido, el de Tortosa se apoderó de una lancha grande y dos barcas varadas en la playa. Buques que, rápidamente, convirtió en lanchas cañoneras «con una tripulación total de 40 hombres», en palabras de Caridad Salvador.

Aquella pequeña flota fue la que empezó a trastocar los planes de los isabelinos. Algo lógico, según afirma el autor de «Bandera Negra» a ABC, pues la mayor parte de la flota liberal se había marchado y solo quedaban un par de buques para la defensa de la zona. ¿Cómo es posible que unas barcas como las que nos narran las crónicas fueran tan letales? En palabras de Arsenal, por su armamento. «Los carlistas usaban barcas, pero estas no eran como nos las podemos imaginar. Eran embarcaciones de porte considerable capaz de llevar un potente cañón del siglo XIX, el cual tenía mucha más potencia que los que portaban los navíos del XVII que vemos en las películas de piratas», señala el autor a este diario.

Sobre dichas naves, Calderó dirigió una serie de ataques cuyo objetivo era detener el tráfico mercante de sus enemigos y, ya de paso, robar todo aquello que pudiera para nutrir a las fuerzas de don Carlos. Su primera acción de calado fue la captura de tres bajeles liberales que portaban cáñamo, habichuelas, arroz, harina, azafrán y seda. Unos navíos que estaban amarrados en Alfaques. Aquello no solo les reportó comida y mercancías, sino también nuevos barcos con los que seguir atacando a sus enemigos.

En palabras de Arsenal, Calderó y sus hombres eran sin duda piratas, y así eran considerados por los partidarios de Isabel. Y es que, formaban parte de un ejército revolucionario y no reconocido.

Sus hazañas (y su suerte) empezaron a conocerse con el paso de los meses gracias al boca a boca. Una de ellas la ofrece el texto «Vida y hechos de los principales cabecillas facciosos»: «Hace cosa de un año y medio se verificó un choque en las inmediaciones de Vinaroz, en el cual fue derrotado [Calderó], acuchillada su gente, y él mismo tan malherido que le dejaron por muerto. Pero sobrevivió milagrosamente». Para desgracia de Calderó, esta actividad les duró poco. Más concretamente, hasta que sus barcos fueron «cazados» por dos faluchos liberales. Aquel golpe, con todo, no detuvo a nuestro protagonista, al que todavía le quedaba mucha guerra por dar.
La vida pirata

Expulsado de aquellas aguas, Calderó se dirigió hacia Tortosa, donde se dedicó a estorbar con sus buques la salida de esa ciudad de los navíos mercantes liberales. Estos, desesperados, tuvieron finalmente que apostar por poner escolta a los bajeles para evitar que su mercancía fuese robada, lo que les supuso una considerable reducción de fuerzas en otros frentes.

Según parece, en estos ataques el anciano sacaba a relucir todo su rencor contra los enemigos siendo «cruel y sanguinario». Con todo, no le faltaba ingenio, como explica (en este caso) Caridad Salvador: «Cuando se veía acosado, Calderó ocultaba sus lanchas bajo la arena o las sumergía en el agua, de donde las podía sacar en cualquier momento con buzos».

Esta fue una de sus mejores épocas, como bien se señala en la nueva obra de Arsenal: «Igual de activos se mostraron los carlistas en el Ebro, donde amenazaban a los buques de altura que remontaban hasta Tortosa. Y desde Ascó al Delta, nunca faltaron, hasta el final de la guerra, barcas que ayudaban al paso de suministros y hombres de un lado a otro del río. De todo ello quedan noticias escritas, muchas veces en medios no oficiales».

Hasta los años 40, Calderó siguió con su actividad como pirata. Ese año, por ejemplo, siguió ampliando su extenso currículum al capturar dos bajeles que navegaban por el Ebro tras dos horas de combate. Su fuerza llegó a ser tal que los carlistas formaron un servicio de caballería para hacer labores de escolta y correo en tierra. La importancia de nuestro protagonista hizo que los liberales enviaran una fragata, un bergantín, una goleta y dos embarcaciones menores para acabar con él. Pero no se sabe si hubo o no combate. Todo quedó en un gran misterio. Aunque se especula con que los bajeles carlistas fueron «aniquilados u obligados a esconderse», en palabras de Caridad Salvador.

El anciano despechado

La vida de Felipe Calderó fue larga para la época. Y él la disfrutó hasta sus últimas consecuencias. Si con sesenta años disfrutaba cuando el viento del mar le golpeaba la cara mientras se hallaba en la cubierta de su navío, también lo hacía con los placeres de la carne.

Así lo demuestra el que, según las crónicas, tratara de «ligarse» a una joven cuando ya superaba las seis décadas de vida. Para su desgracia, todo acabó en un estrepitoso fracaso. Y es que, la chica (natural del pueblo de Alcanar) aceptó casarse con él (y le aguantó) mientras este la colmaba de regalos. Sin embargo, no tardó en abandonarle cuando «se creyó bastante recompensada en su trabajo en disimular».

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