Rusia perdió la primera batalla hacia la Luna, donde quiere volver ahora Trump mientras Moscú pretende poner un pie en Venus y Marte

Los astronautas Andrew Morgan, Alexander Skvortsov y Luca Parmitano - REUTERS

La carrera espacial entre las superpotencias



1. Trump quiere poner en la Luna a un hombre y una mujer antes de irse de la Casa Blanca
Trump firma en 2017 la autorización de más recursos para la NASA

La llegada del Donald Trump ha decidido que sea una parte esencial de su legado. Si todo va de acuerdo con sus planes y es reelegido, abandonará la presidencia justo después de enviar una misión para que un hombre y, por primera vez, una mujer, pisen la luna. El presidente ha removido todo lo que podía remover: ha pedido 1.600 millones de dólares al Capitolio, ha despedido a directivos de la NASA y ha autorizado que esta colabore con empresas privadas para acelerar la misión, bautizada como Artemis. El objetivo es crear una colonia en la Luna para realizar experimentos científicos y de habitabilidad entre 2024 y 2028. Y después, plantar la bandera estadounidense en Marte.

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, la cúpula de la NASA se encuentra en un estado de alerta permanente. La última vez que un ser humano pisó la luna fue en 1972, en la última misión Apolo. Durante los ocho años de presidencia de Barack Obama, la agencia espacial se centró en la orden, imprecisa y sin fecha concreta, de ir a Marte. Pero Trump llegó al Despacho Oval con la fijación, primero, de regresar al satélite de la Tierra y, segundo, dar una fecha concreta para el descenso a Marte. El vicepresidente, Mike Pence, llegó a advertir en un discurso en marzo que si la respuesta a la orden de Trump es negativa, «hay que cambiar la institución, no la misión que se le ha encomendado a esta».

El plan es mucho más complicado de lo que parece, sobre todo por la necesidad urgente de tecnología avanzada. En 2011 la NASA retiró su único transbordador espacial, después de 30 años de servicio y 135 vuelos. En su última misión, con los astronautas Chris Ferguson, Douglas Hurley, Sandra Magnus y Rex Walheim a bordo, el transbordador llevó varios suministros logísticos y material a la Estación Espacial Internacional.

La presión por volver a la Luna y llegar a Marte forma parte de un ambicioso plan de la Casa Blanca para reivindicar su dominio del espacio frente a nuevos competidores como China o India. En 2017 Trump revivió el Consejo Nacional del Espacio para coordinar esos esfuerzos, y se sirvió de él para crear una nueva rama de las fuerzas armadas centrada en operaciones espaciales y supervisada por todo un Comando Espacial. De los 12 astronautas que EE.UU. ha enviado a la Luna en seis misiones diferentes, todos menos dos eran miembros de las fuerzas armadas.

En la primera reunión del Consejo del Espacio el vicepresidente Pence fue especialmente duro con las anteriores administraciones y con la cúpula de la NASA, a quien criticó por “renunciar voluntariamente al liderazgo en el espacio”. En una reprimenda sin precedentes, Pence acusó a la NASA de “apatía y negligencia” por haber permitido que “EE.UU. no haya enviado a un ciudadano americano más allá de la órbita baja terrestre en cinco décadas”.

Después, la Casa Blanca presentó los nuevos objetivos con plazos concretos: los planes de regresar a la Luna debían adelantarse de 2028 a 2024 y el descenso en Marte debía ocurrir como tarde en 2033. Para ello la Casa Blanca estima que el presupuesto anual de la NASA debe pasar de 21.000 millones de dólares (17.000 millones de euros) a al menos 22.600 millones, un incremento que ya ha solicitado formalmente al Capitolio.

Quien se ha resistido, ha sido despedido sin miramientos. El 12 de julio el gobierno echó a William Gerstenmaier, que dirigía el programa de exploración humana de la NASA y que se resistió a las exigencias de Trump argumentando que eran precipitadas e ilógicas. Gerstenmaier es un respetado ingeniero, veterano de guerra que llevaba en la agencia espacial desde 1977 y ha sido galardonado con numerosos premios por su dilatada carrera.

Esta semana, el director de la NASA elegido por Trump, Jim Bridenstine, ha comparecido en el Capitolio para pedir fondos y dar detalles de los planes del presidente para volver al espacio. La prioridad en este momento, según dijo, es adquirir un módulo de descenso, ya que EE.UU. carece de uno y es necesario para llevar a los astronautas a la superficie del satélite. “No tenemos uno aterrizado desde 1972, el último año en que pisamos la Luna, y necesitamos los fondos necesarios para desarrollar uno”, dijo.

De los casi 3,000 satélites que orbitan la Tierra, según la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior, unos 33 tienen uso militar y la mayoría de ellos pertenece a EE.UU., seguido de China y Rusia.

Por David Alandete, corresponsal en Washington.

2. Rusia perdió la primera carrera y mira ahora a Venus y Marte
Putin visita una exhibición de tecnología espacial en Moscú el año pasado - AFP

La llegada del ser humano a la Luna fue un hito histórico, pero la carrera espacial la comenzaron antes los soviéticos con la puesta en órbita del primer satélite artificial, el Sputnik-1, en 1957. Aquel mismo año fueron igualmente pioneros en enviar al espacio a un ser vivo, la perrita Laika. El primer hombre que viajó al cosmos fue también soviético, el ruso Yuri Gagarin, en 1961, y la primera estación espacial que entró en servicio, la «Saliut» en 1971, fue otro gran logro de la Unión Soviética.

El programa de investigación de la Luna elaborado en la URSS tomó al principio cierta delantera a los americanos. El primer ingenio que más se acerco al satélite de la Tierra, estuvo a tan sólo 5.000 kilómetros, fue el «Luna-1», en enero de 1959. En septiembre de aquel mismo año, el «Luna-2» fue el primer aparato que el hombre consiguió estrellar contra la superficie lunar y, un mes después, el «Luna-3» coronó la primicia de fotografiar una parte de la cara oculta del enigmático astro.

Los soviéticos fueron además los primeros en conseguir que un ingenio, el «Luna-9», se posara allí suavemente, el 3 de febrero de 1966, y el «Luna-10», unas semanas después, obtuvo datos sobre la composición química del satélite gracias al empleo de rayos gamma. La URSS siguió enviando sondas a la Luna, una de ellas colocó en su superficie el vehículo «Lunojod-1», e incluso experimentó una nave del tipo «Soyuz» con tortugas como pasajeros a fin de preparar el vuelo pilotado que se planeaba efectuar en 1968 con el cosmonauta Alexéi Leónov, pero que nunca se llegó a realizar.

Pero los primeros seres humanos que consiguieron volar alrededor de la Luna –dieron 10 vueltas– fueron los astronautas estadounidenses Frank Borman, James Lovell yWilliam Anders, en diciembre de 1968, a bordo de la «Apollo-8». Al año siguiente, la misión «Apollo-11» hizo que Neil Armstrong se convirtiera en el primer ser humano que puso en pie en la Luna. Así que, después de que los continuos incidentes y errores impidiesen ganar la partida a EEUU, Moscú entendió que la carrera lunar estaba perdida, se olvidó, ya en 1976, del satélite terrestre y empezó a hacer otros planes.

Se enviaron sondas a Venus y Marte, la estación «Saliut» fue sustituida por la «Mir», también rusa al cien por cien y en funcionamiento hasta marzo de 2001. El primer módulo de la Estación Espacial Internacional (ISS), el segmento ruso «Zariá», fue lanzado al espacio por un cohete Protón, en noviembre de 1998. El segundo componente ruso, el módulo «Zvezdá», llegó en julio de 2000. De los tres miembros de la primera tripulación permanente de la ISS, dos eran rusos, Serguéi Krikaliov y Yuri Guidzenko, y uno estadounidense, William Shepherd.

Desde entonces, Roskosmos, la agencia espacial rusa, sigue volcada en la plataforma orbital. A falta de naves norteamericanas, son las «Soyuz» rusas las que efectúan los traslados, no sólo de los cosmonautas rusos y estadounidenses, sino también de los europeos de la ESA, entre ellos Pedro Duque, que estuvo en la estación en 2003, y de otros muchos países. Las naves rusas de carga «Progress» son también las que abastecen regularmente el complejo.

La ISS alberga ahora tripulaciones mixtas de hasta seis astronautas, en colaboración fundamentalmente con la NASA, valiéndose de la enorme experiencia que atesora Rusia en vuelos tripulados de larga duración. El turismo espacial y el lanzamiento de satélites artificiales son también fuentes de ingresos que ayudan a Roskosmos a sobrevivir.

Más allá, Rusia tiene en el horizonte poner por fin un hombre en la Luna. Lo tiene previsto para 2030, aunque el cumplimiento de los plazos suscita dudas debido a que la misión se ha pospuesto ya en veces sucesivas. La industria espacial rusa prepara una nave con capacidad para seis cosmonautas que será probada hacia 2022. Ese periplo a la Luna, sería un paso intermedio para acometer más adelante el primer viaje tripulado a Marte, para el que Rusia entrena ya especialistas.

Roskosmos y la ESA cooperan en la investigación de Marte para determinar si hubo vida en el planeta mediante el programa ExoMars. Rusia moderniza además los propulsores de sus naves y los sistemas electrónicos.

Por Rafael M. Mañueco, corresponsal en Moscú.
3. China «empuja»a la India a sumarse a la competición
Reproducción de la sonda lunar china que se posó en la cara oculta de la Luna - EFE

Cuando Estados Unidos logró en 1969 el hito, hasta entonces de ciencia-ficción, de llevar al hombre hasta la Luna, la China de Mao purgaba en la Tierra a sus científicos e intelectuales en la «Revolución Cultural», que había empezado tres años y duraría hasta su muerte en 1976. Ese año, cuatro después de que terminaran las misiones regulares de los cohetes estadounidenses Apolo, fue el último que una sonda no tripulada, la soviética Luna 24, llegó al satélite terrestre.

Medio siglo después que el hombre pisara la Luna, una China muy distinta, pero todavía controlada por el régimen autoritario del Partido Comunista, es el país que más cerca está de volver a ella, adonde ya ha enviado dos sondas no tripuladas.

En octubre de 2007, cuatro años después de convertirse en la tercera nación en enviar un hombre al espacio, China lanzó un módulo alrededor de la Luna, el Chang´e-1, para estudiar su superficie. Tras impulsar su programa espacial con cinco misiones tripuladas y construir un laboratorio ente las estrellas, el Tiangong-1 (Palacio Celestial), en órbita hasta el año pasado, la sonda Chang´e-3 llegó en diciembre de 2013 a la Luna. Allí desplegaba un vehículo de seis ruedas, llamado Yutu (Conejo de Jade), para tomar fotografías y buscar recursos naturales. Aunque el experimento estuvo plagado de problemas, ya que el vehículo se paró al cabo de un mes tras recorrer poco más de cien metros, envió fotos y otros datos de forma intermitente hasta marzo de 2015.

Más éxito tuvo, a principios de este año, la llegada de otra sonda china, Chang´e-4, a la cara oculta de la Luna por primera vez, nuevo hito de su ambiciosa carrera espacial porque esta operación es mucho más difícil que posarse en su parte más cercana. Bautizada en honor de la diosa china de la Luna, la sonda desplegó un vehículo que salió al exterior para tomar muestras y llevar a cabo varios experimentos en colaboración con Alemania y Suecia.

Además de observar el universo y buscar minerales, la misión llevó hasta la Luna semillas de algodón, aceite de colza, y flores para plantarlas allí. En caso de que crezcan y sean viables, sería un paso decisivo en la conquista del espacio. Dotada con cámaras fotográficas, radares y espectrómetros, la sonda se propone estudiar la composición del terreno y la radiación lunar, que los científicos chinos quieren conocer antes de mandar las misiones tripuladas previstas para los próximos años.

Dentro de su auge como superpotencia, China se ha lanzado a la carrera espacial y se ha propuesto que el hombre vuelva a pisar la Luna en torno a 2035. Mientras EE.UU. se fija «nuevos horizontes» y Trump hasta medita cortar la financiación de la Estación Espacial Internacional en 2025, Pekín quiere lanzarse a la conquista de las estrellas desde la Luna, donde busca hielo y helio e incluso planea construir una base de radar habitada. Para ello, resultan decisivos los experimentos con plantas que forman parte de su última misión en la cara oculta y la construcción de una nueva estación espacial, Tiangong-2.

Pero la conquista de las estrellas de Pekín no se queda ahí, ya que también prepara el lanzamiento de una sonda no tripulada a Marte en 2020. Con China a la cabeza, Asia se ha sumado a la carrera espacial, ya que Japón envió en 2007 el satélite Kaguya a la órbita lunar. Un año después, la India hizo lo propio con el Chandrayaan 1, pero su segunda misión fue abortada hace unos días una hora antes del lanzamiento. Medio siglo después de que Armstrong diera un «pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad», China planea volver a la Luna para quedarse.



Por Pablo M. Díez

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