Las confesiones del asesino de Sissi emperatriz de Austria


Lucheni se suicidó en 1910 en su calabozo sin dejar una nota, pero sus compañeros de prisión recordaron las palabras que solía repetir. 

La emperatriz Isabel de Austria, «Sissi»
 

«Lucheni fue una fiera indomable, de una espantosa maldad. Uno de esos seres a quienes no llamamos hombres sin repugnancia, pues aunque es muy cierto que solo el hombre puede ser malvado en tales términos, hay algo en nosotros que se considera humillado si no llama fieras en lugar de hermanos a los que nos abochornan con el espectáculo de sus ruines hazañas y sus miserables vidas. Lucheni era uno de estos seres; éste se cubrió de infamia asesinando a la buena señora la emperatriz Isabel de Austria. Hace dos días se ahorcó». Pedro Marrades, corresponsal en Zurich, no ocultó en su crónica del 22 de octubre de 1910 el desprecio que le inspiraba el anarquista Luigi Lucheni.  

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Habían pasado 12 años del crimen, pero nadie había olvidado el nombre de este criminal nacido en París aunque de origen italiano. Quizá porque aún nadie había logrado entender qué le había impulsado a cometerlo. La emperatriz, a la que hoy se le conoce por su apodo de Sissi a raíz de la trilogía que protagonizó Romy Schneider, era «una de las mujeres más buenas y más desgraciadas entre cuantas han ceñido corona». «Jamás había causado a nadie el menor desafio de obra ni de intención; ni siquiera hacía sombra a nadie, pues vivía en constante y voluntario alejamiento de la corte, paseando sus tristezas de madre desdichadísima por el tranquilo Mediterráneo, viviendo en el seno de la Naturaleza o en la contemplación de las obras de arte».

El 10 de septiembre de 1898, cuando Sissi se dirigía a pie al muelle de Mont-Blanc de Ginebra para embarcar en un vaporcillo, Lucheni se acercó a la emperatriz en la esquina de la calle de los Alpes y le asestó un golpe tan fuerte en el pecho que cayó al suelo. Todo sucedió tan rápidamente que ni el séquito se dio cuenta. Cuando la condesa de Staray la ayudó a levantarse, Sissi apenas le dio importancia: «No es nada, sólo ha sido un golpe; sin duda ha querido robarme el reloj». Aún siguió caminando hasta el muelle y embarcó en el «Ginebra», ignorando que estaba herida de muerte. El vapor emprendió su marcha, pero al ser avisado el capitán de la gravedad de Sissi, viró y atracó de nuevo. La emperatriz fue acomodada en una improvisada camilla y trasladada al hotel Beau Rivage, donde estaba hospedada y donde murió pocas horas después. 

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«Cuando se pensaba en los crímenes de los anarquismo y se tomaban precauciones para proteger a las personalidades ilustres que la infame secta amenazaba, nadie podía imaginar que la nueva víctima había de ser una señora anciana, completamente alejada de los negocios públicos, sin intervención ninguna en la dirección de los Estados, y doblemente respetada por sus virtudes, que eran preclaras, y por sus penas, que no podían menos de ser simpáticas a todas las madres que lloran la muerte de un hijo adorado», se lamentaba Kasabal en «Blanco y Negro» al dar la noticia de su muerte unos días después.
 

Una vida desgraciada

Con apenas 15 años, Sissi había acompañado a su madre, la condesa Ludovica, y a su hermana Elena a la residencia de verano de la Familia Real austriaca en Bad Ischl. Aquel encuentro había sido planeado para que Francisco José conociera a Elena, pero el emperador se fijó en la bella adolescente apenas la vio entrar bruscamente en el gabinete en el que las viejas damas preparaban el noviazgo. Su elección estaba hecha. Isabel de Baviera, aún una niña vivaz, romántica e independiente, sería la futura emperatriz de Austria-Hungría.  

+ infoLa emperatriz Isabel de Austria «Sissi», a los 15 años

Se casaron al año siguiente y desde el principio, a Sissi le costó adaptarse a la estricta etiqueta de la corte imperial austriaca y a las imposiciones de su suegra, la archiduquesa Sofía, con quien mantuvo una lucha callada durante años. Mariano Tomás recordó en 1936 los principales episodios de su vida, cada vez más desgraciada. Vio morir a su hija Sofía de tifus con apenas dos años; su sobrina Matilde falleció abrasada en una travesura infantil; su primo Luis II de Baviera, cada vez más reconcentrado en sus pensamientos y sueños extraños, murió ahogado en un lago; su hermana Sofía, duquesa de Alençon, pereció en un incendio; el emperador Maximiliano, su cuñado, fue fusilado en México... Pero el golpe definitivo fue la llamada tragedia de Mayerling: su único hijo varón, Rodolfo, fue encontrado muerto junto a su amante, la joven baronesa María Vetsera en circunstancias nunca esclarecidas. A partir de entonces, la emperatriz se vistió de luto, abandonó Viena intentó sofocar su dolor recorriendo el Mediterráneo y viajando. Hasta que cayó víctima de la lima afilada de Lucceni en Ginebra.Sissi

«¡Ninguna pena ha dejado de sufrir en la tierra!», dijo su esposo al conocer su triste final.

Lucheni, que huyó del lugar tras apuñalar a la emperatriz, fue detenido por dos cocheros que habían presenciado la agresión. Según contaba Marrades, el asesino cantaba mientras era conducido al puesto de Policía y dijo a los agentes: «Estoy satisfecho... El golpe ha sido bueno... Debe de estar muerta...».

Fue condenado en noviembre de aquel mismo año de 1898 a cadena perpetua, al no existir en el cantón de Ginebra la pena de muerte. Durante el tiempo que pasó recluido en la Prisión del Obispado fue «el preso más díscolo y temible», según la crónica del corresponsal  «Quiso asesinar al alcaide, valiéndose de la llavecilla de una lata de conservas, que afiló para llevar a cabo su plan» y pocos días antes de suicidarse «atentó también contra el actual director de la cárcel, después de hacerse acreedor a calabozo por haber arrojado contra los cristales de su ventana todo cuanto halló al alcance de su mano, con inminente peligro de los transeúntes, de los que algunos salieron ilesos por milagro», relataba Marrades. Y añadía: «Tan incómodo huésped era que la víspera de su suicidio el director dirigió al jefe del Departamento de Justicia y Policía un escrito en demanda de órdenes para meterle en cintura».

En la nota que se publicó  el 22 de octubre de 1910 se cuenta que Lucheni iba a ser trasladado a un nuevo calabozo por disposición del director de la prisión. Dos guardias fueron a su celda por la tarde, a las siete, y se lo encontraron colgado de una correa que usaba como cinturón y que había atado por un extremo a las barras de la reja. No dejó ninguna carta ni ninguna explicación del porqué de su suicidio. «Dicen algunos de sus compañeros de prisión -recogió este periódico- que era un hombre muy callado y que en alguna ocasión en que se mostraba algo expansivo solía decir: "Si yo hubiera sabido que no me iban a matar por no existir aquí la pena de muerte, no mato a la emperatriz; pero si sé lo que después he sabido de ella, que era una señora muy buena y que no se metía para nada en los asuntos de la política, tampoco hubiera esgrimido contra ella mi puñal"». 

Mónica Arrizabalaga

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