El 29 de julio se conmemora el natalicio 139 del poeta colombiano Porfirio Barba Jacob.

 Del canto de Porfirio Barba Jacob emana uno de los poemas más importantes de la lengua española: "Canción de la vida profunda".

Del canto de Porfirio Barba Jacob emana uno de los poemas más importantes de la lengua española: "Canción de la vida profunda". (Archivo particular/)

Miguel Ángel Osorio

Miguel Ángel Osorio es para muchos un nombre irreconocible dentro del panorama letrado en Colombia, que nada dice en comparación con otros escritores de la época (finales del siglo XIX, principios del XX) que se encontraban haciendo maravillas barrocas cuando no alimentaban una poesía y novelística de costumbres. Es una identidad que, como muchas, se perdió en el tiempo, a medida que fueron llegando otras a ocupar su sitio. Algunos dicen que por la misma naturaleza de los constantes peregrinajes que realizó en vida, de los que siempre resultaba una transformación interna de su ser; y otros que simplemente huía de las cuantiosas deudas que iba sumando en el camino, amén de las enemistades y romances que se eludieron con el solo cambio de una signatura.

Primero hubo un hombre solitario y arrojado a su suerte por unos padres que desde muy pequeño lo enviaron donde sus abuelos a una pequeña hacienda de Santa Rosa de Osos, en la que, si bien gozaba de la compañía de la tierna abuela Benedicta, no por ello alcanzó a suplir la falta de tantos elementos que constituyen la infancia, volviéndose esta, tiempo después, una de las muchas temáticas fundamentales que conformarían sus versos.

Con los años, Miguel Ángel empezaría a trazar una íntima relación con el mito helénico, encontrando a su mayor referente en Homero, quien le enseña cómo el hombre se perpetúa en la historia a través del pensamiento: un acto esencialmente humano que, en personajes como Ulises, representa la construcción del mundo a partir de las odiseas que nos suceden en este tejido de los días que, unos tras otros, forman la vida.

Main ‘Lichigo’ Ximénez

Tras la irrupción de una guerra civil a principios del siglo XX, Miguel se enlista en las tropas del partido conservador para militar bajo el apodo del teniente líchigos por la cantidad de bultos que se le veía cargando en la extenuante jornada. Luego vuelve a su tierra natal para llevarse múltiples decepciones, entre ellas, el fallecimiento de sus abuelos y el rechazo de Teresita, su único amor heterosexual. Dos cosas que lo sumen en un profundo viaje, que parte de su interior con motivo de hallar una escapatoria a esa injusta realidad que enfrentaría sin temores de ser vencido por knockout.

Posteriormente, el joven Miguel vuela a las alturas del Bajo Combeima para salir librado de su última misión por orden del partido. Después se adentra en otra helada caverna llamada Bogotá, donde funda una revista en la que escribe bajo el seudónimo de Main Ximénez, que al compás con la organización de sendos concursos literarios, le ayuda a olvidarse del sinsabor de años pretéritos. Visita otras tierras como Santiago de Cali, donde ya cuenta con cierto prestigio para recitar en sus espléndidos salones y cabarets de alcurnia por los que se siente atraído.


Ricardo Arenales

Sin embargo, es solo hasta 1906 que por fin se despliega un aura de fascinación en los ojos de Miguel Ángel, quien encantado por la generación de Miguel Rasch Isla, Leopoldo de la Rosa y Lino Torregrosa decide zarpar a Barranquilla, lugar en el que, a manera de ritual, el Caribe le arrebata uno de sus zapatos errantes, para consolidar así su transformación en el poeta Ricardo Arenales. De esta forma es como en Barranquilla surgen los poemas Campaña Florida, Mi vecina Carmen y La tristeza del camino, como una lamentación del tiempo que arrastra todos los recuerdos de su pasado en el llano, mientras él avanza en una misma dirección trazada por el viento en plena oscuridad:

“Ese viejo camino, rojo y largo,

qué arranca de la margen del arroyo

a profanar el ópalo del monte

y va -tras el secreto de la cumbre-

en busca de inauditos valladares,

Y se apaga por fin, pálidamente,

como una esperanza fugitiva….”.

En tierras aledañas donde la mar se desborda hasta bañar de espuma los malecones, se rastrea igualmente la publicación de Parábola del retorno y El corazón rebosante, en las que el dolor apenas y se percibe entre tanto sosiego propiciado por la exuberante naturaleza que rodea al poeta, quien logra describir con mucha precisión las sensaciones que le imprimen cada paisaje endémico de nuestra América.

“El alma traigo ebria de aroma de rosales

y del temblor extraño que dejan los caminos…

A la luz de la luna las vacas maternales

dirigen tras mi sombra sus ojos opalinos”.

Porfirio Barba Jacob

De su paso por Centroamérica, son destacables las amistades que traza con Rafael Arévalo Martínez, quien se encarga de perpetuar en El hombre que parecía un caballo sus ánimos fulgentes de moverse hasta los confines más inalterados de América, donde codea con Tobón Mejía, Hernán Catá, Miguel Ángel Asturias, entre otras personalidades de la literatura de aquel entonces, y para las que manejaba un seudónimo distinto según su estado de ánimo. Mas al llegar a México, se consagra la figura atemporal y estridente de un bardo del que ahora podemos distinguir un renombre: Porfirio Barba Jacob.

Hablamos ya de una voz sin precedentes en la literatura colombiana que, en contrapunto con la militancia periodística, entregó su corazón iluminado a las nuevas generaciones de poetas habidos y por haber; futuros portadores de esas “nueve antorchas contra el viento” con las que por fin consigan expresar lo que dicten sus emociones. De su canto emana uno de los poemas más importantes de la lengua española, la Canción de la vida profunda, en el que son las voces de sus maestros, Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Rafael Gutiérrez Nájera y Rubén Darío, las que se concentran durante años en su escritura hasta reventar con la velocidad ustoria de una bola de fuego.

“Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,

como las leves briznas al viento y al azar.

Tal vez bajo otro cielo la Gloria nos sonríe.

La vida es clara, undívaga, y abierta como un mar”.

Con Barba-Jacob sucede que poesías como la mexicana desarrollan una tonalidad existencial con matices igual de místicos que nostálgicos, pero sobre todo una escritura que parte desde afuera, para luego introducirse en el cuerpo de quien escribe y de esta forma alimentar el espíritu acongojado por la inminencia de la muerte que augura en la Balada de la loca alegría:

La Muerte viene, todo será polvo:

¡polvo de Hidalgo, polvo de Bolívar,

polvo en la urna, y rota ya la urna, polvo en la ceguedad del alquilón!

A 139 años de su natalicio, Barba-Jacob no deja de ser elogiado como uno de los más grandes poetas de América, quizá por haber perpetuado unos versos cargados de la misma pasión enardecida que años antes manifestara Andrés Bello, con la diferencia de que acá el poeta no tuvo necesidad de salir a explorar otras tierras distintas a la suya para concebir de igual o mejor manera nuestra realidad. Tal vez no ha muerto y solo sigue de viaje.

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