Un segundo puede convertirse en un instante eterno en la memoria, o puede pasar desapercibido en una procesión interminable.


Guardianes del tiempo

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EL PULSO DEL PLANETA

Guardianes del tiempo
Este 30 de junio ha durado un segundo extra para ajustar el desfase existente entre los relojes más fiables y la rotación «imperfecta» del planeta Tierra

Un segundo puede convertirse en un instante eterno en la memoria, o puede pasar desapercibido en una procesión interminable. Le permite a un colibrí batir las alas unas 75 veces, y al cerebro iniciar un reflejo que salve a un conductor despistado. Para las cerca de 4,2 personas que nacen cada segundo en el mundo, según el «The World Fact Book» de la CIA, es además un momento determinante.
Pero al margen de eso, no siempre resulta sencillo saber cuánto dura en realidad un segundo. No ayuda que no haya relojes perfectos, o que el tiempo no sea absoluto y que depende de la velocidad del observador, tal como postuló Einstein. Con todo, los intentos de medir el paso del tiempo han ido adaptándose a lo que estaba al alcance, y por eso los astrónomos lo calcularon a partir del paso de los días y de las noches y a través del movimiento de la Tierra a lo largo de su órbita.
Por suerte, los «guardianes del tiempo» encontraron una forma más precisa de medir la duración de los segundos. Es el caso de Javier Galindo, un capitán de navío que dirige la Sección de Hora del Real Instituto y Observatorio de la Armada en San Fernando (ROA), cuyo principal cometido es mantener y calibrar los relojes que marcan la hora legal en España. Con todos sus segundos.

Tal como explica, no se trata de una tarea sencilla. Debe recurrir a relojes atómicos, unos sofisticados artilugios que miden el paso del tiempo gracias a las transformaciones físicas de un gas de Cesio 133, un isótopo que circula por el interior de estas máquinas. Gracias a que estos cambios son muy estables y previsibles, estos aparatos pueden medir el paso del tiempo con tal precisión que solo cometerían un error de un segundo cada millón y medio de años.
Después de realizar complejos ajustes y de satisfacer unas exigentes condiciones, el equipo de Galindo contribuye a establecer la hora UTC (de Tiempo Universal Coordinado), un patrón en el que un segundo siempre dura lo mismo y en el que un día terrestre dura exactamente 86.400 segundos.

Por desgracia, la Tierra no es tan "perfecta" como los relojes atómicos, y emplea más tiempo del esperado en completar un día. De hecho, tarda en hacerlo 86.400,002 segundos, dos milésimas más que lo predicho por los relojes.

La NASA explica que esto ocurre por multitud de factores, que están relacionados con el movimiento de importantes masas en el globo terrestre que son capaces de alterar la rotación del globo, del mismo modo que un patinador puede acelerar o decelerar en función de si extiende o no los brazos. En concreto, los científicos incluyen aquí la meteorología (dicen que El Niño puede aumentar la duración de un día en un milisegundo), o la dinámica del núcleo terrestre, en las entrañas del planeta.

Por todo ello, a veces es necesario hacer pequeñas correcciones en la hora UTC, y de ahí el segundo extra de este 30 de junio. Estos ajustes se han estado haciendo desde el año 1972 y se han limitado a añadir un instante aquí o allá para cuadrar el calendario. Desde entonces, la NASA ha aprendido a medir el tiempo a través de la luz que llega desde algunos quásares, unos "faros" situados en las profundiades del espacio. Y, curiosamente, estos retoques se han ido haciendo cada vez menos necesarios. Ya ni los segundos son lo que eran.
Gonzalo López Sánches 

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