Cincuenta años después, todo está preparado para regresar a la Luna, pero esta vez será permanente.


EL FUTURO DE LA EXPLORACIÓN ESPACIAL

La próxima será para quedarse
Desde hace más de 4.000 millones de años, el Sol está sembrando el espacio a nuestro alrededor con un elemento que podría cambiar nuestras vidas en el futuro. Se trata de Helio 3, un isótopo del helio que parece hecho a medida para ser el combustible de las futuras plantas de fusión nuclear. La fusión del Helio 3, en efecto, no produce residuos radiactivos, y es tan energética que apenas 25 toneladas serían suficientes para abastecer todas las necesidades de EE.UU. durante un año entero.

El problema, sin embargo, es que en la Tierra el Helio 3 es muy escaso. Sus átomos son eliminados por la atmósfera y el escudo magnético terrestres. Pero en la Luna la cosa es muy distinta. Allí no hay atmósfera, y su campo magnético es tan débil que no supone un obstáculo para la entrada de este valioso gas, que llega a caballo del viento solar y se mezcla, en el suelo, con el regolito de la polvorienta superficie de nuestro satélite. Se estima que las reservas lunares de Helio 3 suman un total de 1,1 millones de toneladas métricas. Cantidad más que suficiente para cubrir todas las necesidades energéticas de la Tierra durante siglos.
El Helio 3, por lo tanto, se ha convertido en una de las principales razones para volver a la Luna. Y esta vez para quedarse. Es cierto que los desafíos científicos y tecnológicos son enormes. La extracción de cada tonelada de Helio 3, por ejemplo, supondrá tener que procesar hasta 150 toneladas de suelo lunar, pero la buena noticia es que la tecnología minera para hacerlo ya está disponible. Solo hay que llevarla hasta allí, y para eso hace falta, primero, demostrar que somos capaces de sobrevivir en una base permanente en un mundo fuera de la Tierra y en el que todo parece pensado para matarnos, desde la intensa radiación espacial a las bajísimas temperaturas, la ausencia de agua o las afiladísimas partículas de las que está hecho el regolito, auténticas cuchillas en miniatura capaces de rasgar trajes espaciales.
El comienzo de la minería espacial

Pero la promesa de una energía limpia e inagotable no es la única razón para volver a la Luna. En la visión de las principales agencias espaciales, en efecto, la Luna está llamada a convertirse, también, en la «puerta de entrada» de la Humanidad al espacio exterior. Ya no basta con ir a echar un vistazo a un asteroide. Ahora queremos explotar sus enormes recursos minerales, ya sea «in situ» o transportándo la roca entera hasta las proximidades de la Tierra. Es decir, la Luna.

Desde que la Administración Obama abriera en 2015 la explotación comercial del espacio a las empresas privadas con la U.S. Commercial Space Launch Competitiveness Act, varias compañías, como Planetary Resources o Deep Space Industries, se han lanzado a buscar los asteroides más idóneos y ricos en minerales. Por primera vez desde larestrictiva Space Act de 1958, que en la práctica prohibía la propiedad privada fuera de la Tierra, cualquier compañía que tenga los medios necesarios para llegar a un asteroide y explotarlo será ahora, de pleno derecho, la propietaria de todos los recursos que consiga extraer de él. En otras palabras, la ley de Obama abrió las puertas de un nuevo y lucrativo negocio, la minería espacial. A modo de ejemplo, baste con señalar que el beneficio neto que se podría obtener de un pequeño asteroide de 50 metros (y los hay de hasta 1.000 km) ronda los 500.000 millones de dólares.



Grandes estaciones espaciales situadas en lugares estratégicos del Sistema Solar harían las veces de muelles de carga y bases de operaciones para las naves mineras encargadas de la explotación y el transporte de los minerales a la Tierra. Pero ese objetivo requiere, una vez más, de infraestructuras y bases permanentes en la Luna.

Los grandes cargueros, en efecto, saldrían de nuestro satélite, y a él volverían con su preciada carga. Desde allí, los minerales serían después llevados a la Tierra por una flota de naves de transporte, mucho más ligeras. Por supuesto, eso requiere que la Luna se convierta en un auténtico puerto espacial.
La vuelta, en 2024

Por supuesto, y aunque el mayor impulso para volver a la Luna sea el económico, también la ciencia se beneficiará enormemente de esta nueva «fiebre lunar». Mayores y mejores naves de exploración, especialmente las tripuladas, podrán ser ensambladas directamente allí, y desde la Luna podrán viajar al espacio sin necesidad de tener que luchar contra la gravedad terrestre. Lanzar naves desde la Luna sería mucho más sencillo. Su velocidad de escape es de apenas 2,38 km/s, lo cual significa que se podrían lanzar naves mucho más grandes y pesadas, y con un coste mucho menor. Si realmente queremos llevar humanos a otros planetas, incluso a otras estrellas, las naves espaciales tendrán que salir desde allí.

Por otra parte, la cara oculta de la Luna sería, también, el lugar adecuado para instalar telescopios. Desde allí, las capacidades de observación de los astrónomos se multiplicarían por cien. Con uno o varios grandes telescopios en la Luna, nuestro conocimiento del Universo crecería de forma exponencial. En el Centro Goddard de Vuelos Espaciales de la NASA, por ejemplo, se está proyectando un gran telescopio de 50 metros que, además, se construiría directamente allí y con material lunar.

Ilustración que muestra a los astronautas en un módulo lunarNASA

Así las cosas, no resulta extraño que todas las grandes potencias y agencias espaciales del mundo hayan convertido a la Luna en una prioridad. Estados Unidos, China, India, Japón, Gran Bretaña... La administración Trump, por ejemplo, ha fijado ya una fecha para el regreso a la Luna de astronautas americanos. Será en 2024, y la idea es que esa y las misiones tripuladas que la seguirán preparen el terreno para el establecimiento de una base permanente en la Luna. En los planes de la NASA, ese es un paso imprescindible para abordar después, hacia 2030, el gran objetivo de enviar humanos a Marte.

De este modo, la Luna se convertirá en un enorme banco de pruebas en el que se probarán toda clase de nuevas tecnologías, desde sistemas de obtención de agua a nuevos trajes espaciales, con el objetivo de demostrar que el hombre es capaz de subsistir largas temporadas fuera de la Tierra y aprovechando los escasos recursos de un mundo extraño. Desde luego, tiene toda la lógica hacer las pruebas en la Luna, que solo está a tres días de viaje, antes de enviar una tripulación a Marte, donde estaría completamente sola y dependiendo únicamente de sus medios.

Dentro de los programas de la NASA está también la construcción de una estación orbital en la Luna, que haría de enlace con la base de superficie, de modo que en los próximos años seremos testigos de cómo, por primera vez, una nave espacial captura un asteroide y lo transporta hasta la órbita lunar, donde será abordado por astronautas. El objetivo es demostrar si esa fórmula resulta viable como método para la futura minería espacial, la industria que sin duda más impulsará nuestro regreso a la Luna.
El octavo continente

Europa, por su parte, pretende asociarse con toda clase de empresas privadas para construir un «poblado lunar» en la década de los 30. Bajo el nombre de Moon Village, se trataría de una colonia permanente y cuyo tamaño iría creciendo hasta albergar a unas 1.000 personas en 2040. China y Japón también tienen sus propios proyectos de colonias lunares. Según dijo a ABC Bernard Foing, director del Grupo Internacional de Exploración Lunar de la ESA y líder de ese ambicioso proyecto, «la Luna es el octavo continente de la Tierra. Habrá varias bases, pero se podrán intercambiar conocimientos y recursos. y compartir instrumentos y tecnologías. Igual que en el Polo sur hay bases de muchos países y todos colaboran. No habrá fronteras. Según la ley, la Luna es de todos, ningún país puede apropiarse de ella, pero sí usar los recursos que consiga. Y no se olvide de las empresas privadas. Hay cientos de ellas que están interesadas, desde empresas mineras a las que se dedican a la robótica, fabricantes, a la impresión 3D... Existe un estudio del arquitecto Norman Foster para imprimir los módulos de la base lunar allí mismo. Estamos estudiando aquí, en la Tierra, cómo se podría implementar esta tecnología en la Luna. Por eso es importante empezar a estar allí. Y que todos empecemos cuanto antes a colaborar».
 José Manuel Nieves

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