Colombia: No solo un error, sino un desafío improcedente, fue el acto de la dirigencia de la minga indígena de querer poner al Jefe de Estado, quien tenía voluntad de diálogo, contra la pared.

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Luego de casi un mes de haber bloqueado por tierra el suroccidente del país, con enormes pérdidas económicas todavía sin cuantificar, y de que el Gobierno firmara un acuerdo con la minga indígena del Cauca para levantar el cierre ilegal de la vía Panamericana, los dirigentes de este movimiento pudieron haberse sentido crecidos como un nuevo poder fáctico nacional, y eso les llevó a un lamentable error de juicio, al convertir la posibilidad de encuentro y diálogo con el Presidente de la República en un desafío innecesario en el que cerraron esa opción.

No tiene sentido que los dirigentes de la minga se hayan negado a realizar un desplazamiento de 200 metros, donde el equipo de seguridad del Primer Mandatario tenía dispuesto todo el operativo de seguridad, y así darle altura al pacto, este sí creíble y posible dentro de las posibilidades presupuestales del Gobierno.

Había serias advertencias del fiscal General sobre la seguridad del presidente. Un asunto con el que no se juega, un factor que jamás se debe arriesgar. La integridad de la persona va indisolublemente unida a su dignidad como jefe de Estado. Por lo tanto, hacer populismo temerario de cuenta de un emplazamiento de la minga, más como un propósito publicitario que como efectividad real a lo pactado, no tenía sentido.

La figura presidencial en el acto convalidaría lo logrado en la mesa la semana pasada, una aspiración de los propios indígenas, cansados de firmar pactos con funcionarios del Gobierno central que poco se cumplían. La actitud de los indígenas de desatender al jefe de Estado fue, repetimos, un tremendo error, que lejos de dignificar sus luchas y poner un punto de honor a su movimiento y aspiraciones, contradice los postulados de su sabiduría ancestral.

La minga deja lecciones que no pueden ignorarse. No es posible que hayan llegado las cosas a las vías de hecho y a los actos de fuerza cuando el movimiento llevaba más de dos años reclamando acuerdos pactados desde otros gobiernos, no solo el anterior.

Al margen del respeto que merecen los indígenas, la justeza de su causa y el derecho a la movilización –pacífica, sin vulnerar los derechos de los demás–, es grave que este tipo de movimientos resulten fácilmente infiltrables por personas y movimientos más interesados en sacar provecho indebido, crear zozobra y deslegitimar las movilizaciones, que en el reconocimiento y dignificación de las propuestas.

También es condenable que no solo la minga sino otros movimientos como los paros camioneros, cafeteros, campesinos sean aprovechados con fines electoralistas, populistas, para afianzar caudillajes a un costo enorme para la economía y el orden público nacional.

El Gobierno debe estar atento, escuchar a las regiones, a los gobernantes y líderes locales, para auscultar el sentir del país y no toparse con hechos consumados, ya crecidos y ante los cuales la capacidad de interlocución queda severamente reducida. Y, peor, perdiendo el control de zonas enteras que son cruciales para la actividad económica, comercial, agrícola y de servicios para la nación. No se pueden repetir esas omisiones cuando se esfuerza el presidente en despejar su agenda de gobernabilidad.

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