Sor Ana de la Trinidad, cumbre de la mística española



Sor Ana de la Trinidad

Los sonetos perdidos durante cuatro siglos, se editaron en 1970 como obra de otra monja. Ahora llegan al gran público. 

Esta es la historia de la recuperación de una de las poetas más sorprendentes de nuestra lengua. Una voz única. A su muerte a los treinta y seis años, Ana de la Trinidad dejó tan solo 19 sonetos, tan bellos que dan para pasar a la historia. Era monja, murió en 1613 -en pleno Siglo de Oro, en el que brilla- y su nombre fue borrado de la literatura española… Hasta hace pocos años no pudo hacerse justicia.

«Es mejor poeta que Santa Teresa, es una poeta brutal», nos cuenta expresivamente Jesús Cáseda, estudioso que ahora ha puesto a disposición del público su obra y todo lo que se sabe de su vida en una preciosa edición: «Dolor humano, pasión divina» (Los Aciertos / Pepitas de Calabaza) publicado hace poco más de un mes.

Manuscrito perdido

Manuscrito del soneto 17

En la vida (y tras la muerte) Sor Ana de la Trinidad tuvo que aceptar el infortunio con igual trato que los deslumbramientos místicos que le llevaron a escribir sonetos de rara perfección. «Fue una joven convencida de sus ideas, volcada por completo en su pasión divina y su amor a Dios», contexto en el que hay que valorarla. La joven mística regaló antes de morir a su maestra, Cecilia del Nacimiento, un cuadernito con su ramillete de 18 sonetos maravillosos (luego añadiría uno más fuera de esa colección) que presuponen el conocimiento profundo de las obras de San Juan, Santa Teresa o Fray Luis, así como la poesía de Petrarca.

Cecilia los copió de su mano y los entregó años después junto a sus papeles y poemas propios, casi al final de su vida, en Valladolid. Del cuadernillo original nadie sabía. Por ello, la primera vez que la imprenta dio forma a estos sonetos -en 1970-, se los adjudicó a Cecilia del Nacimiento, priora de Calahorra. Tiempo después apareció en Soto de la Marina (Cantabria) un cuadernito con los sonetos, de otra letra distinta a la de Cecilia. Y empezaron a investigar los estudiosos carmelitas, hasta que hallaron un documento en el que la priora cuenta que sor Ana de la Trinidad le había entregado el ramillete en un cuadernito como ese. Fue la prueba que permitió a otra monja, la madre Mari Cruz, decirle más recientemente a Jesús Cáseda que probablemente esas páginas eran el manuscrito perdido, las que originalmente sor Ana le dio a Cecilia como despedida de este mundo.
Portada del libro

Ello permitió que, por primera vez, en 1992 las ediciones Montecarmelo de la propia orden publicasen los sonetos con la autoría correcta. De aquel descubrimiento supieron, lógicamente, sólo los estudiosos. Por eso es tan importante la edición crítica publicada por Jesús Cáseda, que desvela esta historia para el gran público. Sobre su poesía, Cáseda afirma: «Su poesía tiene muchísima más calidad que la de Cecilia del Nacimiento. Es profundamente humana. Sor Ana padeció fuertes dolores durante toda su vida y su poesía es, además de intensamente religiosa, muy cierta y verdadera, no hay ninguna impostura». En algún verso, dice «preconfigura temas de la poesía de Quevedo. Un verso como: “y el tiempo breve pasarás en flores” es un ejemplo prodigioso del tema de la brevitas vitae, la brevedad de la vida, es pura configuración barroca».

Se escapó del convento

Si parece increíble la historia del texto, no menos lo es la peripecia vital de la escritora y de su familia. Sor Ana era una joven de aspecto frágil, que había ingresado en el convento de Herce. Allí debió conocer las ideas de Santa Teresa y cuando supo que iba a fundarse un convento carmelita en Calahorra quiso ingresar en él. La familia se opuso, porque mantenía litigios con la orden. Pero Ana se escapó con ayuda de un clérigo para hacer sus votos en dicho cenobio. Enterado su tío Pedro Ramírez de Arellano, mandó ir en su búsqueda. En su huida se rompió varios huesos, entre ellos costillas, que le causaron dolores el resto de su vida y están asociados a su temprana muerte. Su poesía nace de ese magma de dolor humano y físico en contraste con el amor místico que le aporta verdad y modernidad, en opinión de Cáseda, y la ponen en relación con aspectos dolientes de Rosalía de Castro o Alfonsina Storni. A esas referencias modernas se suma todo el universo de referencias que parte del «Cantar de los cantares».

La familia Ramírez de Arellano, uno de los principales linajes de origen navarro, está en el centro de la vida cultural. En la casa de Sor Ana, trabajando para su padre, estuvo Gregorio González, autor de «Guitón Honofre», la tercera novela picaresca. A los Ramírez de Arellano dedica Lope de Vega una comedia después de haber pleiteado con dos de ellos (el Gran Memoria y el Memorilla), que tenían memoria eidética y transcribían sus comedias con solo oírlas para estrenarlas en otro teatro. Y sobrino de uno de ellos fue Gil Ramírez de Arellano, que dio licencia y privilegio para la publicación del Quijote. Con mujeres de la familia, Juana y Ana, se casarán Hernán Cortés y su hijo Martín.


Soneto 8

A la región do anhelas remontado

huye ligero en tu secreto nido,

donde estarás seguro y escondido

de las tormentas de la mar airado,



que siendo el crudo invierno ya pasado

cuando el campo de verde esté vestido,

aunque de mar a mar la mar crecido,

podrás entre las olas ir a nado;



o te traguen o suban hasta el cielo,

quedarás como pluma levantada,

y el tiempo breve pasarás en flores



vestido del color de tus amores;

divisarás tu patria deseada,

si altivo permaneces en tu vuelo.

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