Thomas Midgley, uno de los inventores más peligrosos de la historia.

Thomas Midgley, en una imagen archivo

Thomas Midgley: el químico que provocó el agujero en la capa de ozono en 1930 y el mundo olvidó
Es considerado hoy como uno de los inventores más peligrosos de la historia, responsable también de la gasolina con plomo que las petroleras vendieron durante décadas a pesar de que se sabía que era tóxica

El 24 de abril de 1935, el diario «La Libertad» informaba a sus lectores de «Cómo vivirá el hombre dentro de un siglo, según las profecías del doctor Thomas Midgley». Así rezaba el titular, que en sus párrafos siguientes aseguraba que «dentro de cien años se viajará entre los planetas, se trabajará un máximo de dos horas diarias y la vida humana podrá ser prolongada indefinidamente gracias a la eliminación de las epidemias y enfermedades graves». El informe de este presidente de la Sociedad de Química Americana al que hacía referencia era «La Química en el próximo siglo».

En sus previsiones, Midgley también defendía que en 2035 «ya no se emplearán cepillos de dientes ni toallas. Y, además, habrá pollos tan gordos como cerdos y huevos del tamaño de un balón de fútbol. Los cerdos serán más bien como vacas y los toros parecerán mastodontes». «Ese año –añade el periódico dirigiéndose al lector– su problema principal será cómo divertirse después de haber trabajado sus dos horas diarias. Y los campos de golf no serán suficientes tampoco, pues se habrán hecho pelotas tan buenas que de un golpe recorrerán dos kilómetros».
Faltan aún 16 años para saber si estas profecías del doctor Midgley se cumplirán o no, aunque parece difícil que la mayoría vayan a hacerse realidad. De lo que no hablaba en su informe este ingeniero estadounidense son de las creaciones que le dieron fama (y dinero) en la primera mitad del siglo XX, pero hoy le llevan a ser considerado por muchos expertos en medio ambiente como uno de los inventores más peligrosos de la historia. Responsable, entre otras cosas, de la aceleración del cambio climático y el agujero de la capa de ozono que hoy preocupa a las principales potencias del mundo.

Gasolina con plomo

Thomas Midgley nació en Pennsylvania (Estados Unidos) en 1889 y no fue hasta 1911 cuando se graduó como ingeniero mecánico en la Universidad Cornell. Cinco años después ya estaba trabajando para General Motors, la empresa en la que alcanzó la reputación con su primer –y altamente nocivo– primer descubrimiento. Llegó a él junto al también ingeniero Charles Kettering en 1921, cuando se les ocurrió agregar un compuesto llamado tetraetilo de plomo a la gasolina de los automóviles. De esta forma, se mejoraba el proceso de combustión y se eliminaba la enorme vibración del motor y el ruido que generaba.

Este era un problema común en los motores de principios del siglo XX. Cuando se acercaba a su carga máxima, emitía una serie de ruidos y temblores que acababan por romperlo. Después de un largo estudio, Midgley descubrió que el tetraetilo de plomo –conocido con la abreviatura de TEL– eliminaba inmediatamente este problema cuando se añadía al combustible. Y no solo eso, sino que aumentaba su rendimiento y la velocidad del vehículo. Este tipo de gasolina salió al mercado en 1923, comercializada por General Motors junto a una serie de compañías petroleras y fabricantes de automóviles bajo la marca Ethyl. Viendo el beneficio y la rentabilidad de su descubrimiento, General Motors y Standard Oil formaron después la Corporación Ethyl, que monopolizó su fabricación y ventas.

Thomas Midgley se convirtió en vicepresidente y miembro destacado de la junta directiva de dicha compañía, por lo que recibía cuantiosos porcentajes de los beneficios. Quizá por eso nunca mencionó la palabra «plomo» a la hora de comercializar el TEL junto a la gasolina. El ingeniero debía saber perfectamente los peligros de envenenamiento que provocaba el plomo, puesto que eran ya bastante conocidos en esa época. Y cuando empezaron a aparecer los primeros casos entre los trabajadores que manipulaban el Ethyl, la corporación insistió en que este producto no era el causante.

Cinco muertos

En octubre de 1924, en una planta experimental en Nueva Jersey, murieron cinco trabajadores y otros 35 resultaron intoxicados. Sufrieron temblores y alucinaciones. Poco después, el propio Midgely también resultó envenenado al inhalar vapores de TEL y lavarse las manos con él en un intento de demostrar públicamente que su invento era del todo seguro. El ingeniero se vio obligado a tomarse unas vacaciones para tratarse de las consecuencias de su contacto con el plomo, aunque públicamente siguió defendiendo que no había ningún problema y que los trabajadores no habían tomado las precauciones adecuadas.

El invento de Midgley ocasionó que enormes cantidades de plomo fueran arrojadas a la atmósfera durante décadas, con los consecuentes daños para la salud que provocó en la población de muchos de los países que empezaron a utilizar esta gasolina con plomo. Según David Rosner, historiador de la Universidad de Columbia citado por «History», este episodio «presentaba, por supuesto, un dilema ético muy grande. Ya fuera porque Midgley se engañaba a sí mismo o porque mentía al mundo conscientemente, e incluso si era realmente ajeno a lo que las generaciones futuras tendrían que enfrentar con su producto».

El escándalo del TEL salpicó finalmente a la Corporación Ethyl, hasta el punto de que varios estados de Estados Unidos acabaron prohibiendo la gasolina con plomo. Por lo menos, hasta que la United States Bureau of Mines publicó un estudio que aseguraba que el TEL no suponía ningún riesgo para la salud ni el medio ambiente. Un informe en cuya elaboración, eso sí, intervino la presión ejercida por la planta, que movió los hilos necesarios para que viera la luz. A raíz de su difusión, muchos países acabaron eligiendo esta gasolina como su combustible de referencia.

En la década de los 70 aún se vendieron 370.000 toneladas de gasolina con plomo al año en todo el mundo. Su fabricación ocupó desde la década de los 50 un lugar entre las primeras industrias de Estados Unidos. En los 80 y principios de los 90 esa tendencia en la producción y venta creció, a pesar de la publicación de numerosos estudios sobre su toxicidad y acumulación en la atmósfera. Cada litro llevaba 0,52 gramos de plomo, liberando una gran cantidad de este elemento cada año. Más del 80% era en Estados Unidos a causa de su gasolina barata y de sus numerosos coches grandes y poco eficientes.

Fue a partir de esa década cuando comenzó un proceso serio de sustituir el plomo por otra serie de aditivos. Gracias a ello, a finales de los 90 las ventas de gasolina con plomo ya habían caído en Estados Unidos a los niveles de 1930. Con el cambio de siglo ya suponían, por suerte, menos del 25% de la producción de gasolina mundial. Sin embargo, el Parlamento Europeo no prohibió la gasolina sin plomo hasta el año 2000, dentro de un paquete de medidas para reforzar la legislación contra la contaminación que producen los automóviles.
Neveras mortales

Thomas Midgley fue el responsable de otro invento igual o más nocivo que el TEL: los clorofluorocarbonos o CFC. Una creación suya que mejoró la refrigeración en las casa, pero destruyó seriamente la capa de ozono. Es cierto que este daño irreparable para nuestro planeta no se descubrió hasta décadas después gracias a las investigaciones del científico mexicano Mario Molina, pero hoy es considerado ya como uno de los compuestos químicos más dañinos del mundo. Nuestro protagonista, sin embargo, murió sin saberlo, convencido de que había realizado una gran aportación al desarrollo de nuestra civilización.

Como explicaba Tom Jackson en su libro «Chilled: How Refrigeration Changed the World and Might Do So Again» («Enfriado: cómo la refrigeración cambió el mundo y podría volver a hacerlo»), publicado en 2015, «los mejores refrigerantes que se fabricaron al principio contenían éter y amoníaco, ambos altamente inflamables». Para entender lo que esto significa, el autor ponía el ejemplo de un refrigerador industrial que se expuso en la Feria Mundial de Chicago, en 1893, que acabó siendo pasto de la llamas y explotó, causando la muerte de 17 bomberos. «Mientras que las neveras domésticas –añadía– usaron dióxido de azufre durante los siguientes treinta años, que aunque no era inflamable, era altamente tóxico. Las fugas de este gas acabaron con la vida de bastantes familias mientras dormían durante esa época».

En un principio, la división de refrigeradores de General Motors, Frigidaire, acumuló pérdidas como consecuencia de la mala fama que tenían sus productos y el peligro que representaban para las familias. A raíz de ello, el bueno de Midgley se puso manos a la obra junto a un equipo de científicos. El objetivo era encontrar un refrigerante que no fuera ni tóxico ni inflamable. Encontraron la solución en 1928: el clorodifluorometano, el primer CFC del mundo.
Capa de ozono

Un par de años después ya estaban vendiendo el gas bajo la marca comercial de freón-12. Para demostrar su seguridad, Midgley llegó a inhalarlo e intentar prenderlo con una vela. El resultado fue un éxito y pronto General Motor multiplicó la venta de los refrigeradores. ABC hablaba maravillas de este compuesto muchos años después de su aparición en el mercado. En concreto, en la edición del 15 de septiembre de 1946: «Hasta 1930, los gases empleados como refrigerantes eran tóxicos e inflamables y, además, de un elevado coste. Causaban muertes e incendios. Sin embargo, Thomas Midgley inventó el freón. Y con él, los aparatos refrigeradores se hicieron más ligeros y reducidos. Incluso era capaz de acondicionar el aire de los submarinos, hasta tal punto que la tripulación podía fumar dentro. Algo que antes estaba rigurosamente prohibido».

De los refrigeradores, el freón pasó a los aires acondicionados y a todo tipo de aerosoles. «Este gas –defendía este diario– viene a regular el clima de verano. Y así, igual que tenemos calefacción en el hogar, en las fábricas y en los talleres, donde se trabaja no con las manos y el cuerpo entumecidos, sino consolados con la buena temperatura, también trabajaremos con buen temple en los días calurosos del estío. Tendremos un excelente clima artificial en las oficinas, en las tiendas, en los teatros, en los hoteles, en los trenes, en los casinos y en donde quiera que haya recintos con posibilidad de instalar aparatos de aire acondicionado».

El primer anuncio sobre la aparición del freón se publicó en el Congreso de la American Chemical Society de Atlanta, en 1929. En 1930 aparición un artículo sobre su descubrimiento en una revista científica y se formalizó la patente. Tuvo tanto éxito que los CFC se extendieron a otros miles de productos de uso cotidiano durante décadas. Hasta 1980 no se empezó a sospechar de los clorofluorocarbonos podían ser los causantes de la disminución de la capa de ozono. Nuestro ingeniero, por lo tanto, es la persona que más ha contribuido al calentamiento global y al cambio climático, un reto que está hoy en la agenda de las principales potencias del mundo.

A pesar de que los CFC como el freón-12 fueron prohibidos o severamente restringidos a partir del Protocolo de Montreal de 1987, aún permanecen en la atmósfera. Según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica del Gobierno de Estados Unidos, tienen una vida útil de hasta 140 años en la atmósfera. Midgley, sin embargo, ganó casi todos los prestigiosos premios que existen en su profesión: la Medalla Willard Gibbs, la Medalla Nichols, la Medalla Sacerdotal y la Medalla Perkin. de hecho, acumuló otras 170 patentes más allá de sus dos famosas creaciones hasta su muerte en 1944. Había contraído la polio en 1940 y, como consecuencia de ellas, se quedó paralítico. Para poder levantarse de la cama inventó un sistema de cuerdas y poleas, que fue con el que cuatro años después falleció estrangulado. Nunca se aclaró del todo si fue un accidente o un suicidio.

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