APOLO 11 Los astronautas




Un retrato de la ciudad natal de Neil Armstrong, una entrevista a Buzz Aldrin y una semblanza de Michael Collins. Un repaso a la tripulación de la misión Apolo 11.
NEIL ARMSTRONGEl héroe de la América profundapor Javier Ansorena Wapakoneta (Ohio)

Wakaponeta, el pueblo en medio de ninguna parte donde nació el primer hombre en pisar la Luna, celebra la gesta del más célebre de sus hijosDesfile en las calles de Wapakoneta que celebra los 50 años de la misión Apolo 11Fotos ABC

Camino a Wapakoneta, la vista se entumece con la película circular de campos de maíz y granjas de listones de madera blanca sobre una llanura desparramada, interminable. Solo los mapaches muertos en los arcenes recuerdan que aquí hay vida y, al anochecer, las luciérnagas indican el camino a ninguna parte. En efecto, acabas de llegar a ‘the middle of nowhere’, el medio de ningún lugar que son tantos pueblos de la América profunda. Profundamente rural, patriótica, tradicional, trumpista -aquí ganó el presidente de EE.UU. con el 80% de los votos- y orgullosa.

Wapakoneta, en el Oeste de Ohio, cerca del límite con Indiana, podría ser cualquier pueblo del país olvidado que desprecian los progres urbanos, con su iglesia y su juzgado, con calles desiertas y las peores franquicias de comida rápida, donde no ha llegado la corrección política -el nombre del equipo del instituto son los ‘redskins’, los pieles rojas-, con gente que cree en Dios, en el campo, en el ejército, en el equipo de fútbol americano de su instituto y en el olor a combustible.

Wapakoneta, casi diez mil habitantes, es todo eso, pero también es la patria chica de un semidiós americano: Neil Armstrong, el primer hombre en poner el pie en la Luna. El gran protagonista del mayor hito de la historia moderna, la aventura que certificó el dominio económico, tecnológico y militar de EE.UU., no fue un graduado de Harvard o del MIT, ni el descendiente de una dinastía militar o política. Sino un chico criado entre campos de maíz, formado en la educación pública, que fue a la universidad gracias a una beca de la Armada y que regresó a Ohio para ser profesor universitario tras su hazaña.

“Es uno de los nuestros”, resume con orgullo Deb Zwez, una vecina de Wapakoneta que, como todoslos veteranos del pueblo, conoció a Armstrong en persona. Lleva puesta una camiseta con la página del periódico local que recogió la noticia de la conquista de la Luna y ha llegado a la calle principal de Wapakoneta montada en un carrito de golf rematado con un hinchable del ‘Space Shuttle’ de la NASA. Todo el pueblo, y miles de visitantes de otros condados del estado, está congregado para un desfile conmemorativo de los cincuenta años de la misión Apolo 11, dentro de un ciclo de festejos que se alarga hasta la semana que viene. Los escaparates -da igual que sea una tienda de antigüedades que de trajes de noviastienen fotos y frases del ídolo. Las familias se han desplegado en las aceras, con la cara de Armstrong en sus camisetas y banderitas de las barras y las estrellas en la mano, los rostros enrojecidos en la humedad y la solana de una tarde de julio.

“Somos gente dura, trabajadora”, dice Zwez sobre por qué de estas llanuras salió el astronauta más célebre de la historia, mientras pasa la comitiva del desfile: el alcalde en un descapotable amarillo, muñecos caseros que imitan a un astronauta, ‘majorettes’ y chicos pasados de kilos del equipo de fútbol, barbudos en Harley Davidson atronando sus motores... “Gente criada en granjas, que aman a su país y que educaron bien a sus hijos”, añade al paso de otros protagonistas: la anciana que fue al baile de graduación con Armstrong, una imitación de un tanque de combate, una procesión de tractores y dos alemanes venidos desde Ladbergen, el pueblo originario de la familia materna de Armstrong.De izquierda a derecha: un cartel de Wapakoneta hace gala de ser el hogar del héroe, una placa que señala la ubicación de la casa del astronauta, la propia casa del astronauta

Lo que cuenta Zwez no es palabrería patriótica y pueblerina. Los siete astronautas del primer programa espacial de la NASA, Mercury, venían de entornos como el de Wapakoneta, de pueblos de Indiana, Wisconsin, Oklahoma o New Hampshire. Ningún estado del país tiene más astronautas per capita que Ohio. Algo hubo en el campo americano, en el Smallville de ‘Superman’, en su código de valores, que fue decisivo en su protagonismo en la conquista espacial.

En las afueras del pueblo, Dante Centuori añade otro elemento: la fascinación por la aviación en Ohio. Él dirige el pequeño Museo Armstrong, y muestra con orgullo alguna pieza original de la misión Apolo 11 -unos calapiés por si fallaban las sujeciones del traje espacial en el regreso a la Tierra-, un traje espacial de repuesto -“el original está en el Smithsonian”, se disculpa-, una recreación de la cápsula Gemini con la que hizo méritos para comandar la misión Apolo 11 y el avión con el que Armstrong voló en solitario por primera vez, a los 16 años, en el aeródromo del pueblo, hoy convertido en otro campo de maíz. “Los hermanos Wright sin duda tuvieron gran influencia en él”, dice sobre los pioneros de la aviación estadounidense, oriundos de Dayton, apenas a una hora al Sur en coche.

La pasión de Armstrong fueron los aviones. Los modeló de niño, los manejó de adolescente, fue piloto de caza en la Guerra de Corea, donde salvó el pellejo de milagro, y probador de naves experimentales antes de entrar en la carrera espacial.

Llegó más lejos que nadie, pero nunca se soltó del todo de su pueblo. “La última que vino por aquí fue en la reunión del 65 aniversario de su graduación”, dice Mike Benny, un primo lejano del astronauta, mientras se refresca con una cerveza. Armstrong falleció en 2012, a los 82 años, alejado de la vida pública casi desde que regresó de la Luna. “Todos sus amigos siguieron aquí y se sentía su presencia en el pueblo”, añade Benny.

‘Orgullo’ es la palabra que más repiten los vecinos cuando se les pregunta por Armstrong. ¿Es un mito, una leyenda? “No. Es un héroe. Un héroe del pueblo, uno de los nuestros”, insiste con convicción Zwez. Pronto Wapakoneta volverá a la normalidad, al saludo en la gasolinera, a las charlas con el codo en la barra del Alpha o del Ohio, al partido de los viernes, a la misa de domingo. Llegará la cosecha del final del verano, la preparación para Halloween, las heladas del invierno. Siempre con un ojo puesto en la Luna, donde uno de los suyos dejó su huella antes que nadie.
ENTREVISTA A BUZZ ALDRIN, SEGUNDO HOMBRE EN PISAR LA LUNA EN 1969«Fuimos en misión de paz para toda la humanidad»por David Alandete Washington

Tan pocas eran las probabilidades de que Buzz Aldrin regresara con vida de la misión más importante de la humanidad en el espacio, que el presidente de Estados Unidos, que entonces era Richard Nixon, tenía preparada una pequeña nota de pésame: «El destino ha querido que los hombres que fueron a la Luna a explorarla pacíficamente se queden en esa misma Luna a descansar en paz». No fue necesario que Nixon la leyera, porque Aldrin y el otro astronauta que puso por primera vez el pie en la Luna, Neil Armstrong, completaron con éxito su misión y volvieron a casa sanos y salvos.

Han pasado 50 largos años y Aldrin, que a día de hoy es una de las últimas cuatro personas vivas en haber pisado la Luna, sigue vivo y muy activo, dando charlas y participando en debates en todo el planeta sobre exploración espacial y el futuro de la humanidad. En febrero fue uno de los invitados de honor del presidente Donald Trump en su discurso anual sobre el estado de la Unión, quien le saludó ante las dos cámaras del Capitolio en pleno como «uno de los valientes pilotos que volaron 400.000 kilómetros en el espacio para plantar una bandera americana en la Luna».

No es fácil dar con Aldrin hoy en día, inmerso como está en congresos de todo el mundo sobre el regreso del hombre a la Luna y la posible llegada a Marte, además de galas de celebración y homenaje por los 50 años de su gesta. Es uno de los científicos que ha asesorado al presidente Trump en su plan para regresar a la Luna para establecer allí una colonia en 2024. Hace exactamente 50 años fue la segunda persona viva en recorrer el único satélite de la tierra, y tras 21 horas de trabajo volvió con 20 kilos de rocas que han sido fundamentales para el estudio de la Luna y el espacio.

El 16 de Julio de 1969, Aldrin despegó de Cabo Cañaveral a bordo del Apolo 11, propulsado este por el cohete Saturno V. Armstrong (fallecido en 2012) comandaba la misión, en la que participó un tercer astronauta, Michael Collins. Recuerda Aldrin hoy: «Sentimos alivio al ver que el lanzamiento proseguía». «El despegue fue casi imperceptible de lo fino que fue durante las primeras etapas, y no detectamos nada inesperado. Sabíamos que estábamos acelerando pero el despegue fue tan suave, comparado con el lanzamiento del programa Gemini, que no percibimos el instante en que dejamos de tocar tierra», añade.El piloto del Águila narra cómo vivió junto a Neil Armstrong el día más increíble de sus vidas en el «desolado» paisaje lunar, una hazaña que «logró unir a cientos de millones de personas y puede repetirse»

Aldrin (Glenn Ridge, Nueva Jersey, 1930) sabe de qué habla porque en 1966 fue el piloto de la última misión Gemini, la número 12. Tras esas misiones, dedicadas a recorrer la órbita terrestre, la NASA lanzó Apolo, con la intención de llegar a la Luna. Antes, Aldrin había servido en la Fuerza Árera de su país, tras quedar tercero en su promoción de la academia militar. Sirvió en la guerra de Corea pilotando cazas F-86 Sabres en 66 misiones de combate y posteriormente estuvo destinado a Alemania Occidental como piloto de cazabombarderos F100. En 1963 se doctoró en ingeniería astronáutica por el Massachusetts Institute of Technology.

Después de dar una vuelta alrededor de la Tierra y el tránsito a la órbita del satélite, el módulo lunar, apodado Águila y tripulado por Armstrong y Aldrin, se separó e inició el descenso motorizado, la parte más crítica de la misión. Fueron dos horas de camino, en las que Aldrin presenció la llegada a la Luna a través de una ventanilla triangular. «El descenso fue muy interesante», recuerda. «Sabíamos que estábamos quemando mucho combustible. Entonces escuchamos la señal de que nos quedaban 30 segundos. Si se agotaba el combustible, sabíamos que tendríamos un aterrizaje muy duro. Entonces vimos la sombra que proyectábamos. Eso era algo nuevo, no era ya un simulador. Recuerdo el polvo levantado, que creó una nube. No eran partículas pequeñas sino una nube, por nuestro motor. Las luces se encendieron y recuerdo que dije: ‘Luces de contacto, motor parado’. Y tecleé el número 413 para que el control de la misión supiera que habíamos seguido los protocolos. Yo no lo recuerdo pero Neil [Armstrong] decía que nos dimos la mano y sí me acuerdo de que le puse la mano en el hombro y los dos sonreímos».

Era 20 de julio de 1969 y tras 109 horas, 07 minutos y 33 segundos de vuelo, Armstrong salió del módulo lunar y puso el pie en la Luna. «Bajamos por la escalerilla. Mientras Neil descendía, escuchamos al centro de control diciendo por radio que recibían nuestra imagen pero que estaba boca abajo. Vieron que él estaba en la escalera. Yo veía la parte superior de su cabeza y le oí decir que iba a bajar del módulo lunar y dijo aquello de ‘un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad’. Eso no estaba en nuestra lista de cosas que hacer, fue idea de Neil», dice Aldrin.

Exactamente 19 segundos después, Aldrin bajó del Águila. «Me coloqué en posición de bajar, descendí por la escalerilla y salté teniendo mucho cuidado de no cerrar la puerta que quedaba detrás de mí. Cuando finalmente me bajé miré alrededor, era fácil mantener el equilibrio, y recuerdo que exclamé ‘¡magnífica desolación!’».

— ¿Por qué esas palabras?

— Creo que porque era algo magnífico, estábamos allí, habíamos llegado y el paisaje era algo desolado. Pero una desolación magnífica. Creo recordar que Neil también dijo algo sobre la belleza del paisaje.

La NASA bautizó la planicie donde se encontraban Mare Tranquillitatis o Mar de la Tranquilidad. Y hasta allí llamó la Casa Blanca, la conversación telefónica de mayor distancia de la Historia, 384.400 kilómetros para que Nixon felicitara a Armstrong y Aldrin. «En este momento único en la Historia del mundo, todos los pueblos de la Tierra forman uno solo. Lo que han hecho los enorgullece y rezamos para que vuelvan sanos y salvos a la Tierra». Los dos astronautas saludaron y siguieron trabajando.

Ambos, los primeros seres humanos en pisar una superficie que no fuera de la Tierra, pasaron las siguientes horas tomando fotografías y recolectando kilos de rocas lunares y muestras del suelo. Plantaron la bandera de Estados Unidos e instalaron un sismógrafo para registrar los movimientos del satélite y un reflector láser para medir la distancia exacta de la Luna a la Tierra. Desvelaron una placa que quedó en la Luna y en la que se lee «aquí, hombres del planeta Tierra por primera vez pusieron el pie en la luna, julio de 1969 A.D., vinimos en paz para toda la humanidad». Los dos trabajaban con la Tierra de fondo, ante la mirada atenta del mundo, que veía las emisiones televisadas en directo, el programa de telerrealidad más importante de la historia.

— ¿Qué pensó en aquel momento tan importante, con toda esa audiencia mundial viéndole?

— Realmente no pensamos mucho en eso. Estábamos centrados en comunicarnos con el control de la misión... aquellas eran las personas en las que teníamos que pensar. Neil decidió dónde colocar la cámara, y yo me quedé a cargo de los dos experimentos y los llevé a cabo. Estábamos centrados en los experimentos, asegurándonos de que los aparatos estuvieran apuntando hacia el Sol.

— Tras 50 años, ¿qué piensa de la misión?

— La misión Apolo 11 significó muchas cosas distintas para muchas personas. Para mí, fue el objetivo que todos nos habíamos marcado, aquello por lo que habíamos trabajado y para lo que nos habíamos preparado, el punto máximo del servicio a una nación a la que amamos sin tapujos, el clímax de la aviación y la exploración. Para mis colegas y para mí, Apolo fue una misión de enorme importancia para la seguridad nacional, una forma de demostrar la naturaleza excepcional de EE.UU., abriendo un camino a seguir para toda la humanidad, en el espacio y hacia la paz aquí en la Tierra.

— ¿Qué significó para su país?

— El Águila [el símbolo nacional de Estados Unidos] aterrizó. Caminamos en la Luna, hicimos nuestros experimentos, tomamos las rocas, dejamos la placa. Vinimos en misión de paz para toda la humanidad. Encendimos el motor de salida y volvimos sanos y salvos a casa. Sentimos que aquello era lo que América podía hacer, lo que América es y significa, cuando sus ciudadanos nos unimos en una causa común. El Apolo demostró que esta nación, esta América, es capaz de hacer lo que es necesario cuando el destino lo requiere. Fue un honor, un privilegio, lo pensaba en 1969 y lo pienso ahora. Esta nación ha sido bendecida y tenemos suerte de ser parte de ella.Buzz Aldrin, fotografiado por Neil Armstrong en el módulo lunar del Apolo 11 antes del alunizajeFotos NASA

Exactamente 21 horas y 36 minutos estuvieron Armstrong y Aldrin en la superficie lunar. Fue en el despegue del módulo lunar, para acoplarse a la nave en la órbita del satélite, cuando el presidente Nixon preparó una breve esquela por si se producía algún accidente. La misión fue sin embargo un éxito para los tres astronautas, para la NASA y para EE.UU. Tres días de viaje después, el Apolo 11 regresó a la atmósfera terrestre a 15.000 kilómetros por hora, amerizando en el Pacífico, a 800 millas náuticas de Hawái. Los tres hombres estuvieron 21 días en cuarentena por si portaban bacterias peligrosas de su aventura espacial.

Según recuerda Aldrin, «no tuvimos más remedio que relajarnos luego en la cuarentena, pero en el descenso tuvimos que estar pendientes de cuándo nos acercábamos al agua para desplegar los paracaídas con un interruptor. No sabíamos exactamente a qué altura estábamos y en el descenso tuvimos muchas turbulencias, nos ladeamos antes de activar los paracaídas y luego estos nos inclinaron para el otro lado».

Dentro de un contenedor de aislamiento, los tres hombres fueron trasladados a la cubierta del portaaviones USS Hornet, donde los esperaba el presidente Nixon acompañado de sus familias. «Nos pusieron en un remolque de contención que tenía una sola ventana. Cuando tocaron el himno nacional, quisimos cuadrarnos. Pero la ventana era muy baja, y nos dimos cuenta de que si estábamos firmes junto a la ventana, las cámaras sólo captarían nuestras piernas, por lo que decidimos agacharnos y arrodillarnos junto a la ventana». Esa es la imagen que ha quedado para la historia, tres hombres agachados tras un escaparate, sonrientes, orgullosos, conscientes de haber completado la mayor aventura de toda la humanidad.

«A veces pienso que los tres nos perdimos algo del momento», dice Aldrin, «que no nos dimos cuenta de lo importante de aquel momento, pero entonces recuerdo que estábamos allí en la Luna, y el mundo, todo el mundo se unía más. Me doy cuenta de que cientos de millones vieron su propio reflejo en nuestras escafandras, mientras hacíamos algo que no se había hecho antes. Incluso ahora, nos decimos a nosotros mismos: si América puso a unos hombres en la Luna, ¿qué no podemos hacer? Y ese sentimiento es correcto. Lo hicimos entonces, y podemos hacerlo ahora».

Tras Armstrong y Aldrin, y hasta 1972, 10 astronautas pisaron la Luna en otras cinco misiones. Aparte de Aldrin, sólo viven David Scott, Charles Duke y Harrison Schmitt.

(El texto continúa después del gráfico)LA FINA PIEL ENTRE NOSOTROS Y EL ABISMOCapas del traje espacial que vistieron los astronautas de la misión Apolo 11 (De derecha a izquierda) Traje refrigerante: mantenía estable la temperatura - Interior del traje: incluía en el casco de vuelo y el gorro de comunicaciones - Exterior del traje: con el sobrecasco que se usó en la superficie lunar, el visor dorado servía para reducir el brillo del Sol y de la superficie lunar - Guantes: Usaron dos tipos, los de vuelo, con mayor sensibilidad, y los utilizados en el exterior, mucho más rígidos - Botas: de dos capas para evitar su perforación.

Cinco días antes de que despegara el Apolo 11, el 11 de julio de 1969, se publicaba ‘Space Oddity’, la célebre canción de David Bowie en la que un astronauta solitario -el mayor Tom- flotaba “en una lata” en el espacio “muy por encima de la Luna” y perdía contacto con la Tierra. Si alguien pudo parecerse pocos días después al viajero espacial de Bowie fue Michael Collins.

Él fue el astronauta olvidado. Su nombre es el que más cuesta recordar en la misión Apolo 11. Él no tuvo el privilegio de pisar el polvo lunar, como Neil Armstrong y Buzz Aldrin. Su cometido, tan fundamental para el éxito de la misión como el resto, era orbitar la Luna en la nave Columbia mientras Armstrong y Aldrin descendían al satélite en la cápsula Eagle.

En el momento que la tripulación se dividió, Collins se convirtió en la persona más solitaria de la humanidad. Solo, en una carcasa metálica, alejado de la Tierra y de cualquier otro ser humano. Al colocarse en el lado oscuro de la Luna, perdió toda comunicación con el control y con los otros dos astronautas. Era el mayor Tom.

Se ha escrito mucho de la soledad de Collins. También lo hizo él en sus memorias de la misión Apolo 11, ‘Carrying the fire’, considerado el mejor libro escrito por un astronauta: “Ahora estoy solo, verdaderamente solo y completamente aislado de cualquier tipo de vida”. Él rechazó la etiqueta que le colocaron de quedar en ese momento como ‘la persona más sola del universo’. La soledad a la que realmente temía era la de volver sin compañía a la Tierra. Uno de las fases más críticas de Apolo 11 era el regreso del Eagle, con el que Armstrong y Aldrin habían descendido a la Luna, de vuelta a la nave Columbia, donde les esperaba Collins. Cualquier fallo en el propulsor supondría que morirían en la Luna. El presidente de EE.UU., Richard Nixon, tenía un comunicado preparado para ese caso.

Nada de eso ocurrió y los tres volvieron a salvo a la Tierra. No todos regresaron igual. Aldrin cayó en el alcoholismo, Armstrong se apartó de la vida pública. Collins tuvo una exitosa carrera en las instituciones públicas y en la empresa privada.

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