No está claro quién mató a Francés de Zúñiga, autor de la crónica más ácida del reinado, pero de lo que no cabe duda es que no le faltaban enemigos poderosos tras sus múltiples burlas


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Francesillo de Zúñiga


Retrato de Carlos V sentado, por Tiziano

El bufón «loco» que murió acuchillado tras llamar obesa a la amante (y abuelastra) de Carlos V

Francesillo de Zúñiga, bufón de Carlos V y autor de la crónica más ácida de su reinado, era hombre sin pelos en la lengua. Después de servir seis años a Carlos, Don Francés se había burlado de hombres y mujeres tan ilustres, incluida la abuelastra y amante del Emperador, que media Corte estaba deseando acuchillarle y a la otra media tampoco le importaba gran cosa su integridad física. Los insultos a Germana de Foix, sumados a una desafortunada broma sobre la lealtad de algunos nobles cercanos al Monarca, le ganó la ira real y la expulsión de palacio a partir de 1529.

En 1532, ya sin la protección real, el bufón recibió una cuchillada en una oscura calle de Béjar sin que se descubriera nunca quién había empuñado el arma. Con cuchilladas en la cabeza, brazos y manos, y una estocada en el lado izquierdo debajo de las costillas, Francesillo fue llevado a su casa, donde su mujer salió preguntando qué ocurría. El bufón respondió, sin perder su humor acaso en tan grave situación: «No es nada, señora, sino que han muerto a vuestro marido». Chascarrillo, hasta su último aliento.
La abuelastra que enamora

La francesa Úrsula Germana de Foix fue el último amor de Fernando El Católico. Una joven que carecía de una belleza espectacular, era más bien discreta y afeada por cierta cojera, pero que enamoró al veterano Rey con su alegría y festividad. A su muerte con 63 años de edad, Fernando dejó escrito a su nieto primogénito, el futuro Carlos V, que además de cuidar sus reinos lo hiciera también de su mujer: «Vos miraréis por ella y la honraréis y acataréis, para que pueda ser honrada y favorecida por vos y remediada en todas sus necesidades». Le pedía que cuidara de Germana, «pues no le queda, después de Dios, otro remedio sino sólo vos...».
Retrato de Úrsula Germana de Foix, en su juventud

Carlos encontró serias dificultades para comunicarse con los castellanos, pues no conocía su lengua y su gesto gélido fue interpretado como antipático. Incapaz de comunicarse con los castellanos y aragoneses, Carlos V no cayó en gracia a casi nadie en Valladolid, a excepción de su abuelastra. Ambos se hallaron en el francés, la lengua natal de los dos, y surgió el romance prohibido. A sus 29 años, Germana seguía siendo una mujer alegre e inteligente, mientras que Carlos no pasaba de ser un adolescente enamoradizo, de 17 años, y escasa experiencia sexual que se vio deslumbrado sin remedio por aquella mujer.

La relación dio fruto al nacimiento de una niña llamada Isabel, en 1518, cuya paternidad fue tradicionalmente cuestionada por la mayoría de historiadores hasta que la profesora Regina Pinilla Pérez de Tudela se topó hace no muchos años en el Archivo de Simancas con el testamento de Germana. La viuda de Fernando dejaba su joya más preciada, un collar de 133 perlas gruesas, «a la serenísima Doña Isabel, Infanta de Castilla, hija de su majestad del Emperador, mi señor e hijo».Según Francesillo, no se supo si había sido un terremoto o los gritos de la Reina Germana, que del susto saltó de la cama y «hundió dos entresuelos y mató un botiller y dos cocineros que debajo dormían»

Antes de que el romance con su abuelastra derivara en rumores más dañosos, el nuevo Rey de Aragón y Castilla decidió poner tierra de por medio. Germana de Foix se casó en 1519 con el Marqués de Brandemburgo, al que la leyenda le achaca una muerte por exceso de amor. Según el cronista Santa Cruz –dado al cotilleo más subterráneo–, siendo 5 de julio de 1525, el alemán de 33 años llegó corriendo por la posta a ver a su mujer Germana, que estaba en Valencia, «y con el quebranto y cansancio que había llegado no se había abstenido de llegar a la reina con la moderación que convenía, antes se había habido muy destempladamente con el vicio de la carne».

Juan de Brandeburgo murió a consecuencia del ímpetu con el que accedió a su esposa tras un largo y fatigoso viaje. Y eso que, a decir de Pedro de Gante en una carta al Marqués de Denia, la Reina Germana «estaba gorda». Y fue sobre esta obesidad creciente donde Francesillo de Zúñiga inmiscuyó su ácida tinta. Entre otras chanzas, vinculó un terremoto que se produjo en Granada durante la luna de miel de la pareja con lo aparatoso que debió ser el sexo con una mujer tan robusta. Según Francesillo, no se supo si había sido un terremoto o los gritos de la Reina Germana, que del susto saltó de la cama y «hundió dos entresuelos y mató un botiller y dos cocineros que debajo dormían». Obviamente, se trataba de una exageración. Una broma que a Germana no debió hacerle mucha gracia y a Carlos menos.
Francesillo, un loco en la Corte de los Austrias

Más allá de su fama de difamador, a Francés de Zúñiga se le enmarca en la larga tradición española de «locos racionales», junto a Álvarez de Villasandino, Antón de Montoro o Alfonso de Baena, que desde una crítica intelectual al poder y a la sociedad se les permitió retratar a los poderosos desde dentro. Para ello, Francesillo tuvo sortear odios y amores igual de extremos, mientras ascendía a través de distintos cargos en la Corte.Sin Rey y con el Duque de Béjar ya fallecido, los múltiples enemigos del bufón «loco» se tomaron la justicia de su mano.

De ascendencia judía, poco se sabe de los primeros años en Béjar (Salamanca) del humorista. De su juventud está documentado que fue sastre una temporada y más tarde entró como criado del Duque de Béjar, que supo apreciar el primero su brillante ironía. De la mano de este noble, Don Francés conoció al futuro Carlos V a su llegada a Valladolid, el 18 de noviembre de 1517, y a la propia Germana que tanto aimentaría su repertorio de chistes. Su lealtad durante la Rebelión de los Comuneros y su ingenio hicieron que durante seis años el loco sirviera directamente a la Casa Real. La todopoderosa mano del Emperador le permitió ridiculizar a través de sus escritos a algunos de los miembros más influyentes de la Corte.

Claro que sus bromas a veces rozaban lo inadmisible incluso para sus protectores. A comienzos de 1524 se tienen noticias de que se ausentó durante varios meses por un enfado del Emperador. Y así de forma regular. Tras recibir el perdón real, pasó una temporada con su antiguo señor y comenzó la escritura de su célebre obra «Crónica burlesca del Emperador Carlos V», que jamás sería impresa estando vivo el bufón. No lo fue hasta mediados del siglo XIX, siendo solo un manuscrito que circulaba de mano en mano, entre ellas las del Emperador.

Su Cesárea Majestad era, de hecho, el principal destinatario de este texto en el que se narraba con humor los principales episodios vividos en la Corte. Su amparo no impidió que las amenazas por los afectados en la crónica fueran tan numerosas y tan tangibles como para retirarse una temporada a Béjar.

En una de estas idas y venidas de la Corte, perdió definitivamente el favor del Emperador Carlos V, en 1529. Sin Rey y con el Duque de Béjar ya fallecido, los enemigos del bufón «loco» se tomaron la justicia de su mano en un oscuro callejón de su Béjar natal.

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