Sigurd I de Noruega, apodado el Peregrino de Jerusalén, asedió el norte de la Península Ibérica, Formentera, Ibiza y Menorca antes de partir a Tierra Santa.



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El olvidado vikingo que se volvió loco tras aterrorizar España con una gran flota de drakkars

La historiografía canónica fecha el fin de la era vikinga a mediados del siglo XI. Pero la realidad es que, medio siglo después, la sangre de este pueblo corría todavía por el monarca de Noruega, Sigurd I. Basta para ello saber que, allá por 1107, cuando sumaba solo 17 años, se hizo a la mar junto a una gigantesca flota de sesenta navíos y 10.000 hombres con los que arrasó parte de Galicia y combatió contra los musulmanes de Sintra, Lisboa, Formentera, Ibiza y Menorca. Pero lo más llamativo es que, como señala el popular historiador Dan Jones en su nueva obra, «Los Cruzados» (Ático de los Libros), lo hizo como parte de su peregrinaje, como cruzado, hacia Tierra Santa.
Nace un rey

Sigurd nació en 1090, apenas un lustro antes de que el papa Urbano II llamara, en el Concilio de Clermont, a viajar hasta el corazón de Tierra Santa para combatir contra los infieles. Vikingo hasta la médula -las crónicas lo definen como fornido, alto y con el pelo rojizo-, su noble linaje lo destinaba a convertirse en uno de los candidatos al trono de Noruega. Nórdico como era, y heredero de las viejas tradiciones de robar, saquear y asesinar, no tardó en asir un hacha y acompañar a su padre, Magnus III «Piernas desnudas» (pues solía vestir ropas cortas que apenas le cubrían la parte superior de las piernas), en ataques contra las Orcadas, la isla de Man o el norte de Gales.



Sigurd era ya un guerrero versado cuando, a sus trece primaveras, arreció la tragedia y el cuello de su padre, monarca de Noruega, fue atravesado de lado a lado por el certero hachazo de un irlandés en plena expedición de castigo. Aquella muerte hizo que los territorios de su alteza nórdica recayeran tanto en nuestro fornido vikingo como en sus dos hermanastros: Olsteyn, un adolescente, y Olaf, un bebé. Cada uno de una madre diferente, pero con igual derecho al trono. Contra todo pronóstico, y a pesar de su sangre vikinga, los dos chicos optaron por no enfrentarse y se repartieron los territorios. Así queda patente en la saga (crónicas de época que navegan entre la realidad y la ficción mitológica) Heimskringla, elaboradas en el siglo XIII por Snorri Sturluson:

«Después de la caída del rey Magnus Piernas Desnudas, sus hijos, Oystein, Sigurd y Olaf, tomaron el reino de Noruega. Oystein obtuvo el norte y Sigurd la parte sur del país. El rey Olaf tenía entonces cuatro o cinco años, y la tercera parte del país que tenía estaba bajo la dirección de sus dos hermanos. El rey Sigurd fue elegido rey cuando tenía trece o catorce años, y Oystein un año mayor».

Pero la fortuna quiso que aquellos años de adolescencia de Sigurd coincidieran con el paso por la zona de muchos viajeros que venían de combatir en Tierra Santa. Cuenta la saga Heimskringla que «algunos habían estado en Jerusalén, otros en Constantinopla» y que allí se habían hecho famosos. Las historias de taberna de aquellos héroes hicieron que muchos nórdicos se animaran a seguir sus pasos. Un viaje difícil a través del Canal de la Mancha, la costa de Portugal y el Mediterráneo, en efecto, pero que también ofrecía la promesa de aventuras, vidas que segar, riquezas, popularidad y, en último término, la satisfacción de defender los intereses de la Vera Cruz. Y es que sí, el cristianismo se había extendido por la zona.«Sesenta barcos zarparon, plantados aquí alegremente, por decreto celestial»

A los 17 años, Sigurd sintió una atracción extraordinaria por este viaje. Cuenta Jones en su obra que ya no le valía con dirigir sus ataques contra el mar del Norte e Irlanda, quería más; mucho más. Por si fuera poco, saber que en Constantinopla algunos de sus compatriotas combatían en favor del cristianismo en la pintoresca Guardia Varega terminó de convencerle. Su mismo bisabuelo, Haroldo Hardrada, había sido comandante allí, y, según le habían narrado, había tenido un porvenir próspero y visitado media Europa. ¿Qué podía ir mal? El joven monarca empezó entonces a preparar una gigantesca flota con la que recorrería el turbulento camino hasta Oriente Próximo. Así lo especifica la mencionada saga:

«Muchos grandes hombres, tanto prestamistas como bonos, participaron en esta empresa; y cuando todo estuvo listo para el viaje, se decidió que Sigurd debería irse, y Oystein, mientras tanto, gobernaría el reino de forma conjunta. Los reyes estuvieron de acuerdo con esto».

Sigurd se hizo a los mares en otoño de 1107 con la friolera de 10.000 hombres a su mando y una flota de seis decenas de navíos. De manera oficial, todos formaban parte de la cruzada organizada por el papado. «Sesenta barcos zarparon, plantados aquí alegremente, por decreto celestial», escribió el escaldo (poeta bardo) islandés Thórarin Stuttfield. Los buques sobre los que asentaban eran los míticos «drakkars», de treinta metros de eslora, con velas cuadradas y un característico mascarón que solía emular un animal. Como curiosidad, o aclaración, habría que señalar que estos no eran los únicos bajeles de los que disponían los vikingos desde el siglo IX, sino los que estaban destinados al combate. Que se hayan hecho populares no implica, sin embargo, que no hubiese otros para el recreo de los nobles o el transporte de mercancías.

Terror en la península

El viaje de Sigurd navegó, y nunca mejor dicho, entre contrastes. Narra Jones que su primera escala fue en Inglaterra en otoño; la misma región que sufrió, allá por el siglo VIII, el inicio de la era vikinga con el asalto al monasterio de Lindisfarne. Pero Enrique I, de padre normando, no parece que le guardara rencor por ello. Amparado por la decisión de haber tomado la Cruz para ayudar a liberar Tierra Santa de los infieles, el joven vikingo fue bien recibido. Como uno «de los héroes más valientes», según dejó escrito el cronista Guillermo de Malmesbury. A cambio, donó buenas sumas de dinero a las iglesias locales como pago por una estancia que se prolongó hasta la primavera de 1108. Llegado el buen tiempo, se hizo a la mar de nuevo.
Sigurd

La flota de Sigurd continuó por la costa oeste de Francia, dobló el golfo de Vizcaya y, a finales de verano, llegó a Galicia, conocida por ellos como Jákobsland (tierra de Santiago). Allí, según las sagas, los vikingos se propusieron pasar el invierno de forma pacífica con la ayuda de un conde local. Y es que la incierta situación de la regente, Urraca, hija de Alfonso VI de Castilla y León, les impidió pactar con la corana. El problema radica en que los cronistas clásicos no hacen referencia al nombre del noble, lo que impide su identificación. Solo sabemos que, a pesar de que este anónimo personaje prometió al cruzado que podría obtener vituallas durante meses gracias al comercio, incumplió su palabra.

Hambrientos y, con toda probabilidad, hastiados por las mentiras del sujeto, los hombres de Sigurd se dieron a lo que mejor sabían hacer: saquear y quemar pueblos. En este caso, los gallegos… No contento con ello, conquistó y desvalijó el castillo del conde, que poco más pudo hacer que huir ante la dura estampa de cientos de nórdicos armados frente a sus portones. De esta forma lo dejó sobre blanco el cronista Einar Skulason en el siglo XII: «En Jákobsland el próximo invierno pasó, con intención de cosas santas; y he oído a la juventud decir que cortó a un conde que se apartó de la verdad. Nuestro valiente rey no sufrirá ningún mal, y los halcones con él se saciarán». Exprimida la tierra gallega, cargó todo lo que pudo en sus bajeles y puso rumbo hacia el sur.«Conquistó la fortaleza de Sintra y mató a todos los que estaban dentro, pues se negaron a ser bautizados»

Lo cierto es que los siguientes meses de la expedición bien podrían asemejarse a una novela de aventuras. El primer escollo con el que Sigurd se topó en la costa portuguesa fue una flota pirata que destruyó en su totalidad. Después, puso el foco sobre el castillo de Sintra, bajo el control entonces de una partida musulmana. Nuestro joven vikingo no se amedrentó y, como extravagante enviado de Jesucristo que era, asedió el lugar y dio buena cuenta de sus defensores. Snorri explicó que «conquistó la fortaleza y mató a todos los que estaban dentro, pues se negaron a ser bautizados», Añadió, a su vez, que «obtuvo allí un gran botín». Algo parecido aconteció en la cercana Lisboa. Allí, como había hecho cuatro siglos antes el monarca sueco Bjorn Costado de Hierro, tomó y se enriqueció con la urbe.

Continuó su carrera hacia Oriente Próximo Sigurd y, después de acabar con otra flota de piratas musulmanes en el Estrecho de Gibraltar (la enésima victoria, vaya), arribó a Formentera, en las Islas Baleares. Allí no se topó con los almorávides, que todavía no habían cruzado las aguas, pero sí con tribus norteafricanas que se habían hecho con el control de la zona y habían exprimido a la población local a golpe de saqueo. El monarca, una vez explorada la región, decidió destruir el enclave más destacado con el que contaban: una suerte de fortaleza improvisada que habían creado levantando un muro de piedra alrededor de unas cuevas ubicadas en un acantilado. Snorri describió así el asedio:

«El rey Sigurd vio la cueva; pero estaba en un precipicio y había un camino alto y tortuoso hacia el muro de piedra. Los paganos defendían el muro y no temían a las armas de los hombres del norte porque podían arrojar piedras o derribarlos. Los paganos [se ubicaron] ante los hombres del norte, gritaron, los desafiaron, y los llamaron cobardes. Entonces Sigurd trazó este plan. Llevó dos botes de barco como los que llamamos barks por el [otro lado del] precipicio [y los ubicó] justo encima de la boca de la cueva; tenían cuerdas gruesas atadas alrededor de la popa, la popa y el casco de cada uno. En estos botes metió tantos hombres como podían encontrar lugar; luego bajó los botes con las cuerdas».
Sigurd y Balduino

Fue una verdadera masacre. Los asaltantes lanzaron una infinidad de proyectiles y piedras desde las barcas y obligaron a los defensores a que abandonaran el muro externo. Mientras, Sigurd en persona dirigió una escalada de película por la cara del acantilado. Cuando los dos grupos se encontraron en la cima superaron las defensas y dieron rienda suelta a su barbarie. Quemaron todo lo que hallaron, incluidos los guerreros enemigos, y saquearon todo aquello de valor con lo que se toparon. Como desvela Jones en «Los Cruzados», luchar en nombre de la cristiandad les reportó innumerables beneficios. Las dos siguientes islas en las que sembraron el terror fueron Ibiza y Menorca. En la última, según un cronista de la época, «tiñeron de escarlata sus lanzas».

En la primavera de 1110 Sigurd ya estaba en Sicilia. Hasta aquí se extendió su aventura en la Península Ibérica y sus islas. Aunque todavía le quedaban otras tantas por vivir en Tierra Santa. Solo por hacer un pequeño bosquejo, fue recibido por el mismo Balduino en Acre y se convirtió en el primer rey occidental en visitar los estados cruzados. De allí partió a Jerusalén y, poco después, ayudó a tomar Sidón. Permaneció en Chipre un tiempo y, ya con la sensación del deber santo cumplido, regresó a casa a los veinte años. Por desgracia para él, aquellas vicisitudes le enloquecieron. Nuestro protagonista pasó sus últimos años con brotes de risa maníaca que le dejaban absolutamente exhausto. Falleció en 1130.

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