Los problemas planteados por los trascendentalistas americanos del siglo XIX adquieren ahora un cariz inédito: encarar el confinamiento desde la voluntad de ser libre

Henry David Thoreau

La libertad individual, el bien más preciado en tiempos de pandemia


Estos días el marketing de crisis llena las pantallas de mensajes motivacionales bastante obvios, en los grupos de WhatsApp no solo se cuece la rumorología, sino también, larguísimos hilos sobre la necesidad de restricciones más contundentes. Los intelectuales van tomando partido, bien abogando por un comunismo de fortuna a lo Zizek, bien -de manera menos hiperbólica- señalando la necesidad de reforzar nuestros sistemas sanitarios. También comienzan a escucharse voces que ven en todo esto el advenimiento de un nuevo totalitarismo tecnocientífico, que suelen ser las mismas que intuyen los riesgos implícitos en la normalización de las medidas de excepción. Un lenguaje nuevo, como sacado de una novela de Philip K. Dick, redefine nuestras vidas; los derechos fundamentales comienzan a confundirse peligrosamente con dádivas gubernamentales y -en definitiva- el mundo libre corre peligro.

La historia inmediata nos enseña que las escaladas no suelen ser reversibles; que no hubo normalidad después del 11-S ni la habrá después de la pandemia. Previsiblemente, el viejo lema del Democratic Review se verá diabólicamente invertido, y los mejores gobiernos serán los que más gobiernen, en función de su capacidad para devolver seguridad a ciudadanías temerosas de pestes quizá peores que la que ya han conocido. No son buenos tiempos para las filosofías del yo, en tanto que han perdido su inocuidad y se han vuelto algo inoportuno; molesto para una voluntad general cada vez más intransigente con la defensa de las soberanías individuales. Quizá, por ello, convenga recordar una vez más a Henry David Thoreau. También a Ralph Waldo Emerson, mentor del primero y autor de dos imprescindibles del pensamiento libre: Nature y Self Reliance; obra, esta última, que nos recuerda que «si eres un inconformista el mundo te castiga con su repulsa».
Bosques domésticos

Vivir deliberadamente se ha vuelto complicado en Occidente. «To Live Deliberately», de traducción algo imbricada al español, es una de las máximas más conocidas de Thoreau, quien buscó en algunos bosques domésticos «los hechos esenciales de la vida». El autor de Walden transformó en discurso renovado la vieja pulsión de la libertad natural, presentando la búsqueda del uno mismo como un derecho inalienable, y su sola posibilidad como un indicador de calidad democrática; algo que se lee entre líneas a pesar de sus acometidas libertarias y de su preferencia ya no por un gobierno que gobierne poco, sino por uno que no lo haga en absoluto.

Los problemas planteados por los trascendentalistas americanos del siglo XIX adquieren ahora un cariz inédito, invitando a encarar el confinamiento desde la voluntad de ser libre, y a evitar que las cosas empeoren desde la propia responsabilidad -desde la confianza en el «sí mismo»- y no desde la conformidad con paquetes coercitivos que sientan un precedente inquietante.Ralph Waldo Emerson

Un contrargumento contundente inflama la res popular: no se nos puede dejar solos. Ya no es tanto que deba preocuparnos una propensión social al servilismo en la que ya se fijó Rousseau, sino algo mucho más significativo: la aceptación casi entusiasta de una coyuntura que apenas ha generado alguna tímida respuesta crítica -como el manifiesto Contra el confinamiento de la población- y que ya ha incluido algunos tics de pesadilla foucaultiana. Más allá del shock pandémico y de su estela de cifras espeluznantes, el individuo no debería verse reducido a simple vector de contagio, por mucho que la intervención excepcional del estado pueda considerarse necesaria «hasta que la educación y el desarrollo individual diesen como resultado un hombre honesto que tornara fútil su existencia», que diría Emerson. En cualquier caso, la apuesta por «lo que prohíbe», en lugar de lo que se prescribe o aquello a lo que podría incitarse, siempre tendrá un efecto contraproducente.
Idealismos

Que no sean buenos tiempos para los idealismos no significa en absoluto que debamos dejar de revisitarlos; es más, quizá supongan un buen bagaje que llevarse al futuro distópico que nos espera. Ahora más que nunca, la propuesta trascendentalista se nos revela como acto -íntimo y último- de disidencia, perfectamente compatible con una sensibilidad social que arraigue en principios propios y que no precise de ese vapuleo propagandístico al que ya nos hemos acostumbrado. Por desgracia, lo que está sucediendo en el Antiguo Continente tiene algo de ensayo general, de desmantelamiento de las viejas democracias y una agenda que eufemismos como «nueva normalidad» apenas pueden velar.

Puede que la inercia de futuras emergencias vuelva a limitar nuestros movimientos, que nuevas reacciones totalitarias devengan en la imposibilidad de ser ciudadano. Llegado el caso necesitaremos una buena brújula moral, así como recordar las palabras que Henry Miller dedicó a Thoreau en la introducción a su Desobediencia Civil: «Tenemos la vaga sospecha de que nos han cargado con una responsabilidad demasiado pesada para nosotros». Será mejor que nunca lo olvidemos.

Gonzalo Pernas

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