El Medium. Cuento de terror de Luis Tejada Yepes





Observó a todas las personas del lugar a través de un espejo empotrado en la estantería frente a él, tratando de ubicar la causa de la sensación eléctrica en todo su cuerpo. Para su sorpresa, se topó con la sonrisa de un hombre de mediana edad, de pie  muy cerca de su espalda.

—Perdone si lo perturbo con mi comportamiento, pero mi interés no solo va dirigido hacia usted, sino hacia la mujer que lo acompaña— dice el hombre, observado por el espejo, sin más preámbulos.

—¿Mujer que me acompaña?—preguntó extrañado y sorprendido, dando una ojeada a todo el salón— usted está loco o alucinando — se lo dice con tono de disgusto.

Soy médium, cuando vi a la muchacha a su lado, concluí que estaba ante un caso de mi incumbencia y me dije, esa especial joven debe ser un ser querido fallecido, allegada al señor y por la actitud suya, o más bien ninguna ante la presencia, era fácil concluir que no se había dado por enterado —le informó como si fuera algo de lo más común.

El hombre no pudo disimular el asombro ante lo dicho por el autodenominado médium. No lo tomó en serio, pues podría tratarse de un delincuente en busca de un incauto para timarlo. Pensaba además que todo ese jaleo se había originado en el funeral de su novia, e imaginó el siguiente guión: Allí como un doliente más, dando por descontado su oficialidad, ya que a nadie se le ocurriría verificar credenciales en un funeral, el desconocido analizó a los asistentes y supuso entonces, al ver que era uno de los más afectados, que había encontrado a la víctima precisa para realizar una estafa y como parte del deshonesto plan, decidió seguirlo para abordarlo en el momento adecuado. Se sabe que las personas ante la muerte de sus seres queridos, cuando enfrentan el dolor intenso, se vuelven muy vulnerables, fruta madura para caer en manos de charlatanes que sacan tajada de las circunstancias dolorosas, ofreciendo a cambio de dinero, la posibilidad de regresar a los seres queridos muertos. Siendo franco consigo mismo, no creía en eso del más allá y que las personas continúan después de muertas rondando a los vivos por allí. —Rechazo esas ideas y sostengo que en mi caso, no quiero ese absurdo más allá y menos en tan malas compañías y además por toda la eternidad.

—¿Me acepta un café? —le preguntó el médium con amabilidad, señalando al mismo tiempo, con el dedo índice, un reservado en uno de los costados.

Dudó por unos instantes si aceptaba la invitación, pues consideró era otorgarle, al posible estafador, algo de ventaja. Pero pudo más la curiosidad que su instinto, sentándose en el lugar indicado por el hombre, pero sin alejar de su rostro la expresión notoria de desconfianza, asumida desde el principio del embrollo.

Después de algunos intentos infructuosos por llamar la atención de uno de los meseros, el medium ordenó dos tazas de café, y no continuó con la perorata hasta que regresó con el pedido y solo después que bebió de unos dos o tres sorbos el contenido del recipiente, haciendo caso omiso del humo que salía de él.

Al oírle mencionar el luctuoso suceso, era suficiente motivo para no desdeñarlo. Por lo tanto, le permitiría extenderse un poco más en el contenido de la historia, pues el hombre no parecía, como era de esperarse de alguien con semejantes cuentos, un vulgar estafador.

Empezó haciendo mención de lo caluroso del día, que pronto llegarían las lluvias y de lo penoso para él tratar los temas de su especial condición, pero los difuntos le exigían, desde que era un niño, que tenía que ayudarlos para abordar a  los deudos, pues siempre, por lo intempestivo de la muerte, se iban sin comunicarles algo urgente.

—Como le decía amigo, soy médium y le informo. Al lado suyo camina alguien, una hermosa chica, como le comenté antes, descartada por mí de inmediato como ser viviente o de este mundo. No me lo va a creer, pero nuestros semejantes, siguen iguales en su forma por un tiempo después de muertos, la única diferencia, con nosotros, es un halo luminoso alrededor de toda su forma, y por ese detalle los identifico —le dijo el hombre con aire místico. Si usted supiera de la cantidad de esas entidades que me encuentro en el día, no me lo creería. A veces me sobrecoge el miedo, ante algunas, cuya imagen deja mucho que desear, por ejemplo la de bandidos y asesinos, muertos como causa de sus fechorías. Por un tiempo indeterminado no son conscientes de su muerte, o su inteligencia, la misma esgrimida en vida, no les da para tanto y quieren continuar con su modo de vida en la etapa de transición hacia su destino final. Por fortuna los muertos no pueden dañarnos, tal vez asombrarnos. Para ciertas personas su aparición puede ser el motivo de un gran susto, y en este caso podríamos pensar en su capacidad de hacernos daño.

Ante el discurso comenzó a tomarlo más en serio y desechó, por el momento, la idea del timo. Le gustaba descubrir el currículo de las personas sin mediar presentación alguna: Los gestos, la uñas de las manos: si estaban bien cuidadas o no, la textura de la piel determinaba, si el analizado, trabajaba a la intemperie o bajo techo, si hacía labor manual o intelectual. La ropa llevada, descuidada o con elegancia y el olor despedido, podían mostrar si se estaba ante alguien sin hogar o un vicioso, o al contrario ante un hombre de bien. En fin, algo pueril, podía llevar a descubrir un ofensor antes de la ofensa.

Pero a pesar de que se había ablandado un poco frente al desconocido no podía acallar en su pensamiento la duda sobre si esa historia era un montaje orientado a engañarlo por algún motivo insospechado, por eso guardó silencio para oír el final de la macabra historia.

El hombre continuó sin inmutarse ante la actitud evidente de desconfianza de su interlocutor, que miraba a izquierda y derecha como si quisiera descubrir a alguien más, entre la cantidad de comensales, que le estuviera haciendo el juego. Pero cuando se dio cuenta que todo el mundo estaba concentrado en sus propios asuntos, frunciendo el ceño, fijó nuevamente la mirada y la atención en el peculiar personaje, el cual continuó con la historia sin preocuparse en lo más mínimo con el gesto de su interlocutor.

—La mujer al lado suyo, estaba trajeada con un vestido rosa, como de fiesta. A propósito antes de que me cuestione, muchas personas se preguntan ¿cómo es posible hablar de espectros vestidos? Este es un fenómeno sin explicación alguna. Tal parece estamos ante un reflejo de la última imagen en la tumba de la misma alma, elaborada dentro de su inexplicable consciencia del mundo material dejado atrás. Claro, no es la última palabra, es una de las explicaciones dadas al verlos vestidos. Me lo comprueban las apariciones de los espectros, vistiendo a veces bastante extravagantes.

Al oír esto último quedó estupefacto y a la vez preso de la hilaridad por el macabro apunte, pero pasada la sorpresa, analizó con más detenimiento lo del ropaje, pues el llevado por su amada en el féretro, era una información reservada a los más íntimos. El vestido de la muchacha era el mismo destinado para lucir el día de la fiesta de compromiso. Fue una decisión muy privada de los padres el vestir a la difunta con él y por lo tanto, un detalle, no manejado por alguien extraño al círculo íntimo. El hombre al frente no podía saber lo del vestido rosa, máxime si el féretro no se abrió desde que guardaron a la difunta, y además en la más absoluta intimidad, debido a las laceraciones sufridas en el grave accidente en que pereció, pues en estos casos, se acostumbra a sellar el cajón, para no ofrecer un espectáculo morboso a los dolientes y curiosos, abundantes en los funerales.

—Si todavía duda de mi sinceridad, pregunte sobre algún detalle y yo le respondo con mucho gusto —le dijo el hombre muy tranquilo y con seguridad, continuando sin esperar las preguntas, con la inquietante historia.

—La joven se notaba angustiada, porque no podía comunicarse con usted. Se le atravesaba en el camino, pero usted la cruzaba como a una niebla. Lo tocaba y las manos de ella se le hundían en su cuerpo. En esas la pobre se dio cuenta de mi don de poder ver las almas en tránsito y de inmediato me abordó. Lo señaló y me encargó de comunicarle algo muy importante: debe regresar al cementerio de inmediato, antes de que deba abandonar este mundo, pues el campo santo, es el único lugar donde podrá verla de nuevo. Si usted quiere yo lo acompaño—le comunicó el hombre con amabilidad y también con ansiedad.

Entre la invitación del médium y los posibles enredos, se inclinó por aceptar la propuesta de ir al camposanto. A pesar de todas las dudas, la historia era muy convincente por los detalles aportados, imposibles de conocer por alguien fuera del entorno familiar, y estaba seguro de que los allegados, no tenían nexos con el médium, es más, tratándose de una persona con un oficio tan peculiar, nunca antes lo había oído mencionar en las reuniones familiares, donde se hablaba de todos los conocidos. Algo de sobrenatural tenía todo el embrollo, y en su cerebro, se asentaba la necesidad de comprobar la veracidad de la historia contada por el desconocido.

Se vio camino hacia el camposanto en compañía del médium. Este, ante la nueva actitud del deudo, se puso de excelente buen humor, y se la pasó por todo el camino, contándole detalles sobre otros casos, en que se había visto involucrado en el pasado. A su vez él no abrió la boca. Un asunto tan lúgubre, no era un estímulo como para despertar la locuacidad.

El lugar de destino, estaba situado en medio de un predio rural.

El ambiente le motiva una enorme cantidad de pensamientos, atribuibles a lo sobrenatural.

—Mi corazón se contrae, invadiéndome de inmediato una gran incertidumbre: la cabeza sobre el túmulo elabora ideas sombrías, es la agonía y no la soledad. Ante la muerte la calma se conecta con la noche. Las estrellas extienden su resplandor sobre mi cuerpo tenso, luz de ilusión para un mortal. Las apagadas esperanzas, flojas en su cansancio, son sólo espectros, visiones diluyéndose, el espíritu como rocío sobre flores muertas. La brisa sopla y la niebla sobre el lugar sombrea la colina prolongándose sobre las copas de los árboles. Una silueta aparece entre la bruma, es real, mas no puedo llegar a ella. Mis ojos escudriñan el espacio frío. ¿Trenza hecha por dios o por el diablo? y no puedo desatarla. Aparece la figura presente en mis recuerdos. Unos silenciosos pasos escapan tras de mí. La imagen diluida no me asombra lo más mínimo, antes de desaparecer voltea el rostro, me parece, hace gestos como despidiéndose. Elucubraciones ante la visión, afloran a mi garganta, saliendo por mí boca en forma de palabras audibles en toda la colina: ¡Fantasma oculto, amor de este insepulto, muerto de nostalgia, dicha del cielo, hacia las tinieblas pareces marchar y en este mundo no te puedo retener.


FIN

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