Por sus hazañas, atrocidades y maravillas, el descubrimiento y la conquista de América fue una aventura que excedió a todo lo que había soñado la imaginación en los libros.


El Inca Garcilaso, el conquistador conquistado

Resultado de imagen para El Inca Garcilaso, el conquistador conquistado
Hijo de una princesa india llamada Chimpu Ocllo y de un capitán español de ilustre linaje que participó con Francisco Pizarro en las empresas del Perú, la prosa de este cronista de Indias rezuma poesía a cada trecho

Por sus hazañas, atrocidades y maravillas, el descubrimiento y la conquista de América fue una aventura que excedió a todo lo que había soñado la imaginación en los libros. Un continente ignorado hasta entonces, un inmenso mundo lleno de tesoros y culturas, emergió del confín de los océanos a modo de una Atlántida perdida, como si de pronto ante el imperio de Alejandro Magno hubiera surgido una Persia de dimensiones continentales o como si ante la Roma de Julio César se hubiese alzado un desconocido Egipto del tamaño de África. Y una buena prueba de que España estuvo a la altura de las tareas históricas que le correspondieron en aquel momento estelar es que detrás del avance, a menudo atroz, de los conquistadores, se dio el avance lleno de asombro, de curiosidad y de inspiración creadora de los cronistas de Indias.

El Nuevo Mundo, con su naturaleza insondable, con sus grandes y pequeños héroes acorralados por el destino, con sus quimeras, proezas e iniquidades, dio para todo género de relatores: clérigos, poetas, humanistas, aventureros iletrados, viejos soldados que podrían contar cada noche de su vida una historia distinta, náufragos salvados milagrosamente… Pero, quizá, el más singular de todos ellos, porque su prosa rezuma poesía a cada trecho, y sin duda, el más conmovedor, por su condición de mestizo, sea el Inca Garcilaso de la Vega, hijo de una princesa india llamada Chimpu Ocllo y de un capitán español de ilustre linaje que participó con Francisco Pizarro en las empresas del Perú.

Y es que, a diferencia del resto de cronistas de Indias –tanto de los que pisaron el Nuevo Mundo como de los que se limitaron a escribir de oídas en España–, él había visto y había vivido América no sólo desde los ojos del conquistador, sino también desde la profunda tradición cultural del conquistado, desde la lengua, las historias y leyendas incas que mamara con la leche materna.

Epopeya

Nadie salió ileso de la gran epopeya americana, ni los vencidos, que vieron la destrucción de su mundo, ni los vencedores, que jamás alcanzaron la satisfacción total de sus ambiciones. Como dijera Carlos Fuentes en «Las dos orillas», ambos debieron construir un nuevo mundo a partir de la derrota compartida. Y eso, el Inca Garcilaso lo supo desde su más tierna infancia en Cuzco, donde su alma se impregnó tanto del plañir melancólico con que sus familiares peruanos recordaban el pasado esplendor del imperio inca como del reverso fotográfico de las hazañas del padre, la sangrienta discordia civil que enfrentó a los Pizarro y los Almagro en las tierras habitadas por el fantasma de Atahualpa.

Todas esas imágenes, sobre las que su memoria volvería medio siglo después, ávidamente, viajaron con él a España, adonde llegaría con veinte años, en 1560, impulsado por el afán de obtener las mercedes que correspondían a su padre por los servicios prestados en América a la Corona. Pero su ardor juvenil se estrelló contra la desesperante burocracia de los Austrias –que era una manera de muro ciego, un intrincado laberinto de pasillos y expedientes tras el cual solía escudarse el monarca contra los pedigüeños. Y al cabo, después de mucho aguardar, todos los argumentos y probanzas fracasaron por culpa de las volubles lealtades del difunto progenitor, sobre quien pesaba la mancha –el estigma imborrable– de haber auxiliado al rebelde Gonzalo Pizarro en la batalla de Huarina.

Cansado de pleitear, y tal vez con la aspiración de emular las glorias militares de sus antepasados españoles, el joven mestizo fue a sentar plaza de soldado. Pero la historia se repitió de nuevo. Y tras ganarse los galones de capitán combatiendo la rebelión de los moriscos en las Alpujarras de Granada, un agudo desengaño le llevó a trocar las acciones de armas por una existencia sin horizontes en Montilla, donde al amparo de sus parientes paternos se adaptó a una vida tranquila y ordenada, entregado a la cría de caballos y al cultivo de las letras.

Hombre de letras

Poco más conocemos ya del Inca Garcilaso. Se sabe que jamás volvió a su tierra natal, aunque en algunas cartas que se conservan expresó el deseo de hacerlo; que en 1590 se trasladó a Córdoba, donde frecuentó los círculos intelectuales y conoció al poeta Luis de Góngora; que ese mismo año apareció en Madrid su traducción de los «Diálogos de amor» del filósofo judío León Hebreo, señal más que evidente de que, con el tiempo, se había convertido en un hombre de letras de fino espíritu renacentista. Y por supuesto, también sabemos que la última etapa de su vida la pasó embebido en dos empresas intelectuales de enorme calado.

La primera en el tiempo sería «La Florida del Inca», una ambiciosa crónica repleta de referencias clásicas donde, aprovechando los recuerdos de un viejo veterano de la expedición de Hernando de Soto a la Florida, relata las dramáticas peripecias de aquella inverosímil aventura por tierras norteamericanas. Dice con razón Vargas Llosa que este texto, escrito con una prosa tan limpia como el aire de las alturas andinas, ya bastaría para hacer del Inca Garcilaso uno de los mejores prosistas del Siglo de Oro.

Pero, sin duda, su obra maestra, uno de los monumentos literarios más importantes de la época de los Austrias, y por tanto de la literatura en castellano de todos los tiempos, el libro que ha salvado su recuerdo del olvido en que irremisiblemente han caído casi todos los cronistas de Indias, son los «Comentarios Reales», cuyas dos partes abarcan el auge y decadencia del refinado imperio de los incas, la fabulosa y cruenta conquista española del Perú y los primeros años de la colonización.

Decía Borges que la historia, la verdadera historia, a veces es pudorosa, y que muchas fechas esenciales pueden ser, durante largo tiempo, secretas. El día en que el Inca Garcilaso, cumplidos ya los sesenta y cinco años, se sentó a escribir los «Comentarios Reales» es uno de esos momentos. Lo imagino en su sencilla casa cordobesa, consultando sus propios recuerdos y las memorias antes publicadas, carteándose con sus amigos y parientes de América, entrevistándose con los indianos que vuelven a España, magistrados, prelados, compañeros de infancia y viejos aventureros que se detienen a departir con él. Lo imagino, sí, redactando, incansable, el mundo de sus mayores, recorriendo las calles natales bajo el influjo de la palabra, mientras en la pálida neblina de la nostalgia que asoma en su mirada vuelve a elevarse el antiguo esplendor de la civilización inca, con sus templos al sol y su capital erizada de fortalezas y palacios, con sus reyes y dioses muertos, sus fiestas y ceremonias minuciosamente reglamentadas.

La cultura, segunda patria

La invasión de Alejandro Magno no helenizó Persia; los egipcios no terminaron hablando latín; la lengua de Cervantes pudo haberse ido de América después de la pérdida de las colonias, igual que el árabe de Averroes se esfumó de España tras la debacle de Al Andalus. Pero dos cosas no lo permitieron: una parte de España arraigó en América y se quedó en ella, un trozo de América arraigó en la lengua y se quedó también en ella. El Inca Garcilaso y sus «Comentarios Reales» son el mejor símbolo de ambos momentos. Él es el mestizo cuzqueño que encuentra una segunda patria en la cultura que los españoles llevan a las Indias –Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Fernando de Rojas, Garcilaso, Fray Luis de León…–, y es también el hombre de letras que al final de sus días responde al llamamiento del suelo nativo relatando el glorioso pasado de sus antepasados incas en una lengua que domina a la perfección y maneja con la seguridad y la magia de un orfebre: un idioma que si hoy hablan millones de americanos no fue por las espadas ahogadas en sangre, como les gusta proclamar a los inquisidores de la conquista española, sino porque fue capaz de nombrar, como Adán el primer día, la realidad del Nuevo Mundo, de amarlo y de contarlo.

Entradas populares