Desde Boccaccio a Camus, la literatura lleva siglos narrando cómo la naturaleza humana se ha enfrentado a las epidemias. El cine se ha dejado contagiar y sus distopías ya no nos parecen inverosímiles

«Danza de la muerte» (1493) de Michael Wolgemut

LIBROS

Crónicas de pestes que en el mundo han sido

Florencia, 1348. «¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!». Relata Boccaccio en el Decamerón cómo «una honrada compañía de siete mujeres y tres jóvenes» de la alta sociedad florentina se encuentra de manera fortuita en la iglesia de Santa María Novella, desierta como toda la ciudad por los estragos de la peste bubónica, y decide escapar de la muerte para «concentrarse», durante un par de semanas, en una villa abandonada en la campiña toscana, un paraíso natural con «pradecillos en torno y con jardines maravillosos y con pozos de agua fresquísima».

Para hacer más llevadera la cuarentena, cada uno de ellos debe narrar un cuento por la noche (salvo un día a la semana, que hay que dedicar a labores más prosaicas, y los días sagrados en que no se trabaja). Cien relatos en total (más uno extra introducido por el autor), muchos de ellos eróticos, picarescos o lúdico-festivos, salpimentados con crítica social y anticlerical, que llevan a sus protagonistas de una amarga realidad a otra, construida de palabras y sueños, donde quedan inmunizados contra la pestilencia. Relatos que no gustaron en absoluto a la Iglesia católica, que prohibió el libro.

Giovanni Boccaccio (1313-1375), escritor y humanista italiano, autor del «Decamerón»

El Decamerón, escrito poco después de la epidemia de peste que asoló Florencia a mediados del siglo XIV, no es mala lectura para estos tiempos de zozobra, de teletrabajo y de #YoMeQuedoEnCasa: un elogio del carpe diem para huir de las danzas macabras y del Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere? (¿Dónde están los que vivieron antes que nosotros?) que atormentaba a los poetas medievales. Se trata de uno de los clásicos imperecederos que tocan el tema de las enfermedades epidémicas, aunque sea como un Macguffin para entrar en la harina de otros costales.

Pasolini llevó la obra de Boccaccio al cine en 1971 dentro de su Trilogía de la Vida que incluyó también Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches. Y Vargas Llosa se inspiró en ella para escribir su pieza teatral Los cuentos de la peste, donde la lujuria y la sensualidad se exacerban por la sensación de abismo abierto, de la llegada del fin del mundo.

La literatura ha incorporado las enfermedades y las plagas a sus tramas desde hace siglos, a veces como notaria de la realidad, otras como creadora de fantasías distópicas que, visto lo visto, no eran tan inverosímiles. Y el cine y la televisión se han dejado contagiar.

Albert Camus

Durante estos días, diversos comentarios y memes en las redes sociales han ironizado sobre el asalto en tropel a los supermercados en contraste con la calma que disfrutan las librerías: mejor papel higiénico que libros para refugiarse en la habitación del pánico. Aunque hay que apuntar ciertos fenómenos: La peste, de Albert Camus, ha alcanzado en Francia picos de venta de dos mil ejemplares en una semana, y en Italia ha triplicado sus ventas llegando hasta el tercer puesto en las listas. Inspirada en una epidemia de cólera que sufrió Orán en 1849 durante la colonización francesa (aunque está ambientada en el siglo XX), la novela del premio Nobel de Literatura de 1957 aborda la idea de la solidaridad, la heroicidad y la libertad del ser humano frente al absurdo que representa la enfermedad; también denuncia las limitaciones impuestas a los ciudadanos por unas autoridades que simbolizan las dictaduras que sometieron a Europa durante la primera mitad del siglo pasado.

Remontándonos en el tiempo hallamos otro libro de cabecera: Diario del año de la peste (1722), de Daniel Defoe, que se centra en la gran plaga que devastó Londres en 1665-1666 y mató a cerca de cien mil personas, sembrando la capital de Inglaterra de fantasmas que, dicen algunos, todavía deambulan por sus calles. El personaje del «médico de la peste» con su gruesa túnica, lentes protectores y máscara con forma de pico y rellena de sustancias aromáticas es un clásico de los dungeons para turistas.

Daniel Defoe
Novelas y diarios

El autor de Robinson Crusoe utiliza sus habilidades como periodista para dotar al relato de verosimilitud, aportando información probablemente recogida de los diarios de su tío, Henry Foe, que sufrió la epidemia, con descripciones detalladas de lugares y la aportación de tablas que casi anticipan el periodismo de datos. Esos recuentos recuerdan a los realizados por el político y alto funcionario naval Samuel Pepys en su diario, escrito entre 1660 y 1669, y que vivió la crisis en primera persona. La novela de Defoe ha sido comparada a menudo con Los novios (1827), de Alessandro Manzoni, clave de bóveda de la novela italiana moderna, aunque hay elementos de contraste evidentes: aunque Manzoni describe con prolijidad la gran plaga de 1629-1631 (280.000 muertos en Lombardía y Véneto, con Milán y Venecia como zonas cero de la epidemia), su relato es romántico, apasionado, al estilo de Stendhal, con los prometidos Renzo y Lucía separados por las intrigas políticas en medio de la guerra y la enfermedad.

Ensayo sobre la ceguera (1995), una de las novelas más conocidas de José Saramago, publicada casi en vísperas de que el portugués atrapara el Nobel de Literatura, narra las desventuras de seis personajes anónimos, liderados por «la mujer del médico» (inmune a la afección), que han de hacer frente a la pandemia de la ceguera blanca. «Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven», escribe Saramago, porque la privación de la vista que padece la humanidad va más allá de la enfermedad: tiene que ver con el egoísmo y la insolidaridad de una sociedad «podrida y desencajada» en su lucha por sobrevivir. Y, también, con el represivo e incompetente gobierno haciendo de las suyas y una soldadesca fuera de control.La (in)solidaridad como arma contra la enfermedad es un elemento común de muchas novelas

Alexandre Yersin es, para la mayoría de los mortales, un perfecto desconocido. Nacido en Lavaux, Suiza, en 1863, y fallecido en Vietnam en 1943, este médico y bacteriólogo descubrió, de manera simultánea con el japonés Kitasato Shibasaburo, el bacilo de la peste bubónica, que fue llamado Yersinia pestis en su honor. Sus andanzas son descritas por Patrick Deville en Peste & Cólera (2014): desde que Yersin llega al Instituto Pasteur en 1885, a los 22 años, para trabajar con el descubridor de la vacuna contra la rabia, hasta sus numerosos viajes y pasiones -la etnología, la botánica, la astronomía, la agronomía, la arquitectura-. En realidad, el autor pasa de puntillas por el hito biomédico, aunque abundan las referencias a los científicos más notables de principios del siglo XX y también a la complicada geopolítica europea de aquel tiempo, para relatar una aventura a caballo entre Melville y Conrad, porque la peripecia de Yersin hacia las profundidades de la floresta evoca a Kurtz, aunque en este caso sea un Kurtz no enajenado y sí crítico con la explotación de los nativos.
Confinamiento

La propuesta de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967) es radicalmente opuesta: un espacio único, cerrado, opresivo, laberíntico; una cárcel (en algún lugar de América Latina) llamada La Casona donde los presos viven mejor o peor dependiendo de su nivel adquisitivo. El statu quo se ve alterado por una enfermedad relacionada, al parecer, con los murciélagos y las ratas que medran en la prisión. En Los días de la peste (2017), al contrario de lo que sucede en nuestra realidad de hoy mismo, el confinamiento es la muerte: presos supersticiosos, adoradores de una especie de diosa de la venganza conocida como la Innombrable, conviven con sus miserias y horrores.

La peste negra es la primera novela del profesor de Geografía e Historia Luis Miguel Guerra (Barcelona, 1963). Propia del género histórico, se sitúa en una Europa devastada por la epidemia a mediados del siglo XIV. El papa Clemente VI convoca un concilio de médicos para tratar de buscar soluciones. Ahmed, un musulmán cordobés; Moisés, un judío catalán, y el católico florentino Doménico Tornaquinci serán los encargados de investigar un remedio que parece curar la plaga y que está teniendo éxito en un pueblo de España. Una verdadera «alianza de civilizaciones» que podría ser inspiradora para cualquier crónica de las pestes que en el mundo han sido.

Viggo Mortensen en «La carretera»
Estallidos y mundos posapocalípticos

La lista de películas que han aprovechado el caladero vírico tiende al infinito, con ejemplos notables que beben en libros magníficos. «Soy leyenda», de Richard Matheson, novela publicada en 1954, inspiró el filme del mismo nombre de 2007 protagonizado por Will Smith; y antes, «El último hombre sobre la Tierra» (1964), con Vincent Price, y «El último hombre vivo» («The Omega Man», 1971), con Charlton Heston. En la novela, el protagonista, Robert Neville, ha sobrevivido a una pandemia provocada por una guerra bacteriológica que ha acabado con todos los seres humanos del planeta; pero no están muertos, sino que se han convertido en zombis-vampiro. Con «La carretera» (2006), Cormac McCarthy ganó el Pulitzer. Narra el viaje de un padre y su hijo a través de la desolación provocada por un cataclismo sin especificar que aniquiló la mayor parte de la vida. En 2009 se estrenó la película con Viggo Mortensen como cabeza de cartel. Y «Estallido» (1995), basada en la novela de Robin Cook, protagonizada por Dustin Hoffman, Rene Russo y Morgan Freeman, relata los esfuerzos de un grupo de científicos para acabar con una epidemia provocada por un virus surgido en Zaire y con una mortalidad del 100%.

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