¿Qué lleva a un alto funcionario bien remunerado, con una brillante carrera académica y un sólido prestigio profesional a traicionar a su país?

John Cairncross, el traidor que reveló los secretos del Reino Unido a la Unión Soviética

El espía reconoció su culpabilidad, pero no fue juzgado por su traición: nadie quería un nuevo escándalo que pusiera en duda la eficacia del MI5
John Cairncross
John Cairncross
¿Qué lleva a un alto funcionario bien remunerado, con una brillante carrera académica y un sólido prestigio profesional a traicionar a su país? No hay una respuesta convincente a esta pregunta, pero esto es lo que hizo John Cairncross, doble agente al servicio de la Unión Soviética en los años 40 y miembro del llamado Círculo de Cambridge.

Durante cuatro décadas, se había especulado sobre la identidad de un espía que fue bautizado como «el quinto hombre». Los otros cuatro eran Kim Philby, el más importante, que huyó a Moscú en 1963, Guy Burgess, Donald Maclean y Anthony Blunt, todos ellos reclutados en Cambridge. Nadie supo con certeza su nombre hasta que en 1990 Oleg Gordievsky desertó del KGB. Entre los muchos secretos que reveló, Gordievsky confirmó que Cairncross había entregado a la inteligencia soviética miles de documentos durante más de una década. Era «el quinto hombre» sobre el que tanto se había especulado.

Los servicios británicos habían descubierto en 1951 una nota sospechosa manuscrita de Cairncross entre los papeles de Guy Burgess, que se había fugado a Moscú. Tras un duro interrogatorio, el espía reconoció su culpabilidad, pero no fue juzgado por su traición. Nadie quería un nuevo escándalo que pusiera en duda la eficacia del MI5, la agencia de contraespionaje, por lo que la historia fue ocultada al público.

Cairncross simplemente perdió su condición de alto funcionario a la que había accedido en 1936. Y decidió a emigrar a Estados Unidos, donde fue fichado por la Universidad de Northwestern como lector. No tuvo ningún problema en encontrar ese trabajo porque había estudiado en la Sorbona y en el Trinity de Cambridge, donde conoció a Burgess, había sido número uno en su oposición al Foreign Office y dominaba el francés y el alemán.

Todos los que le conocieron le describen como un hombre tímido, callado y eficiente. Pero lo cierto es que Cairncross había sido reclutado en 1937 por los soviéticos, a los que entregó valiosísima información como diplomático, espía y alto funcionario del Gabinete.

Hijo de un ferretero y una maestra, empezó a demostrar su fidelidad al comunismo cuando fue destinado en 1942 a Bletchley Park, el centro donde se descifraban los códigos alemanes de guerra, que logró desencriptar la máquina Enigma. Desde allí, les pasó a los soviéticos las transcripciones de Tunny, el sistema que interceptaba las comunicaciones de la Marina con Berlín.

Bautizado con el nombre en clave de «Liszt» por su afición a la música, Cairncross transmitió a Stalin los documentos internos de la inteligencia militar británica sobre la estrategia alemana en la batalla de Kursk, revelando con ello que sus compatriotas tenían acceso a los códigos del Alto Mando de Hitler.

Tras el final de la guerra, Cairncross entró en el MI6, el espionaje británico en el exterior, y luego accedió al Ministerio de Armamento, lo que le permitió entregar a Moscú durante al menos tres años decenas de documentos sobre el Manhattan Project, el programa para construir bombas atómicas de EE.UU.

En los últimos años de su vida profesional, Cairncross trabajó de funcionario en la FAO, la organización de desarrollo agrario de la ONU, y se convirtió en un experto sobre literatura francesa del siglo XVII. Murió en Inglaterra en 1995 tras haber publicado sus memorias.

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