Viaje a la Luna. Relato futurista de Luis Tejada Yepes


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El descubrimiento del grafeno derivado del grafito, capaz de soportar una carga de treinta toneladas por milímetro cuadrado, permitió la elaboración de un cable en forma de carril, en el que pudo deslizarse una cabina con un motor capaz de impulsar su peso,  a alturas inimaginables.

El progreso en el desarrollo de los motores eléctricos, cuya fuente energética era el Sol, equipados con bobinas de grandes campos magnéticos, construidos con increíble poder de tracción, permitieron el impulso y por lo tanto la realización del sueño de los ascensores espaciales, revolucionando y posibilitando, desde el punto de vista económico, la creación de la base lunar como puerta a las estrellas.

La nueva energía estaba basada en principios científicos, hechos realidad a través de la creación de las células fotovoltaicas. La energía solar así alcanzada durante el 98% del tiempo, se transportaba de manera segura a través de microondas, aprovechando la existencia del cable del ascensor.

Todo el mundo soñaba con viajar en esa cabina espectacular, aunque muy pocas tenían el privilegio, pues su capacidad  no excedía de las 30 personas, además primaba la carga de mercancías, necesarias para las grandes tareas a realizar en el espacio y la luna.

El astronauta llegó con tiempo suficiente para curiosear el cosmódromo en la estación intermedia. No era mucho el espacio a recorrer, después de visto lo permitido, se acomodó en una de los lugares dispuestos para la espera.

Lo dirigieron hacia una cabina sin ventanilla. Le esperaban el equivalente a cuatro días en la tierra de viaje hasta el punto de partida de los cohetes de motor iónico, con destino final la Luna.

Hacia afuera se observaba el vacío oscuro y en el fondo  el disco iluminado de la luna.

 El cuerpo humano no fue diseñado para vivir en el espacio durante largos períodos. Estaba sometido a grandes riesgos por  fenómenos naturales. Debido al peligro de la radiación la cabina tenía mínima comunicación con el exterior, ya que lo más importante, era proteger a los pasajeros de los peligros invisibles, los cuales podrían causar la muerte en cuestión de días o dejar las semilla para que esta llegara más rápido de lo esperado.

El ascensor se detuvo  en el centro de una inmensa rueda que giraba sobre su eje.

De allí el astronauta fue reembarcado en un cohete con destino  la base lunar. Este se impulsó en total silencio,  debido a que en el espacio no se propagan las ondas sonoras, al prender su propulsor iónico electrostático. La nave parecía resistirse a emprender su camino. Al hacerlo, los pasajeros no se precipitaron hacia atrás como era de esperarse ya que las leyes de la física obran de manera diferente, a como lo observamos en la superficie terrestre, en gravedad cero.

El módulo de transporte de los pasajeros y carga se desacopló de la nave nodriza e inició el descenso controlado. La primera maniobra era la de impulsarlo a una altura en la que la gravedad lunar actuara. Una vez logrado con éxito este primer paso, comenzó la parte más riesgosa, la de ubicarlo de espaldas a la superficie.

La escotilla de salida, la misma de entrada cuando abordaron la nave, hizo una especie de tenue vibración al franquearse a la inexistente atmósfera lunar. Ante los ojos del astronauta, se desplegó en todo su esplendor el gris paisaje lunar que contrastaba con la intensa luz del sol proyectada como un flash permanente sobre la parte alta de las paredes del cráter Shakleton.
FIN

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