"Ninguno de mis hijos es de legítimo matrimonio"



El 2 de Enero de 1819 moría la que fue Reina de España hasta 1.808, María Luisa de Parma, exiliada en Roma. Momentos antes de su muerte llamó a su confesor Fray Juan de Almaraz para confesarse y recibir la extrema unción. En esta última confesión, María Luisa, le hacía partícipe de algo inaudito: "Ninguno de mis hijos es de legítimo matrimonio". También le instó a que redactara un documento con esa declaración para que se hiciera público una vez que el confesor hubiera muerto.


Retrato de María Luisa de Parma

Días más tarde, el clérigo redactó un documento que dejó guardado:

"Como confesor que he sido de la reina madre de España (q.e.p.d.) Doña María Luisa de Borbón. Juro imberbum sacerdotis como en su última confesión que hizo el 2 de enero de 1819 dijo que ninguno, ninguno de sus hijos e hijas, ninguno era del legítimo matrimonio; y así que la dinastía Borbón de España era concluida, lo que declaraba por cierto para descanso de su alma, y que el Señor la perdonase.

Lo que manifiesto por tanto amor que tengo a mi rey el señor don Fernando VII. Por quién tanto he padecido con su difunta madre. Si muero sin confesión, se le entregará a mi confesor cerrado como está, para descanso de mi alma.

Por todo lo dicho pongo de testigo a mi Redentor Jesús para que me perdone mi omisión".

La reina había dispuesto en su testamento una asignación de cuatro mil duros a Almaraz en compensación por todos los sacrificios realizados a lo largo de tantos años de exilio. El rey Fernando se negó a dársela. El clérigo se encontraba en una situación de pobreza extrema. Durante siete años estuvo reclamando la asignación pero nunca obtuvo respuesta. En 1826, agotada su paciencia, escribió al monarca para que cumpliese con la promesa. Tampoco recibió respuesta y fue entonces cuando pasó de las súplicas a las amenazas. Volvió a escribir al rey para advertirle lo que su madre le había revelado bajo secreto de confesión, algo que Fernando sospechaba y que a partir de ese momento confirmó así que, pensó que debía callar para siempre al confesor. Tampoco estaba dispuesto a que el secreto pudiera trascender a la opinión pública si el confesor era entregado a los tribunales ordinarios. Por todo ello escribió al papa sin lograr nada.


Retrato de Fernando VII

Alguien aconsejó al rey traer a Alcaraz a España por la fuerza. Mandó una expedición a bordo de la fragata Manzanares, que permaneció anclada en el puerto de Civitavecchia. El clérigo fue secuestrado por miembros de esa expedición acompañados por otros miembros de la santa sede en su casa de vía Condotti. Le fueron requisados todos sus bienes y todos los documentos hallados fueron entregados al rey en persona. Lo recluyeron en la bodega del buque y zarparon hacia el puerto de Barcelona, por haber tenido noticias de que el rey se encontraba allí. Fernando VII, al conocer el éxito de la operación, ordenó que lo condujeran de inmediato al castillo de Peñíscola. El jefe de la expedición, José Pérez Navarro, portaba una Real Orden para incomunicar al reo de por vida, exigiendo además que no debía figurar en ningún registro de la fortaleza.

Allí, en Peñíscola, fue encerrado Alcaraz en la más oscura de las mazmorras, sin juicio, ni condena en firme, simplemente por petición del Rey y sin motivo conocido por las tropas que lo custodiaban. El fraile pasó 15 largos años en una mazmorra sin apenas luz, pisando con los pies descalzos una sustancia líquida formada por la mezcla de agua de mar, filtraciones, orines, heces y todo tipo de suciedad acumulada. Esta estancia dejó mella en la salud del monje que contrajo infinidad de enfermedades.


Castillo de Peñíscola

A la muerte del rey Fernando VII, el gobierno de la reina regente María Cristina, concedió una amnistía para toda clase de delitos políticos. María Cristina, es informada de la situación del reo y le concede el indulto real. Almaraz, murió a los pocos meses de quedar liberado, probablemente de tuberculosis, en noviembre de 1837. Tenía setenta años.

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