Durante toda la antigüedad, Tarteso fue la tierra mítica a la que habían llegado los primeros colonizadores y navegantes orientales


Del Guadalquivir al Guadiana: los pasos perdidos de la primera civilización europea


Explica Santiago Celestino Pérez que, al igual que ocurre con el Antiguo Egipto, con Tarteso siempre ha tirado más la leyenda que la realidad. Un mito profusamente iluminado por los trabajos de Hércules –ahí ubicaban los griegos el fin del mundo conocido– o la historia del rey Argantonio que, sin embargo, el yacimiento de Casas de Turuñuelo se está encargando de desinflar.

Durante toda la antigüedad, Tarteso fue la tierra mítica a la que habían llegado los primeros colonizadores y navegantes orientales, en una fecha imprecisa y en situaciones poco o nada convencionales, pero ahora emerge cada vez con mayor fuerza el perfil de una civilización prerromana que se desarrolló alrededor de lo que hoy conocemos como Huelva, Sevilla, Cádiz y que extendió también sus tentáculos hacia Badajoz o Málaga. De hecho, explica Celestino que las investigaciones han permitido constatar que la cultura tartésica ya no se limita al valle del Guadalquivir, sino que su rastro se mantiene en toda la zona del Guadiana.

Es más: incluso se han encontrado vestigios en la desembocadura del Tajo, en la zona de Portugal. Un completo mapa de movimientos con paradas en Campanario o Zalamea de la Serena que poco a poco va arrojando más luz sobre la que está considerada la primera civilización europea, una cultura perdida que existió entre el 1200 y el 500 antes de Cristo y que mantuvo relaciones económicas y comerciales con los fenicios. De hecho, una de las principales hipótesis es que la cultura tartésica empezó a desarrollarse a partir del contacto de la población indígena del suroeste de la Península Ibérica con el mundo fenicio.

Con todo, la incógnita sigue siendo tal que, por no saber, ni siquiera se sabe qué fue lo que motivó la desaparición de los tartesios. Las primeras teorías sugerían que habrían abandonado sus asentamientos ante el temor de una posible invasión de los pueblos celtas, pero la ausencia de armas en los yacimientos excavados hace que los expertos manejen otros motivos más prosaicos, como una gran epidemia o un cambio de las condiciones climáticas.

Sigue en el aire también saber cómo se organizaban, cómo se relacionaban con las civilizaciones de su entorno o hasta dónde llegaban sus conocimientos técnicos, dudas muchas de ellas a las que el yacimiento de Casas del Turuñuelo espera dar respuesta a partir de la próxima primavera, cuando los investigadores acometerán una nueva excavación. Bajo tierra esperan los pasos perdidos de una civilización que se va volviendo cada vez menos difusa y escurridiza.

David Morán

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