Violencia y locura: la oscura verdad que narraron los supervivientes del ‘Titanic’

El trasatlántico inglés "Titanic" sale del puerto de Southampton rumbo a Nueva York - 

A pesar de sus rasgos infantiles, de sus orejas de soplillo y de sumar apenas 22 primaveras a sus espaldas, lo cierto es que Harold Sydney Bride era un auténtico experto en el arte de la telegrafía. Tras salir del colegio se formó como operador de Marconi y, tan solo unas semanas después, recibió su primer destino en el modesto ‘Haveford’. No debió hacerlo mal, pues de allí pasó al ‘Lusitania’, al ‘La France’ y al ‘Anselm’. El premio final de este veinteañero fue sumarse al selecto equipo del ‘Titanic’, el palacio flotante con el que la naviera ‘White Star Line’ pretendía revolucionar los trayectos a través del Atlántico.

En el corazón de aquella mole marítima –para muchos, imposible de hundir–, el que fuera el segundo telegrafista a las órdenes de Jack Phillips pasó sus primeros días de trayecto en la conocida como ‘Sala Marconi sin hilos’. «Tenía tres habitaciones: una para dormir, una en la que estaban los generadores y otra en la que trabajábamos», afirmó Bride poco después. La tarea era, quizá, algo tediosa, aunque hacía las delicias de los correveidiles (radiar los mensajes personales de los pasajeros le valía enterarse de los chismes) y le permitía intercambiar bromas con los operadores de otros buques cercanos.

Noche inolvidable

Nada podía hacer imaginar a Bride que la tragedia se iba a cernir sobre ellos el 14 de abril de 1912. En declaraciones publicadas ocho días después, el joven británico hizo un repaso de cómo habían sido sus últimas horas antes de que el ‘Titanic’ se diera de bruces contra un iceberg. «Mi trabajo era muy limitado, se reducía relevar a Phillips desde media noche hasta por la mañana», afirmó. En sus palabras, en el momento del impacto descansaba en su alcoba. «La noche del accidente no estaba yo de servicio; el día lo habíamos pasado reparando una avería. Esta quedó arreglada pocas horas antes de la catástrofe».

Su superior le mandó a dormir, aunque pidió que le relevara lo más rápido posible, pues estaba agotado. «Me desnudé y me metí en la cama». El joven se despertó, casi como un reloj, a la hora acordada. «Recuerdo que a poco me desperté y oí, escuchando por rutina profesional, que Phillips estaba comunicando con la estación de Cap Race. Acordándome de que mi jefe debía de estar cansado, me levanté a escape y fui a relevarle». En sus palabras, cuando se levantó del lecho no sintió impacto alguno. Tan solo un frío que penetró en sus huesos, pero que no era diferente del que le había atenazado en las jornadas anteriores.
+ infoJefe del servicio radiotelegráfico del Titanic

El accidente le fue comunicado por el capitán, Edward Smith. «Hemos chocado con un iceberg. Voy a examinar las averías. Preparaos a pedir auxilio, pero no lo hagáis hasta que os lo mande». Tras un breve tiempo, el veterano oficial, de tez seria y barbaza blanca, regresó para dar la orden: «Enviad la llamada de socorro». Bride y Phillips, ajenos a lo que sucedía, se echaron unas últimas risas cuando se equivocaron y, en lugar de radiar la nueva señal internacional, S.O.S., utilizaron la antigua, C.Q.D. Todavía creían, cándidos, que el golpe no había sido más que una mera anécdota y que podrían continuar el viaje en cuanto los problemas fuesen subsanados.

Pero las bromas terminaron cuando se les comunicó que respondieran a cualquier navío indicando que el ‘Titanic’ se hundía por proa. Fue entonces cuando entendieron que el ‘insumergible’ no iba a hacer honor a su nombre. En el artículo, Bride hizo una recapitulación de los diferentes navíos con los que contactaron: ‘Francfort’, ‘Carpathia’… Muchos de ellos, bajeles que ya les habían informado una y otra vez de la presencia de icebergs en la zona. El último de ellos informó de que modificaba su ruta al instante y que se dirigía al lugar de los hechos para prestar ayuda y recoger a los náufragos.

«Fui a decírselo al capitán Smith. La cubierta estaba llena de gente. No oí reyertas; pero oí decir que las había habido. Cuando volví a nuestra cámara, Phillips seguía dando indicaciones complementarias al ‘Carpathia’», añadió. La corriente eléctrica se debilitaba y los gritos de los pasajeros aumentaban. Los dos operadores de radio pasaron la noche entre mensajes de socorro. Solo se percataron del paso del tiempo cuando el capitán entró en la sala. Para entonces, el agua ya anegaba el lugar de trabajo. «Amigos míos, habéis cumplido perfectamente con vuestro deber. Podéis salir. Ha llegado la hora de que cada hombre cuide de su vida».

Salvar la vida

La llegada a cubierta fue un golpe de realidad para Bride: caos, miedo y decenas de personas ansiosas por subir a botes salvavidas insuficientes. «En popa, la orquesta estaba tocando la pieza de moda: Otoño». A pesar de que intentó mantenerse cerca de su jefe, el gentío les acabó por separar. «Phillips se fue hacia donde estaban los músicos. Le perdí de vista. Volví donde había una lancha desmontable. Con ayuda de otros pasajeros la iba a poner a flote, pero una ola nos derribó a todos». En pocos segundos pasó de albergar la esperanza de poder salvarse, a estar sumergido en las gélidas aguas del Atlántico.

«Me hallé en el agua, entre cientos de hombres que pugnaban por salvarse. Me alejé nadando lo más deprisa que podía del buque, que se hundía lentamente, con la popa en alto». Bride estaba convencido de que solo era cuestión de tiempo que dejara este mundo. Ya fuera por cansancio y ahogamiento; ya fuera por congelación. Sin embargo, tuvo suerte y fue uno de los pocos náufragos recogidos por unos botes llenos hasta el extremo. «Estaba transido de frío y me sentía hundir. Vi una barca, y haciendo un esfuerzo traté de acercarme. Me recogieron. Era la lancha desmontable y estaba llena de náufragos».
+ infoSmith, capitán del Titanic, con su perro -

Ya a salvo, comenzó otra pesadilla: la de saber que no podía salvar al resto de las víctimas. «A nuestro lado, en todas direcciones, se veían escenas terribles. Había cientos de hombres que nadaban y desaparecían bajo el agua. No podíamos socorrerlos porque la embarcación estaba muy cargada y parecía que iba a hundirse. Las olas me pasaban por encima de la cabeza». Luego, llegó la triste espera... «Mientras mirábamos a todos lados buscando la luz de un barco, alguien preguntó: “¿No deberíamos rezar?”. […] Se convino que el Padrenuestro era la oración más apropiada, y lo rezamos a coro. Parecía que el corazón se nos había subido a la garganta».

Horas después fue recogido por el ‘ Carpathia’. «Cuando iba a subir por la escala observé que en el fondo de nuestra barca había un hombre muerto. Era Phillips. Debió morir de frio, fatiga o asfixia». En el navío le informaron de que sufría de congelación. «Hay dos cosas que no olvidaré jamás, por muchos años que viva: la música que tocaba la orquesta mientras que yo estaba a merced de las olas […] y la actitud serena de Phillips, que siguió telegrafiando unos minutos después de la advertencia del capitán». Pero en el buque no se terminó su pesadilla. Y es que, cuando la tripulación se percató de que Bride era uno de los telegrafistas del ‘Titanic’, le solicitaron ayuda. Pasó días y días radiando mensajes en los que se hablaba de muertos, víctimas y desgracias.

Duras noticias

Pero aquel 22 de abril, con la catástrofe todavía a flor de piel, ABC no publicó solo el testimonio de Bride. Además del devenir del telegrafista, el periódico dio a conocer los momentos más tensos que se habían vivido en el llamado ‘Buque de los sueños’ bajo un titular sencillo, pero claro: «Detalles dramáticos». Para empezar, el periodista había tenido constancia de que «según noticias de Nueva York» se habían palpado momentos de pánico cuando «una de las dieciséis lanchas de salvamento naufragó porque todos los que la ocupaban se agruparon a un lado». No se especificaba la causa o si, en los minutos posteriores, los náufragos habían logrado volver al bote en cuestión.

El ABC también recogió los testimonios de varios supervivientes que desvelaron que, durante los momentos de máxima tensión, algunos oficiales habían amenazado a los pasajeros con sus pistolas para evitar que asaltaran los botes salvavidas. «Cuando se promovieron los primeros desórdenes en la cubierta del ‘Titanic’, el teniente Murdoch dominó a los rebeldes. “No olvidéis que sois ingleses”, gritó. Y todos los ingleses permanecieron tranquilos. Otros pasajeros seguían tratando de encaramarse en los botes, arrollando a mujeres y niños. “¡Al que se mueve le levanto la tapa de los sesos!”, exclamó. Tres hombres avanzaron, sonaros tres disparos. Los tres pasajeros cayeron sobre cubierta».
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Poco después se descubrió que el testigo había exagerado los hechos y que Murdoch había actuado como un auténtico héroe. De hecho, dedicó sus últimos momentos a organizar las barcas y a ayudar a mujeres y a niños. No obstante, la leyenda negra que le acompañó se perpetuó en el tiempo y fue replicada en la famosa película ‘Titanic’, de James Cameron. En la misma, se puede ver al teniente acabar con la vida de uno de los pasajeros para, después, suicidarse con su revólver. Nada más lejos de que lo que ocurrió aquella jornada. Poco después del estreno del largometraje, la familia del marino demandó al director, que pidió disculpas por el severo error histórico.

ABC también dedicó unas líneas a hablar del capitán, cuyos últimos momentos están todavía rodeados de misterio debido a que no se halló su cadáver. «Se condujo de un modo admirable. Atendía a todos los detalles. Por megáfono daba órdenes terminantes. En los últimos momentos se le vio ayudando a los que luchaban por salvarse, y sin preocuparse de su persona. Puede asegurarse que no se suicidó, sino que se dejó ahogar». Si Cameron utilizó la versión de los supervivientes en el caso de Murdoch, en el caso de Smith prefirió apostar por los testimonios que le definieron como un hombre incapaz y temeroso durante los últimos momentos antes de fallecer.

Uno de los puntos finales que tocaba la noticia fueron los disparos que los oficiales hicieron en los botes salvavidas para evitar que los náufragos subieran. Un método extremo, pero que sí realizaron (a veces, al aire) con el objetivo de que las barcas no se fuesen a pique por el peso. Y, como colofón, un último apunte: «Un testigo ocular dice que todas las mujeres salvadas por el ‘Carpathia’ parecían locas».

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