Rescate en el mar. Relato de terror de Luis tejada Yepes


Basado en una historia contada por marinos.


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Apoyado en el timón del barco, el primer oficial observaba con preocupación, cómo el mar iba tomando una coloración diferente. El viento frío, por un momento, pareció detenerse. La situación le hizo pensar en el dicho que reza: "después de la calma viene la tempestad".
  
El capitán decidió ir a constatar las condiciones en que estaba el enorme barco para enfrentar la tormenta que se avecinaba. Acababan de salir del Estrecho de Magallanes, en tránsito hacia las Islas Malvinas,. 

Una hora después, una gran ventisca, comenzó a barrer la nave de proa a popa. El primer oficial consideró necesaria la presencia del ausente jefe en el puente de mando, y por eso envió a un marinero en su búsqueda, pues no respondía a los llamados del intercomunicador.

El tripulante después de franquear, entre tumbos, el estrecho pasadizo que conducía al camarote del comandante, se desgañitó llamándolo. La tormenta había cuajado y levantaba olas hasta de 4 metros. El fuerte viento pegaba de costado y amenazaba con voltearlos. El barómetro anunciaba que la situación tendía a complicarse, el cielo se tornaba gris plomizo, subido a negro. La visibilidad se reducía al mínimo, pues ni un solo tenue rayo de luz se dejaba ver por entre las densas nubes. Al primer oficial le estaba quedando grande la conducción del navío que en medio del salvaje clima exigía la presencia del responsable mayor.

La puerta del aposento  estaba entreabierta. El marino se asomó con timidez. El capitán era bastante celoso de su intimidad, y podría disgustarse a morir si se enteraba del ingreso de alguien al lugar  sin el permiso correspondiente.

El alojamiento  era un habitáculo de escasos tres metros por dos, amoblado con una estrecha litera y un escritorio, sobre el cual desplegaba mapas de cartografía y llenaba el diario del viaje. El usuario del escritorio se sentaba de espaldas a la puerta. En esta ocasión el mensajero alcanzó a ver a un hombre delgado, de pelo lacio, en posición de escribiente.

El marinero analizó de inmediato, que no era la silueta del huésped del habitáculo,  pues este era bastante voluminoso, de pelo ensortijado y además, no se quitaba su quepis ni para bañarse, y aquel hombre, sentado en la silla no lo llevaba, era bastante flaco y de pelo lacio.

De todas maneras trató de llamar su atención de nuevo.

—Capitán, ¿me oye?

El hombre, inclinado sobre el escritorio, ni se inmutó ante la insistente alerta del alarmado marino, que por reflejo condicionado no se atrevía a trasponer la puerta del camarote.

—Mejor busco refuerzos, de pronto es más fuerte o está armado y puedo salir mal librado —se dijo para sí.

De inmediato emprendió la retirada, a la velocidad permitida por el vaivén enloquecido  del navío. Subió por unas estrechas escaleras metálicas y desembocó en otro pasadizo, de ahí siguió a la cubierta exterior azotada por fuertes ráfagas de agua nieve. Al abrir la pesada compuerta, un helado viento le abofeteó la cara y lo hizo retroceder. Tomó impulso y se encaminó hacia la escalera, directo al puente de mando.

Abrió la puerta ante el disgusto de los presentes, que no quitaban la vista de los instrumentos, del timón y del horizonte. Para sorpresa del marino, el extraviado ya había tomado la conducción del enorme buque.

—Capitán, fui a buscarlo a su camarote…—alcanzó a decir el marino antes de ser interrumpido por el comandante.

—Si ya lo sé, revisaba el cuarto de máquinas y oí el llamado del puente.

— Perdóneme, la puerta de su camarote estaba entreabierta, y vi a un hombre sentado en el escritorio escribiendo algo, a juzgar por los movimientos de su cuerpo.

—¿Está seguro marino? —le replica  alarmado.

— Llamé varias veces al individuo pero no volteó a mirarme. Me dio miedo de que se tratara de algún peligroso ladrón, dejé la puerta como estaba y me vine de inmediato al puente, a poner al primer oficial al tanto de la situación, y me encuentro con usted, mejor todavía.

—Buena decisión marino, nunca se sabe. Usted y usted acompáñenme.

Los dos hombres, escoltados por el oficial jefe, siguieron la ruta conducente al camarote. De lejos, se observaba entreabierta la puerta, tal como dijo el marino que la había dejado. Los tres hombres se acercaron con cautela. Uno de ellos la acabó de abrir con una patada y penetró al lugar seguido del otro escolta. Para alivio de todos, no estaba nadie más que ellos tres. .

El hombre al mando del barco se dirigió hacia su escritorio. Con sorpresa notó que el cuaderno de bitácora se hallaba abierto en la última página. En letra legible, un mensaje se destacaba a continuación del último escrito: “Por favor diríjanse rumbo norte, coordenadas 36º 55.16' N 2º 56.91' O. Observó que los caracteres no eran los suyos, bastante contrariado tomó un micrófono de comunicación interna y con voz de disgusto ordenó:

—Todo el personal, con excepción de el timonero  y maquinistas, diríjanse al comedor.— al mismo tiempo  pensaba  en  aclarar de una vez el anómalo suceso.

—Confiese marinero, ¿usted fue el del mensaje y me quiere hacer una pega con esa historia?

—Como se le ocurre , en ese caso me hubiera quedado callado y así no habría forma de descubrirme. Se lo juro, vi un hombre delgado y de pelo lacio, sentado en su escritorio, obviamente no era usted —se lo dice con apretujada voz de angustia.

En el salón, unos 7 curtidos hombres de mar expectantes, esperaban con ansias el arribo del jefe. La tormenta estaba averiando el pesquero y podía ponerse en entredicho la continuación del viaje. En las condiciones climáticas actuales, era un riesgo mortal abandonar la nave, y todos los tripulantes estaban bastante preocupados si ese era el motivo de la reunión.

El responsable  hizo su entrada, escoltado por el compungido marino que dio la información y los otros tripulantes del puente, con cara de no muy buenos amigos. Sin mucho preámbulo relató el suceso y puso a los marinos presentes, entre ellos al enviado a buscarlo al camarote, a escribir el mensaje hallado en el diario, en un tablero empotrado en una de las paredes metálicas del salón. La caligrafía de cada uno fue comparada con la del mensaje, pero ninguna se parecía en lo más mínimo.

—Entre estos no está el bromista —pensó el lobo de mar al revisar las letras de cada uno.

—En mi vida de marino he visto cosas muy extrañas, ¿Será un aviso para salvarnos de alguna catástrofe? —Pensó el curtido hombre de mar, al no encontrar al responsable.

En su regreso a la cabina de mando, sopesó todas sus responsabilidades y las enfrentó al mensaje escrito  por el extraño individuo visto por el marino.

Haciéndole caso a una corazonada, ordenó al piloto que programara las coordenadas halladas en el diario. De inmediato el primer oficial obedeció las indicaciones del superior. El timón giró automáticamente y enfiló hacia la dirección ordenada. Lo vientos huracanados trataron de impedir que la nave se desplazara hacia donde lo orientaban, pero venció las fuerzas que se le oponían.

—Piloto, si no se presenta ninguna novedad en el sitio, retomaremos nuestro rumbo oficial hacia las Malvinas ¡Ojo avizor! —dijo el responsable  mirando expectante el horizonte.

El buque subía y bajaba, como en una gran montaña rusa. Después de solo media hora de viaje, alguien observó en la cresta de una gran ola un pequeño velero a punto de naufragar. Era vapuleado por las enormes olas. El mástil había desaparecido y no se veía antena de radio por ningún lado. Eso explicaba el porqué no se había llegado ninguna llamada de auxilio. En su cubierta, el vigía observó a dos personas envueltas en unas cuerdas.

Después de emplear los recursos técnicos de la gran embarcación, lograron izar a la exhausta pareja.

Ante el asombro de todos, el marino que descubrió al hombre en el camarote , exclamó:

—¡Ese es el que vi en su escritorio!

Interrogado, el agotado tripulante del velero le contó una historia increíble.

—Mi esposa y yo realizábamos un viaje deportivo alrededor del mundo. No bien salimos del estrecho de Magallanes, grandes olas comenzaron a barrer la cubierta del velero, y todo lo que hallaban a su paso, caía directo al mar. La primera pérdida sensible fue el radio, que se mojó y quedó inutilizado. Posteriormente el mástil se vino abajo con la antena, acabando con toda esperanza de comunicación y de auxilio de la guardia costera. Era poco lo por hacer, y empezó a primar en mi conciencia, la idea de muerte inminente. Las olas rompían por todos lados y tal vez eso nos salvó de zozobrar. Decidimos amarrarnos para que las olas no nos fueran a barrer. Fue una buena idea, porque si no, no estaríamos hablando. La visibilidad era cada vez más reducida, y era tal el desespero, ante el inminente naufragio, que con toda la fuerza mental del caso, rogué por una salida a la angustiosa situación. De pronto, entré como en una especie de trance, para cuando desperté, de reojo, su barco estaba casi encima. Por unos segundos   temí que nos atropellarían sin remedio, pero no, era la salvación que estábamos esperando.

FIN

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