El “caso Madeleine McCann” da un nuevo giro.



Se muestra un vehículo policial después de que comenzaron a cavar en un área de adjudicación cerca de Hannover, Alemania, el 28 de julio de 2020, donde Christian B, un sospechoso en la investigación de Madeleine McCann, vivió hace unos años. REUTERS / Frank Witte

La desaparición de la niña británica Madeleine McCann hace 13 años en el sur de Portugal se ha convertido en un caso que cada vez se complica más. A las investigaciones de la Policía lusa y de Scotland Yard, se le ha sumado el creciente protagonismo de los cuerpos de seguridad alemanes, toda vez que ha saltado al primer plano el sospechoso Christian Brückner y se le ha puesto cerco a su vivienda de los alrededores de Hanóver.

El hombre germano se encontraba acampado en una autocaravana al lado de donde se alojaba la familia McCann en Praia da Luz, un enclave del corazón del Algarve cuyo nombre ha quedado indisolublemente ligado al misterio que sobrevuela la historia.

Y ahora sale a la palestra un hallazgo inquietante: Brückner le confesó a un amigo que le fascinaba el relato sobre el arquitecto austriaco Josef Fritzl, quien violó sistemáticamente a su hija en una mazmorra donde la tenía encerrada. Nada menos que 24 años duró el calvario de la menor, víctima del conocido como el «monstruo de Amstetten». No contento con semejante obsesión morbosa, el sospechoso construyó un habitáculo en la parte trasera del inmueble de Seelze, aprovechando el espacio del jardín, y hoy las pesquisas apuntan a que pudo haberlo utilizado para mantener cautiva a Maddie, diminutivo por el que se conoce a la menor desaparecida.

¿Está viva?

Los agentes de la República Federal de Alemania siguen esta línea de búsquedas, que parte de una premisa distinta a la que preside los trabajos de sus colegas lusos e ingleses: que la menor fue, probablemente, asesinada.

Desde Londres, no obstante, surgen de cuando en cuando algunos indicios que alientan la teoría de que está viva, tal vez nada casual tratándose del país donde se asientan los padres. Una pareja cuya existencia está volcada en todo lo que rodea al espinoso asunto.

Por su parte, la Policía Judicial del Algarve lanzó en su día la suposición de que el matrimonio jugaba un papel «demasiado» ambiguo, una hipótesis que inundó las páginas del libro alusivo publicado por el comisario Gonçalo Amaral. Este investigador acabó apartado de la trama para esclarecer el reguero de dudas, pero ha vuelto a alzar su voz con el fin de proclamar que los policías alemanes no van bien encaminados porque Christian Brückner ya estuvo en el ojo del huracán y no pudo demostrarse nada.

Con todo, las fuerzas de seguridad de Hanóver desplazaron una excavadora a las inmediaciones del escondite y se personaron con un arsenal de palas y rastrillos. Además, llevaban perros específicamente adiestrados. Por tanto, los vecinos piensan que se habría puesto en marcha un dispositivo para encontrar el cadáver de Maddie, lo cual retrataría que la trasladaron desde Portugal. Claro que la confirmación está lejos de asomar en el horizonte. En cuanto a los padres, reclaman que se les presenten pruebas concluyentes de que el cuerpo sin vida de su hija está ahí. Se han quedado un poco desconcertados al perder protagonismo los agentes británicos, aunque muestran más confianza en las investigaciones germanas que en las que llegan desde el Algarve.

Hoy tendría 17 años

Kate y Gerry McCann se afanan en proteger la privacidad de sus otros dos vástagos: los mellizos Sean y Amélie, así llamada porque les encantaba la película francesa del mismo nombre. Ellos tenían solo dos años cuando su hermana mayor desapareció de manera fulminante y sin dejar rastro, como si se hubiera evaporado.

La intriga permanece y se renueva cada poco tiempo, en un laberinto que por momentos parece un túnel donde apenas puede atisbarse un rayo de luz, una salida.

Las vidas de los McCann nunca volvieron a ser las mismas: el cardiólogo ejerce hoy como profesor de la Universidad de Leicester, la doctora dejó sus funciones y ahora se distingue como embajadora de la organización benéfica «Missing People», mientras que los mellizos asisten a clase en una escuela católica de Loughborough, un centro donde Kate y Gerry todavía siguen reservando año tras año un lugar para Madeleine… por si acaso estuviese aún viva.

Y es que los padres no han perdido la esperanza de hallar sana y salva a su hija, que tendría 17 años en este 2020… Una eventualidad con remotas posibilidades de ser real, según testimonia el desarrollo de los acontecimientos.

 Francisco Chacón 

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